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Ayarza Bermúdez
Hubo un tiempo en que las sombrererías bogotanas vendían por mayor y al detal. "Hoy es a cuenta gotas", sostiene Ernesto Ayarza Bermúdez.

Las sombrererías de la Calle San Miguel que sobrevivieron al Bogotazo del 9 de abril y al holocausto del Palacio de Justicia en 1985

El arquitecto Germán Ayarza Bermúdez rememora dos de las catástrofes más pavorosas en la historia de este emblemático sector de la vieja Bogotá.

Por: Ricardo Rondón Chamorro

De los cientos de relatos terroríficos que sucedieron en la fatídica jornada del 9 abril de 1948, sobresale el macabro hallazgo de una cabeza de mujer con una torre de sombreros, expuesta en la Calle San Miguel, de las antiguas sombrererías bogotanas, ubicada en la calle 11, con carrera octava.

Un cuadro más espeluznante que el del cadáver insepulto de Juan Roa Sierra, presunto asesino de Jorge Eliécer Gaitán que, en su tránsito rastrero de golpizas, de la carrera Séptima con Jiménez, hasta la Plaza de Bolívar, y de ahí al Cementerio Central, quedó reducido a un mísero espantajo:

El rostro tachonado de hematomas, en calzoncillos, con dos corbatas retorcidas al cuello, y solo el chagualo izquierdo, como lo narran y retratan Gabriel García Márquez en su autobiográfica crónica del 9 de abril; el legendario reportero de policía Felipe González Toledo; y los fotógrafos Sady González, Luis Alberto Gaitán (Lunga) y Manuel Humberto Rodríguez Corredor, el recordado Manuel H.

–¿Roa Sierra llevaría sombrero cuando disparó contra Gaitán?–, pregunto al arquitecto Germán Ayarza Bermúdez, detrás del mostrador de la Sombrerería San Miguel (calle 11 n° 8-88), sobreviviente con las sombrererías Brando y Bogotá de aquel nefasto 9 de abril de 1948, y 40 años después, del holocausto del Palacio de Justicia, en noviembre de 1985.

-Seguramente, porque en esa época Bogotá estaba poblada de sombreros. Mira, para la muestra, esa foto-, dice señalando un retrato en sepia de Fenalco, de los años cincuenta, donde todos los pasajeros apretujados del tranvía eléctrico llevan sombreros.

Ayarza, bogotano, quinta generación de la Calle San Miguel de la Bogotá del ayer, que fue emporio comercial de finos paños ingleses, sastrerías de postín, y más de diez sombrererías, entre ellas la centenaria Brando, y otras como Ricci, Nates, Stella, Bogotá, Americana y San Miguel, es portador del relato de la cabeza de mujer con una torre de sombreros, hallada al siguiente día del magnicidio de Gaitán:

–Mi padre, Ernesto Ayarza Ospina nos contaba cómo fue su encierro en la Sombrerería Stella, donde él trabajaba, en medio de disparos y asaltos a almacenes a punta de pica, martillo y machete, y los incendios propagados por una turba enloquecida de alcohol, odio y venganza.

Propietarios y empleados de negocios pasaron en vela por los cortes de electricidad, cuidando sus locales, y tratando de apagar llamas. Al siguiente día del Bogotazo, en la mañana, mi padre se asomó a la ventana y vio aterrorizado la cabeza de una mujer con una columna de sombreros puesta.

Gaitán y amigos
Cuando Bogotá era un pueblo grande poblado de sombreros. Jorge Eliécer Gaitán fue cliente de la Sombrerería San Miguel.

“El comercio de la carrera octava, que era el más rico de la ciudad, las joyas exquisitas, los paños ingleses y los sombreros de Bond Street que los estudiantes costeños admirábamos en las vitrinas inalcanzables, estaban entonces a la mano de todos, ante los soldados impasibles que custodiaban los bancos extranjeros. El muy recafé San Marino, donde nunca pudimos entrar, estaba abierto y desmantelado; por una vez sin los meseros de esmoquin que se anticipaban a impedir la entrada de estudiantes caribes. Al fondo, los cerros de Monserrate y Guadalupe eran dos inmensos bultos de sombras contra el cielo nublado por el humo”, cita Gabriel García Márquez en su intenso relato del 9 de abril.

Y en su gran memoria novelada de la misma fecha, titulada 'El cadáver insepulto', Arturo Alape, refuerza:

“En la fugacidad de los hechos vi a un hombre de sombrero negro con rostro iracundo, señalando con el índice al asesino de Gaitán, que arrastraban como si se tratara de un muñeco de trapo; a un zorrero con su gorra y vestido usual como si estuviera cargando el peso de todos los días, furioso lo tiraba de la pierna izquierda. A su lado, vi a un grupo de hombres con sombreros negros, grises, cafés, brazos en movimiento, vestidos de paño oscuro”.

Palacio en llamas

“Pero lo del 9 de abril sucedió cuando Bogotá era un pueblo grande”, reseña doña Rosita Bermúdez viuda de Ayarza, de 101 años, quien, sobre el mismo mostrador que hoy ocupa su heredero, le vendió sombreros a un sinnúmero de celebridades de distintos pelambres y prosapias, entre ellos al sacrificado político liberal.

Doña Rosita, su esposo Ernesto, y su prole: Martha, Marina y Germán, fueron testigos de otro acontecimiento siniestro que marcó la irrefrenable historia violenta de Colombia: la toma guerrillera a sangre y fuego del M-19, y la retoma del Ejército al Palacio de Justicia, los días 6 y 7 de noviembre de 1985.

Hacia las once de la mañana del miércoles 6 de noviembre, don Ernesto Ayarza Ospina salía de la Sombrerería San Miguel a cumplir una cita en la sucursal del Banco Cafetero, donde lo esperaba el señor Polanía, su amigo, el gerente. La oficina quedaba en el edificio Garcés, por la carrera octava.

En ese trayecto, a escasos metros de su destino, lo sacudió el estruendo de un camión de estacas que voló el portón de estacionamiento del Palacio de Justicia. Otro camión seguía detrás.

En cuestión de segundos ingresaron los guerrilleros abriendo fuego, mientras que una joven mujer de rizos rubios y ojos azules, con una metralleta punto 50 en lo alto, custodiaba el ingreso del siguiente vehículo repleto de terroristas.

La envalentonada rubia de película era Vera Grabe, la Mona, muchos años después negociadora de paz ante el ELN, en el mandato de Gustavo Petro. Don Ernesto Ayarza puso pies en polvorosa y alcanzó la puerta del banco, que fue su refugio hasta horas de la noche, cuando el edificio de la justicia ya estaba envuelto en llamas.

Germán Ayarza, su hijo, cursaba Arquitectura en la Universidad de América. A las 12:30 se comunicó con doña Rosita, que aguardaba en el almacén. El reporte de la dama fue de tensión y alarma en el sector, por lo que estaba sucediendo en el palacio. Pero, lo que más dejó preocupado al hijo, fue saber que su padre, en medio de semejante trifulca, estaba en el banco.

En lo corrido de la tarde, Ayarza no paró de comunicarse con don Ernesto, recibiendo a cuentagotas partes de tranquilidad, cuando le dijo que, para menguar la ansiedad, se estaba tomando unos whiskies con su amigo, debajo del escritorio de gerencia. “Cada vez que lo llamaba, alcanzaba a oír el tartamudeo de las metralletas, al hilo del maremágnum noticioso de la radio”, acota Germán.

“El cielo relampagueaba en llamas y había una humareda espesa y negra, cuando a las nueve de la noche del 6 de noviembre, con un piquete de la PM (Policía Militar), logramos rescatar a mi padre, y a los empleados del banco, hombres y mujeres, que portaban una bandera blanca. Salimos a la calle 11. En ese tramo, agentes del F2 nos requisaron y pidieron documentos. Luego nos sacaron en patrullas de la Policía. Volvimos al comercio tres días después”, rememora Ayarza.

Un pueblo grande

Germán Ayarza Bermúdez atiende a tres jóvenes que se presentan como influencers de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (Fuga), quienes, llevados por la curiosidad, pretenden registrar en un video de 30 segundos, la historia de la septuagenaria Sombrerería San Miguel.

“¿Una historia de 70 años en 30 segundos?”, se preguntaría García Márquez, y seguramente habría ocupado un capítulo especial, sazonado con su exquisito humor caribe, en Vivir para contarla, su libro de memorias. Total, hoy las narrativas de la era de los algoritmos y la inteligencia superficial, fluyen en milésimas de segundos.

Máquina de coser de la sombrerería San Miguel
La máquina de coser que usaron don Ernesto y doña Rosita, se conserva intacta, y es patrimonio entrañable de sus herederos

Ayarza, arquitecto especializado en restauración patrimonial, introduce a los impúberes por los vericuetos de una Bogotá in crescendo a comienzos del siglo pasado, cuyos habitantes tomaban como modelo la elegancia y el glamur en el vestir londinense: abrigos, ternos de paño inglés, gabardinas, camisas de cuellos sanforizados, corbatas de fina seda, paraguas y sombreros.

La memoriosa postal del tranvía con sus ocupantes de paños pesados y sombreros, agarrados de los tubulares del carromato eléctrico, se replicaba en los cafés que abundaban en el centro capitalino. Ingresar a cualquiera de ellos, era fijar una postal en la retina, similar a las que revelaban los foto-agüitas en sus armatostes de daguerrotipo:

Entre la espesa humareda de chicotes, apenas se alcanzaban a ver las copas y las coronas de fieltro y pelaje de los sombreros, porque a primera mañana las sábanas de papel y tinta de los periódicos ocultaban a los parroquianos, mientras meseras y meseros no daban abasto a servir tintos y capuchinos que extraían de las primeras grecas a todo vapor que llegaban en barcos, de Europa.

Los chicos influenciadores siguen ensimismados el curso del relato, como el mismo Germán Ayarza Bermúdez se hubiera sentido oyendo de su padre las remembranzas de las películas de Buster Keaton y Charles Chaplin, genios del cine mudo, que pasaban en los primeros teatros bogotanos como el Faenza, el Real, el San Jorge, el Caldas y el Olympia.

Museo del sombrero

Entonces Bogotá era un pueblo grande, poblado de sombreros –enuncia Ayarza, citando la máxima de su señora madre–. Y fue la Calle San Miguel, vecina de la Plaza de Bolívar, el corredor de las primeras sombrererías de principios de siglo.

Brando, recién cumplió 100 años. Ahí trabajó mi padre, y en esta misma calle conoció a mi madre, que tenía un almacén de ropa femenina. Duraron dos años de novios y se casaron. Con ahorros y préstamos se hicieron a dos almacenes de ropa y sombreros: Las Mil Maravillas y Dos Mundos

Tiempo después le compraron a Brando el local de San Miguel, la sombrerería donde hoy estamos, que ya completa 70 años en este caserón de estilo republicano, de más de 400 años, de balcones con vista a la Catedral Primada, que he ido restaurando.

Una Casa Museo del Sombrero –intervengo–, ante el pasmoso silencio de los influenciadores, que no preguntan, no toman nota, no pronuncian una silaba. Ayarza reconecta:

Podría ser. Así lo perciben visitantes extranjeros, porque son muchos años de trabajo, y de un negocio familiar que nos ha brindado experiencia y grandes satisfacciones. Tuvo su época próspera, cuando el sombrero era un prestante accesorio de señorío y elegancia (lo sigue siendo). Se vendían entre 30 y 50 sombreros diarios. Hoy, dos y tres, a veces uno.

Empezamos vendiendo sombreros de grandes marcas como Barbisio, Borsalino, Stetson, Monser, Indiana, Panameño Excelsior, entre otros; y con el correr de los años reforzamos la demanda popular con una variedad de materiales y estilos como costeño, aguadeño, sandoneño, suaseño; mejor dicho, vendemos hasta sombreros para la ciclovía.

Doña Rosita Bermúdez
Doña Rosita Bermúdez, la cachaquísima dama de la Calle San Miguel, con el telón de fondo de la Catedral Primada de Colombia.

Gracias a la época dorada del sombrero, y al trabajo perseverante de nuestros padres, y del sentido de pertenencia de sus hijos, logramos cursar estudios en el exterior. San Miguel, como marca, fue providencial para abrir las sombrererías Bogotá, San Francisco, Plaza de Bolívar y Americana. Hoy solo nos queda San Miguel y Bogotá.

–Y por qué no proponerle a la Secretaría de Turismo, o al Instituto de Patrimonio Cultural, la idea de hacer de San Miguel y Bogotá, el Museo Bogotano del Sombrero.

–Buena idea, sería magnífico, pero el inconveniente, es que no estoy de tiempo completo en el almacén, porque, como arquitecto, sigo trabajando en proyectos de restauración. Ahora mismo estoy con las obras del Hospital Materno Infantil.

Reliquias y añoranzas

Ayarza hace una pausa, y pide el favor a Hermes Rueda, su empleado de toda la vida, que le alcance “la joya de joyas de la Sombrerería San Miguel”.

–Si hablamos de museo, esta sería nuestra más valiosa y apreciada reliquia–, se ufana Germán, exhibiendo en su mano derecha un sombrero negro. Es un cubilete francés de pelo de castor, de lo más cotizado en pelaje, y perteneció al presidente de la república Enrique Olaya Herrera. Un día enviaron a un emisario para que se le hiciera un arreglo, pero nunca regresaron por él.

Cubilete de Enrique Olaya Herrera
El cubilete en pelo de castor que perteneció al presidente Enrique Olaya Herrera, preciada reliquia de la sombrerería de los Ayarza Bermúdez.

–Cuánto podría valer hoy día.

–Justamente, por ser una reliquia, y por el personaje que lo llevó puesto, no tiene precio. Es una incalculable pieza de museo. Imagínense semejante clientazo, de tantos que han pasado por aquí.

–Como cuáles...

–Hugo Giraldo Díaz, de Almacenes Los Vestidos: los judíos Kadoch, de Pañorama; el ferretero Lisímaco Reina, don Arturo Calle, Plinio Apuleyo Mendoza, los Carulla, los Mazuera; Jorge Eliécer Gaitán, Carlos Lleras Restrepo, Álvaro Uribe Vélez, Gustavo Petro, cuando lo operaron del cerebro, y Carlos Pizarro, con su cuestionado sombrero de la paz, entre muchos.

Y, si contamos algunos del mundo del espectáculo, porque la lista es larga: Rafael Escalona, el libretista Fernando Gaitán, Fito Páez, Rubén Blades, Armando Manzanero, el periodista Tom Quinn; el elenco de Pasión de Gavilanes; y los magos Lorgia, Tamariz, Richard, Leone y José Simons.

–Cuáles son hoy los clientes más frecuentes.

–Clientes de toda la vida, contaditos, pero aún quedan; gente de provincia: ganaderos, agricultores, cafeteros, criadores de caballos, esmeralderos, y por supuesto turistas, que no se escapan de llevar uno o varios. También jóvenes artistas y estudiantes. Es que, si se le preguntara al Dane sobre el promedio de sombreros que puede haber en el país, la respuesta sería: uno, al menos, por cada hogar colombiano.

Germán Ayarza Bermúdez concluye su exposición con el rumor de la nostalgia que ha inspirado el sombrero en la historia de las naciones, las artes, la política y la vida social.

En el poder, nombra el sombrero de Winston Churchill; en la música, a don Juan Legido, el Gitano Señorón que partió de la terrena vida con su sombrero puesto, “el de ala ancha con que adorno mi cabeza”; y el célebre Gardeliano, del Zorzal Criollo, quien, desde el retrato en blanco y negro del antiguo mostrador, nos mira de reojo, burlón, ceja arqueada y sonrisa de perlas.

Los tres mozuelos influenciadores han quedado maravillados, como en estado hipnótico. ¡Chapeau!, cuando vea su sombrerera historia en milésimas de segundos.

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