
Las memorias de Heinrich Heine y Hans Christian Andersen se publican en castellano
Darío Jaramillo Agudelo examina los libros de memorias de Heinrich Heine y Hans-Christian Andersen, dos figuras cimeras de la literatura europea del siglo XIX.
Heinrich Heine, Confesiones y memorias
Heinrich Heine (1797-1856), poeta alemán nacido en Düsseldorf, es el escritor que llevó al culmen la poesía romántica y, al mismo tiempo, quien la sacó del romanticismo: esto es lo que dicen tanto la señora doña Wiki como el mismísimo Heine, que comienza así sus Confesiones: “A pesar de mis campañas de exterminio del romanticismo, he seguido siendo un romántico, y lo he sido en un grado mucho más elevado de lo que yo mismo suponía”.
Hijo de una familia católica de raíces judías en un país protestante, buena parte de sus conflictos íntimos se originan en las dudas y certezas, convicciones y debates que padecía por ese triple origen religioso. Desde 1831 vivió en París, dedicado al periodismo y a su propia obra literaria. Tanto sus Confesiones como sus Memorias fueron redactadas en sus últimos años de vida, ya cuando padecía una enfermedad no precisada y que pudo ser o una esclerosis múltiple o un envenenamiento por plomo. Ninguno de esos textos lleva un orden cronológico y más bien se centran en algunos aspectos de su vida, aspectos que van apareciendo sin aparente orden, comenzando por una puesta en cuestión de las autobiografías.
En efecto, dice que “sería un presumido vanidoso si aquí aumentara todo lo bueno que supiera decir de mí, y sería un gran necio si expusiera a la vista de todo el mundo los delitos de los que también soy consciente… Y, por otro lado, no con la mejor voluntad de fidelidad, puede una persona decir la verdad sobre sí misma. Además, hasta ahora nadie lo ha conseguido, ni san Agustín, el piadoso obispo de Hipona, ni el ginebrino Jean Jacques Rousseau, y mucho menos este último, que se denominaba a sí mismo el hombre de la verdad y de la naturaleza, cuando en el fondo era mucho más falso y menos natural que sus coetáneos. Naturalmente, es demasiado orgulloso como para adjudicarse falsamente buenas cualidades o hermosas acciones, más bien se inventa las cosas más repugnantes para su propia difamación. ¿Acaso se calumniaría a sí mismo para, con mayor apariencia de veracidad, poder calumniar también a otros, por ejemplo, a mi pobre paisano Grimm? ¿O acaso hace declaraciones falsas para ocultar tras ellas verdaderos delitos?”.
Así es contundente al afirmar que “a los ojos del mundo, queremos siempre aparecer de manera diferente a como somos en la realidad (…). En eso el rey Achanris (…) fue mucho más sincero y quiero trasmitir aquí las ingenuas palabras de ese príncipe negro, que resumen la debilidad humana antes mencionada. Cuando el mayor Bowditsch, en su calidad de ministro residente del gobernador inglés del Cabo de Buena Esperanza, fue enviado a la corte de aquel poderoso monarca de Sudáfrica, trató de ganarse la gracia de los cortesanos y, sobre todo, de las damas de la corte haciéndoles un retrato. El rey, admirado del sorprendente parecido, pidió también que le retratara, y ya había dedicado unas cuantas sesiones al pintor cuando éste comenzó a darse cuenta de que el rey, que a menudo se levantaba para observar los progresos de su retrato, delataba en su rostro cierta intranquilidad, así como gestos de turbación propios de un hombre que tiene un deseo en la punta de la lengua, pero no es capaz de encontrar palabras para expresarlo; no obstante, el pintor no dejó de insistir a Su Majestad para que le contara su más ferviente deseo, hasta que el pobre rey negro finalmente le preguntó abatido si no sería posible que lo pintara blanco”.
En las siguientes páginas, Heine dice poco o nada de él, pero sí se refiere, demoledoramente, a algunos personajes de su época. De August Wilhelm Schlegel dice que “era un genio sin sexo”. A Madame de Staël la describe físicamente diciendo que “no pretendo en modo alguno insinuar que la señora de Staël fuera fea (…). Tenía detalles agradables que, no obstante, formaban un conjunto desagradable”. Y, claramente fastidiado con Madame de Staël por el libro que ella escribió sobre Alemania, cuenta que persiguió a Napoleón para casarse con él y que, cuando él la mandó al carajo, ella se convirtió en su enemiga: “la señora Staël se había declarado en contra del gran emperador y le hacía la guerra. Pero no se limitaba a escribir libros en su contra; también trataba de retarlo con armas no literarias: durante un tiempo fue el alma de todas las intrigas aristocráticas y jesuitas que precedieron a la coalición contra Napoleón, y, al igual que una verdadera bruja, permaneció agazapada tras el puchero hirviente en el que todos los envenenadores diplomáticos, sus amigos Talleyrand, Metternich, Porzo-di-Borgo, Castlereagh, etc., habían echado migas para la destrucción del gran emperador”.
Cuenta Heine que apenas llegó a vivir a París y alguien se ofreció a mostrarle la ciudad, “me contenté con que aquel cicerón me contara la leyenda del lugar; cómo el malvado rey pagano mandó cortar la cabeza de san Denis y éste, con la cabeza en la mano, fue corriendo desde París hasta Saint-Denis para que lo enterraran allí y llamaran el lugar con su nombre. Mi narrador dijo que, si se piensa en la distancia, uno tendría que asombrarse del milagro de que alguien pudiera ir a pie tan lejos sin cabeza, pero con una peculiar sonrisa en la cabeza añadió: ‘en casos parecidos lo que cuesta es el primer paso’”.
Luego, las Confesiones de Heine dedican varias páginas a la filosofía alemana: “No es culpa mía (…) que la filosofía alemana sea justo lo contrario de lo que hasta ahora hemos denominado devoción y religiosidad, y de que nuestros filósofos más modernos proclamaran el ateísmo absoluto como la última palabra de nuestra filosofía”. Y añade más adelante: “La conversación de Hegel era siempre una especie de monólogo, pronunciado a suspiros entrecortados con una voz sin timbre; lo barroco de las expresiones me chocaba a menudo, y de éstas se me han quedado muchas en la memoria (…). Qué difícil es comprender los escritos de Hegel, qué fácil puede uno engañarse con ellos creyendo que los entiende cuando únicamente ha aprendido a construir fórmulas dialécticas (…), jamás he sido un pensador abstracto y acepté la síntesis de la doctrina hegeliana sin comprobarla, puesto que sus conclusiones halagaban mi vanidad. Yo era joven y orgulloso y le sentó bien a mi orgullo el enterarme por Hegel de que el buen Dios no era, como decía mi abuela, el buen Dios que habita en el cielo, sino yo mismo aquí en la tierra”.
Con respecto a Hegel, Heine concluye: “Ningún filósofo me volverá a convencer de que soy un dios (…). Quiero confesarlo todo, de repente me entró un gran temor ante las llamas eternas (claro que es una superstición, pero tuve miedo), y una tranquila noche de invierno, cuando en mi chimenea ardía un buen fuego, aproveché la hermosa ocasión para echar mi manuscrito sobre la filosofía de Hegel a las ardientes llamas; las ardientes hojas salieron volando por la chimenea crepitando con una sonrisa especialmente disimulada”.
Heine es, acaso, el más importante poeta alemán del siglo XIX. Y en nuestra época tiene un enorme –y creciente– prestigio. No obstante, casi al terminar el texto de Confesiones, ya muy enfermo, declara: “No he conseguido nada en este mundo, como dice la gente. No he llegado a ser nada, ni siquiera poeta”. Y precisa: “no voy a negar mi fama de poeta con la falsa modestia que han inventado los vagamundos. Ninguno de mis paisanos ha conseguido a edad tan temprana como yo los laureles (…). ¡Ay!, la fama, la fama, esa fruslería tan dulce, dulce como la piña y los halagos… se me han quitado las ganas de ella hace ya mucho tiempo; ahora me parece tan amarga como la melancolía (…). ¿De qué me sirve que en los banquetes se beba a mi salud en copas de oro y con los mejores vinos, si yo mismo, entretanto, separado de todos los placeres del mundo, tan sólo puedo humedecer mis labios con una insípida tisana? (…). En la penosa soledad de mi cuarto de reposo, no pudo oler nada más que los perfumes de los paños recalentados”.

El segundo texto, que completa este volumen, se titula Memorias. Muy al principio rechaza la métrica: “Que la belleza de un poema consista en la superación de las dificultades métricas es un principio ridículo”. Y, enseguida, llama “eructo rimado” al hexámetro francés. Cuenta luego que su madre “tenía un miedo gigantesco a que quisiera convertirme en poeta; decía siempre que habría sido lo peor que me hubiera podido pasar. Los conceptos que en aquella época se asociaban al nombre de poeta no eran efectivamente muy respetables, y un poeta era un pobre diablo harapiento que componía un poema ocasional por algunos táleros y que, al final, moría en el hospital”.
Por todo esto, la mamá de Heine decidió que debía educar a su hijo para militar y le entregó su educación a un profesor que “me alimentaba hasta la saturación de geometría, estadística, hidrostática, hidráulica y demás, y nadaba en logaritmos y álgebra, tuve que tener además clases particulares en esas disciplinas que habrían de dejarme en condiciones de convertirme en un gran estratega o, en caso necesario, en administrador de provincias conquistadas. Con la caída del imperio, mi madre hubo de renunciar también a la brillante carrera que había soñado para mí, los estudios que apuntaban a ella terminaron, y, ¡qué curioso!, tampoco dejaron huella alguna en mi espíritu”.
Entonces, la tozuda madre de nuestro poeta pensó que su hijo “podría conseguir cosas tremendas en el ámbito mercantil y encaramarse en la cumbre del poder (…) y tuve que estudiar lenguas extranjeras, en especial el inglés, geografía, contabilidad, en resumen, todas las ciencias relacionadas con el comercio terrestre y marítimo y con la industria. Para conocer algo del negocio del cambio y de los ultramarinos, tuve que frecuentar después el despacho de un banquero de mi padre y la bodega de un gran comerciante de especias; las primeras visitas duraron como mucho tres semanas, las últimas cuatro. Pero con ocasión de ello aprendí cómo se extiende una letra de cambio y qué aspecto tienen las nueces moscadas (…). Poco después hubo una gran crisis comercial y, al igual muchos de nuestros amigos, también mi padre perdió su fortuna y yo no podía contar con ningún fondo, y la burbuja mercantilista estalló y mi madre tuvo que soñar para mí con otra carrera. Entonces dijo que tenía que estudiar principalmente Jurisprudencia (…). De los siete años que pasé en universidades alemanas, dilapidé tres hermosos años de la flor de mi vida en el estudio de la casuística romana. Qué libro tan horrible el Corpus Juris, la Biblia del egoísmo (…). Concluí aquellos malditos estudios, pero jamás fui capaz de decidirme a hacer uso de tal adquisición, y, tal vez también porque sentía que a otros les resultaba fácil aventajarme en la abogacía y en la charlatanería, colgué mi birrete jurídico”.
Heinrich Heine
Confesiones y memorias
Alba

Hans Christian Andersen, El cuento de mi vida
Hans Christian Andersen (1805-1875) nació en Odense, Dinamarca, y es universalmente conocido por sus cuentos para niños. Su padre era zapatero y murió cuando él estaba muy niño y su madre, en medio de la pobreza, le insistió para que se formara como aprendiz de sastre. A él, niño, lo que le fascinaba era el teatro y quería ser o cantante o actor y, sabiendo apenas leer, siendo rechazado por los otros niños del pueblo por ‘raro’, decidió quemar todas sus naves e irse a aventurar a Copenhague, la capital del reino. Tenía 14 años y una mano adelante y otra atrás. No sabía nada y trató a trompicones de iniciar una carrera teatral. Ah, encima de todo, componía versos muy intuitivos, versos que revelaban su sensibilidad y su ignorancia. Además, para peor, no tenía ningún sentido del ridículo, pobre provinciano explorando la capital. Al fin, conoce a Jonas Collin, el director del Teatro Real: “El hombre que durante algunos años ha sido para mí como el mejor de los padres”.
Lo primero que hace Collin es obligar a Andersen a terminar la primaria y el bachillerato. Estudia en internados con chicos mucho menores que él; también en esas circunstancias, cuenta en esta autobiografía, se burlan de él. “En el mes de septiembre de 1828 terminé mi bachillerato. Tenía 23 años, pero seguía siendo chocantemente pueril en mi modo de obrar y de expresarme”.
Hacia 1830 aparece en esta autobiografía el único romance que menciona en ella. Se enamora de una chica de la que no dice su nombre, pero “ella amaba a otro y se casó con él”. Lo curioso es que, en el resto de su narración, Andersen no menciona ningún otro amor, ninguna otra aventura. Por esa misma época, descubre la poesía de Heine: “¡Había conocido a un poeta! A un poeta cuya alma comulgaba con la mía haciendo vibrar sus más secretas fibras (…). Tres poetas han influenciado aquel período de mi juventud: Walter Scott, Hoffmann, Heine”. Para esa época (1828-1829) “viví de mi pluma, traduciendo obras teatrales y escribiendo libretos de ópera” y en 1833 va por primera vez a París. Allí, en las oficinas de la revista Europa Literaria “encontré un día a un hombrecillo de tipo semita que vino hacia mí y me tendió amistosamente la mano” y se presentó: “Enrique Heine (…). ¡Así que era aquel poeta cuyo espíritu había comulgado con el mío, aquél cuyos versos habían vivido en mí durante el período luminoso de mi juventud! Era la persona que más ansiaba conocer y así se lo dije”.
Este Cuento de mi vida está signado por un contraste que se repite a lo largo de todas sus páginas. Por un lado, los muy frecuentes viajes por Europa. Italia, Francia, Alemania e Inglaterra, principalmente, pero también Bélgica, los Países Bajos, Grecia, los países escandinavos. El testimonio de estas giras se centra en los personajes que conoció –Victor Hugo, Balzac, Lamartine, Dickens, Strauss, Litsz, para poner los ejemplos más ilustres– y también en el gradual crecimiento de su prestigio como escritor en esos países, prestigio que tiene un punto de gran ascenso con los cuentos para niños que toda Europa leyó desde su aparición. El contraste consiste en que, a la vez que va de hombre ilustre por fuera de su patria, en ella “seguiría expuesto al azote incansable y renovado de la maledicencia (…). Algunas cartas me advirtieron que mi reputación de poeta estaba expuesta a palidecer. Durante mi ausencia había aparecido una edición completa de mis poemas. Como anteriormente, habían tenido cierto éxito. Pero ahora no se hablaba de ellos más que para dar por muerto mi talento”.
En sus viajes, Andersen es testigo de dos novedades tecnológicas de las que da fe con asombro: el ferrocarril y la fotografía. Hay que tomar en cuenta que durante su vida hizo más de 40 viajes por Europa y, ya cuando era famoso, famoso por sus cuentos principalmente, le encantaba ser recibido por las noblezas y por los reyes. Fue comensal del rey de Inglaterra, del de Suecia y, cómo no, de los reyes de Dinamarca que se sucedieron mientras él vivió. Y en el relato se nota el placer que le daba a este pueblerino venido a más el hecho de ser tenido en cuenta por la sangre azul.
Ya como reconocido escritor, con varios libros publicados, cuenta que “vivía al día. En infinitas ocasiones fue para mí el señor Collin una verdadera providencia; por discreción, solo me dirigía a él cuando estaba constreñido y forzado a hacerlo. He conocido el hambre y la desnudez”. Ya maduro, sin que se volviera rico, entre los derechos de autor y las ayudas estatales, terminó teniendo un estar sin preocupaciones económicas y pleno de dicha por el reconocimiento que tanto parecía necesitar.
Hans Christian Andersen
El cuento de mi vida
Ediciones del Cotal

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