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La cultura paisa en el nombre de la madre, del hijo y de la montaña

Si hay algo que pueda llamarse cultura antioqueña, será algo entre la tradición y el presente, entre las montañas que resguardan vírgenes, tiples, madres y aguardientes. Y será, sobre todo, un orgullo para quienes la portan.

En 1868 el poeta y escritor Epifanio Mejía, que había nacido en el pueblo de Yarumal, Antioquia decidió hacer un poema para honrar lo que le habían enseñado en su familia tradicional, rezandera y orgullosa de su lugar de procedencia. Resultó en un texto de 23 estrofas que tituló ‘El canto del antioqueño’. Más tarde este poema sería entonado sin falta en actos cívicos y políticos, en conmemoraciones y graduaciones, en izadas a la bandera: se convirtió en el himno de Antioquia. Oh libertad que perfumas / las montañas de mi tierra, / deja que aspiren mis hijos tus olorosas esencias, dice la última estrofa del poema que luego se convertiría en la entrada y el cierre del himno y que guarda en ella tres de los símbolos de lo que podría llamarse una idiosincrasia antioqueña: montaña, madre y libertad.

En Antioquia hay páramos, ríos, bosques, ciénagas, llanuras, altiplanos y un pedazo de mar. Pasan por su suelo, también, dos ramales de la cordillera de los Andes: la Occidental y la Central. Estas últimas ofrecen un paisaje repleto de montañas y esto define el territorio como ningún otro accidente geográfico; las elevaciones son el lugar donde los antioqueños viven y trabajan, es el límite que se han impuesto: parece que es solo ahí, rodeados de subidas, bajadas y túneles que son más libres. Es justo un horizonte de montañas lo que señala el hombre en la obra más nombrada cuando se quiere hablar de Antioquia, esa pintura al óleo de Francisco Antonio Cano que muestra una sagrada familia de hombre y mujer con niño en brazos delante de un saco de granos que habla del alimento pero también de esta tierra fértil donde ha crecido caña, maíz, fríjol, plátano y mucho café.

Este hombre retratado en el cuadro que lleva por nombre Horizontes, tiene en su mano derecha un hacha, un objeto a la que Mejía también le dedicó algunos versos: El hacha que mis mayores / me dejaron por herencia, / la quiero porque a sus golpes / libres acentos resuenan. Junto al machete se convirtió en un símbolo del trabajo, ambos objetos sirven para abrir trocha, para moldear la tierra y lo que sale de ella como plazca. Las dos son armas para labores peligrosas, artefactos de muerte. La mujer del mismo cuadro lleva en su ropa el blanco y el azul, colores comunes que se asocian a María, la madre de una deidad caída. El culto mariano en Antioquia es extendido y proverbial, y en muchos casos se le confiere más poder y fervor que a Cristo; hay esculturas de vírgenes en las laderas de las carreteras curvas y pronunciadas, hay altares en calles cualquiera y están insertadas en pedazos de montaña, se reparten detentes y está en pequeños dijes al final de los escapularios. Algunos le dicen mamá, mamita. Le rezan las madres que tienen a sus hijos sorteando contextos ruinosos y algunos hombres piden a María Auxiliadora que la bala caiga donde corresponde.

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