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Un cultivo de paz entre las huellas del conflicto

En Simití, Bolívar, una plantación de palma de aceite cultivada por víctimas del conflicto armado se convierte en símbolo de trabajo, dignidad y esperanza.

Al occidente del portentoso río Magdalena, donde las aguas arrastran historias de despojo, resistencia y retorno, una plantación de palma de aceite crece con esfuerzo silencioso y manos curtidas por la tierra. En medio de la profunda ruralidad de Simití, Bolívar, florece el Palmar Cosechando Paz, un proyecto agrícola que lleva reparación, arraigo y futuro.

Se trata de una finca de aproximadamente 800 hectáreas y unas 117.000 palmas sembradas, que produce hasta 7.000 toneladas anuales, aunque el último año esa cifra se redujo a 6.000 por factores climáticos y el envejecimiento natural del cultivo. La tierra, fértil pero marcada por la violencia, es hoy administrada por el Fondo para la Reparación a las Víctimas y fue entregada como resultado del proceso de negociación entre las Autodefensas Unidas de Colombia y el Gobierno, entre 2005 y 2006. Desde entonces, el objetivo es claro: todo lo que produzca esta finca debe contribuir a la reparación integral de las víctimas del conflicto armado.

La vida en el palmar comienza temprano. A las cinco de la mañana, los trabajadores –campesinos de la zona, muchos de ellos víctimas directas del conflicto– inician sus labores. Son 61 hombres y mujeres que desempeñan tareas esenciales: desde el corte de racimos hasta la vigilancia de enfermedades vegetales, pasando por la conducción de camiones, la administración y el cuidado de los búfalos que sustituyen a las mulas, por su fuerza y resistencia a los terrenos húmedos. “Un solo ejemplar puede arrastrar hasta media tonelada sin dificultad”, explica César González, líder de la plantación.

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