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Gozar leyendo con CAMBIO | Dos novelas que desnudan el racismo: 'Las bocas del silencio' y 'Piel sospechosa'

‘Las bocas del silencio’ de Juan Antonio Pizarro y ‘Piel sospechosa’, de Luis Rafael Sánchez, tratan, cada una a su manera, la funesta tara del racismo.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Hay una religión literaria que cree que las novelas son para entretener, que fueron inventadas para llenar de placer el tiempo libre. En esas novelas pasan cosas, no hay regodeos metafísicos ni aburridiálogos interiores, no hay una primera persona quejándose o contando en cámara lenta los caprichos de la abuelita, la biografía de la tía que latía, o la autobiografía de alguien a quien nunca le ha pasado nada. En esta religión de contadores de historias el dios mayor es Dumas y el culto imperó hasta diciembre de 1899. Hay otros cultores posteriores, como Joseph Conrad, como Italo Svevo, como Mario Puzo o como García Márquez, ninguno contagiado por el psicoanálisis, ni por la posmodernidad o por los jueguitos de palabras que solo le parecen ingeniosos al que se los inventa. Los dioses son Dumas, Dickens, Hugo, Stevenson, Defoe, Trollope, Zola, Balzac, Flaubert, Jane Austen, Von Kleist, las Brontë, Melville, Hawthorne, Dostoyevski, Elizabeth Gaskell, Machado de Assis, George Eliot, Eça de Queiroz, Julio Verne, William Thackeray y un largo etcétera de señoras y señores que se divertían escribiendo libros que divierten.

Encontrar un escritor de nuestro tiempo adscrito a esa religión es cada vez más difícil. Hoy, la mayoría se entretiene mirándose en el espejo. Por eso, es un goce poder encontrar otro descendiente de Dumas o de Victor Hugo, descubrir que apareció una novela, Dios mío, en la que suceden cosas, una novela que uno, hipnotizado, no puede soltar sino hasta el final, una novela que produce esa deliciosa contradicción coital entre no querer que se acabe y no poder parar. Y este es el caso de Las bocas del silencio, de Juan Antonio Pizarro (Bogotá, 1948).
Entre las principales líneas narrativas de Las bocas del silencio destaco tres. La primera es una voz que comienza por relatar la vida de su abuelo, Fernando Orellana Pizarro, un nativo de Trujillo, Extremadura, que con quince años decide repetir la aventura de los héroes locales, cruzar el Atlántico hasta llegar a Cartagena: “Un hombre que se distraía con el vuelo de los alcatraces, los colores del atardecer cartagenero, los culos de las muchachas, el golpe de las fichas de dominó. ‘Cualquier cosa que no sea trabajar’”. Todo ocurre en la segunda mitad del siglo XVIII. Orellana se fuga de su casa, llega a Cádiz, cruza el océano, quiere llegar al Perú, pero se queda a vivir en Cartagena porque se enamora de una negra, la abuela de este narrador, cuya madre, su bisabuela, una costurera magistral, odia a Orellana. Es ese abuelo el que le cuenta al narrador lo que él dice para comenzar la novela: “nací, según contó mi abuelo, en una casa de Gimaní un 1º de enero del año de 1800, de madre puta y padre desconocido”. Más adelante dirá: “Mi padre compró a mi madre, que tenía en ese momento 15 años, en el decaído mercado de esclavos de Lagos varios años antes de que Joao I aboliera la introducción de esclavos a Portugal en 1761. Su objetivo era comprar una amante que pudiera desechar en unos años por una más joven. Dos cosas le fallaron en este plan: se enamoró de mi madre y tuvieron un hijo, yo”.

Portada de un libro llamado Las bocas del silencio

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