
El Hangar Junkers del Cantón Norte, en Bogotá, testigo de la Primera Guerra Mundial, está a punto de desaparecer
El cobertizo militar que lleva el nombre del General Ramón Arturo Rincón Quiñones data de 1915 y merece atención urgente de las instituciones encargadas de conservar el patrimonio en Colombia.
Por: Diana Pérez
Soy un hangar. Sí, soy un hangar, los hangares somos construcciones que servimos para guardar y proteger aeronaves y otros medios de transporte de gran tamaño como los vehículos mecanizados, comúnmente conocidos como tanques, que son refaccionados y reciben mantenimiento en nuestro interior.
Los hangares nos caracterizamos por tener amplias áreas internas y puertas de gran tamaño, y generalmente estamos construidos con materiales resistentes como madera, hormigón, metal o duraluminio (aleación de aluminio), que se caracteriza por su alta resistencia, durabilidad y bajo peso, lo que nos hace livianos a pesar de nuestro tamaño. Contamos con una estructura rígida o costillar que nos soporta y, por supuesto, no hablamos ni escribimos, pero para este caso particular me fueron concedidos esos dones y no los pienso desaprovechar.
En enero de 2024 y después de un riguroso proceso de más de siete meses, fui declarado como Bien de Interés Cultural para Bogotá, por ser muestra única del patrimonio inmueble e industrial de la ciudad, y porque represento la época de modernización del Ejército Nacional de la década de 1930. Hoy estoy en riesgo de ser demolido y ‘chatarrizado’ por el desconocimiento de quienes debían protegerme, restaurarme y ponerme al servicio de la historia del Ejército, de Bogotá y de todo el país, y de quienes tienen los argumentos para honrar la memoria del general Ramón Arturo Rincón Quiñones, víctima de un atentado en 1975, por quién llevo este nombre, y de las víctimas uniformadas y civiles del conflicto contemporáneo.
He sido durante 85 años testigo silente del crecimiento urbanístico hacia el nororiente de la ciudad y de la conformación del Cantón Norte. He visto cómo las haciendas de Santa Ana y Santa Bárbara, que formaban parte del antiguo pueblo de Usaquén, fueron alcanzadas por la urbanización de una Bogotá que creció desmesuradamente durante los últimos 60 años debido a la migración en el anhelo de tantas personas desplazadas que llegaron en busca de una mejor vida, tratando de superar la violencia que inevitablemente desatan la pobreza y la falta de oportunidades.

Esos centenares de nuevos ciudadanos hicieron que Usaquén pasara de ser municipio, al igual que Suba, Bosa o Usme, a convertirse en una de las 20 localidades de Bogotá. Yo vi construir la Calle 100 que, en su momento, fue de las más modernas, y cuyo trazado inicial fue obra de Karl Brunner, quien fuera director del Departamento de Urbanismo de Bogotá entre 1934 y 1939, y diseñó tantas obras que han sido claves en el desarrollo urbanístico de la Bogotá moderna.
Habito un cantón militar que ha sido custodio de la riqueza ambiental de los cerros orientales de la ciudad y también vi aterrorizado cuando el alcalde Enrique Peñalosa Londoño, con ganas de urbanizar los cerros, quiso poner en riesgo a las más de 800 especies de plantas, 8 especies de anfibios, 6 especies de reptiles, 130 especies de aves, y 60 especies de mamíferos que allí se resguardan, como lo documentó Mateo Hernández, naturalista y consultor ambiental para el Instituto Humboldt. Puedo dar fe de cómo el Ejército mantiene esa reserva forestal, como tantas otras, a lo largo y ancho de la geografía nacional, contribuyendo en el cuidado de la calidad del aire para Bogotá y todos sus habitantes como salvaguarda de su patrimonio natural.
Cooperación colombo - alemana
A través de la historia y desde los movimientos independentistas, los ejércitos latinoamericanos se han asesorado de los de algunos otros países que, para el siglo XIX, ya eran consolidadas repúblicas como Inglaterra o Alemania; y es precisamente Alemania, el país donde fui diseñado por la firma Junkers que, para la década de los 30 del siglo pasado, producía tecnología de punta para aviones y hangares.
¿Se preguntarán cómo llegué entonces a Bogotá? Pues en el marco de la cooperación que se brindaban los gobiernos de Colombia y Alemania en asesorías de comercio, arquitectura, tecnología e industria, y que vio despegar la aviación comercial con el nacimiento de la Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos (SCADTA), pionera de la aeronavegación latinoamericana.

Es precisamente en ese momento brillante de la cooperación binacional donde se determina que, en 1933, una vez terminada la guerra con Perú, donde estuvo en riesgo el territorio amazónico colombiano, el Gobierno decidiera fortalecer su fuerza pública en todos los frentes, creando la aviación militar, ampliando su alcance en los ríos al crear la armada fluvial y asignando recursos para mi adquisición, junto con la compra de vehículos mecanizados, carro-talleres, camiones de combustible, jeeps y motos alemanes, porque, claro, yo no iba a cruzar el mar en la bodega oscura de un buque y en un viaje tan largo, solitario y aburrido.
Presté servicio en la Primera Guerra Mundial en mi natal Alemania, y en 1936 me entregaron al Ejército Nacional de Colombia. Permanezco desarmado y almacenado en las instalaciones de la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova. Fui ensamblado hasta 1940 en el actual Campo de Marte del Cantón Norte, espacio que corresponde al lote intermedio entre la sede temporal del Comando de Reclutamiento y Control de Reservas y el Liceo Patria, frente a la nueva carrera 11 puesta al servicio en 2015, lo que me dio más visibilidad para quienes habitan y transitan este sector de la ciudad.
Misiones destacadas
Hangares en la ciudad somos pocos y, que hayan sido restaurados, aun menos. Por ejemplo, el edificio 409 de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Colombia, conocido anteriormente como laboratorio, y que actualmente alberga el Centro de Atención a Estudiantes (CADE), espacio representativo de la arquitectura moderna, restaurado en la rectoría de Dolly Montoya, cuya estructura compuesta por un sistema de pórticos tri-articulados de madera laminada, fue anclado a un bloque constructivo nuevo con el que conecta. También hay otros hangares en Corferias traídos de Panamá en los años 60, ¡que se ven tan jóvenes! Y que, gracias a nuestra versatilidad, no pierden vigencia.
Soy “La cuna de los blindados de Colombia”, de los vehículos que la gente comúnmente conoce como tanques de guerra. Mi instalación coincide con el nacimiento de la Escuela de Motorización adscrita al Arma de Caballería del Ejército, y represento el momento más brillante de progreso para la institución militar.
Fui consagrado como primera catedral castrense, por lo que me sobra carisma, ya que en mi interior se celebraron ceremonias religiosas por lo que, además, soy un espacio para la fe, antes de que se erigiera la actual catedral bautizada como Jesucristo Redentor, joya de la arquitectura contemporánea, diseñada —al igual que la capilla del Gimnasio Moderno— por el arquitecto Juvenal Moya, en 1949.
También me conocen como “el Gigante de Bogotá”, “el Viejo Man” y, en memoria del general asesinado en un atentado de 1975, “el hangar del Rincón Quiñones”. Y si alguno de ustedes visitara el Regimiento de Caballería San Jorge, en la Escuela de Caballería, cualquier mañana, podría tomarse un café con los retirados y deleitarse con todas las historias que tienen para compartir sobre cuánto me quieren y lo que quisieran hacer para reivindicarme como espacio de encuentro. Así conocerían la honrosa memoria que represento.
Consecuencias nefastas
Fui testigo silente en los años 70 de cosas que la institución militar no debió permitir en el Gobierno del presidente Julio César Turbay Ayala y su represivo Estatuto de Seguridad, como por ejemplo el uso de mecanismos de disuasión e interrogatorios fuera del marco de derechos humanos, que incluyeron la tortura a intelectuales, artistas, profesores y miembros del extinto grupo insurgente M-19, tras el robo de las armas del Cantón Norte, en una operación que adelantaron el 31 de diciembre de 1978 denominada Ballena Azul, liderada por el comandante Jaime Bateman Cayón.
Como resultado de dicha operación, el Ejército reaccionó de manera desmesurada involucrándome en esas acciones y Vera Grave, en un documento para la Comisión de la Verdad, señaló lo que sucedió dentro de mí. Ella dice: “luego me trasladaron a otro cuartel militar, el Rincón Quiñones, que queda en frente de la Brigada de Usaquén. Aquí estaré tres semanas, ¡para que me recupere! Tengo un cuarto, con cama. Ya me dejan dormir, me dan comida y lo más importante: puedo asomarme a una gran ventana que da a un prado verde, y me sacan al sol todos los días, a caminar, o camino a las eternas indagatorias”.
Lo que demuestra que fui partícipe indirecto de tan lamentable episodio ocurrido, no en mis narices, sino en lo más profundo de mi corazón de duraluminio, lo que también incluye a las víctimas del Palacio de Justicia, pues durante los sucesos que rodearon la denominada ‘Retoma’, los vehículos mecanizados salieron de mis entrañas y a ellas regresaron una vez culminada la operación, siendo actores relevantes y en algunos casos desafortunados hace 40 años, por lo que guardo una parte de la memoria histórica e institucional que conviene recordar para no repetir y lamentar.
Sin respaldo
En junio de 2023 fui postulado como Bien de Interés Cultural para Bogotá, en el marco de una sesión del Consejo Distrital de Patrimonio Cultural, órgano encargado de asesorar a la administración distrital en cuanto a la salvaguarda, protección y manejo del patrimonio cultural. En dicha sesión, ese Consejo, integrado por representantes de las localidades y por profesionales de entidades del Gobierno distrital y la academia, determinaron —con el apoyo de la secretaría técnica del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural— declararme por unanimidad como Bien de Interés Cultural de carácter distrital (BIC Distrital), mediante acto administrativo del 25 de enero de 2024.
Posteriormente, de manera inexplicable, para mi sorpresa y la de todos los que me han acompañado en este proceso, un par de meses después recibí de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte —de quien depende el Instituto—, una comunicación llena de inconsistencias donde me notificaban que el Comando de Ingenieros del Ejército no estaba de acuerdo con mi nuevo y merecido estatus de BIC Distrital, alegando no tener conocimiento del proceso de Declaratoria juiciosamente adelantado en cabeza del Instituto, quien, permanentemente notificó al Ejército y atendió todas las directrices ordenadas por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
De entrada, desestimé el argumento sobre el supuesto desconocimiento por parte del Ejército del proceso de declaratoria, ya que, es bien sabido que cuenta, entre muchas otras ventajas, con una Escuela de Comunicaciones y una robusta arquitectura institucional que garantizan que una comunicación oficial emitida por el Distrito no se hubiese traspapelado, pero supuse que, de alguna forma, me he convertido en un patrimonio incómodo para ellos.

Dicho lo anterior, el Comando de Ingenieros alegó que no tenía interés alguno en esta declaratoria, y que a cambio tenía un proyecto inmobiliario ya contratado en el espacio que ocupo desde hace 85 años. Bajo estos pobres argumentos, la Secretaría de Cultura puso en entredicho la legitimidad del acto jurídico promulgada por el Consejo de Patrimonio, por lo que algunos vecinos, militares retirados y hasta la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), sugirieron al Instituto de Patrimonio incluirme en una “lista indicativa” para prevenir de manera provisional mi desmonte y venta como había previsto el Ejército.
En ese mismo sentido me dejó preocupado que uno de los asesores de la Alcaldía, quien asiste al Consejo de parte de Planeación Distrital, fuera Fabio Bernal, museólogo y abogado que ha tenido contratos con distintas empresas para proyectos del Comando General y el Ejército; la misma persona que en una pobrísima gestión como director técnico del Museo Nacional de la Memoria fue quien, junto con el exdirector negacionista del Centro Nacional de Memoria Histórica, Darío Acevedo, mutiló y censuró partes del guion aprobado para ese Museo, lo que indicaría que no es precisamente alguien idóneo para trabajar por conservar la memoria.
Dicho lo anterior, debo reconocer que padezco desde ese momento fuertes dolores en toda mi estructura, cada vez que pienso que mi destino sea desaparecer, cuando represento parte de la memoria viva del Ejército, y que tiemblo de emoción cuando me dicen académicos y expertos en patrimonio que mi presencia puede propiciar un ejercicio de reciclaje inmobiliario y de resignificación, o que aportaría a la oferta museal y cultural de este sector de la ciudad, porque soy emblema del Arma de Caballería, un hito en la historia de la ingeniería y la arquitectura colombianas y, sobre todo, porque tengo claro que soy un lugar desde donde tender puentes de comunicación entre la memoria institucional del Ejército y la de las víctimas del conflicto contemporáneo.
Futuro del Patrimonio Militar
Tristemente, en este momento, por desconocimiento, descuido o simple desidia, nuestras Fuerzas Militares han perdido colecciones, edificios y relatos, por lo que todas las entidades y personas que adelantan acciones de conservación o restauración y resignificación del patrimonio deben acompañar a la institución militar y asesorarla para que esto no se repita. Porque desde mi Declaratoria BIC y sin la desafortunada intervención de quienes desconocen mi relevancia como patrimonio, se hubiera podido gestionar recursos para mi restauración, solicitando acompañamiento a la Universidad Nacional y respaldo de la cooperación alemana, y se hubiesen gestionado recursos para la divulgación de mi polémica y singular historia.
Finalmente, pienso que, a la luz de todos estos hechos, sus responsables e implicados: el Consejo Distrital de Patrimonio Cultural, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, la Secretaría de Cultura Recreación y Deporte, Planeación Distrital, el Comando de Ingenieros del Ejército y el Comando General de las Fuerzas Militares, o el mismo Ministerio de Defensa Nacional, deberían tener claro que estas decisiones desafortunadas nos involucran a todos, uniformados y civiles, y que el patrimonio más valioso de cualquier entidad, es su imagen pública.
Atentamente: Yo, hangar ‘Rincón Quiñones’, el gigante de Bogotá.
Diana Pérez es museóloga.
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