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Cultura

Cannes, el festival del aguante

Juan Carlos Lemus escribe desde Cannes su balance de la edición 78 del Festival de Cine de Cannes que acaba de terminar. Como suele suceder en este tipo de eventos, hubo de todo, como en botica.

Por: Juan Carlos Lemus

No esperaba hablar tanto de triatlón en Cannes. Entre funciones, filas y cafés, varias conversaciones derivaron hacia carreras de tri, entrenamientos y recuperación. A muchos les sorprende más eso que el hecho mismo de venir al festival. Lo entiendo. El triatlón, al menos, tiene la honestidad de parecer ridículo desde afuera.

Y Cannes desde dentro. Lo otro es que Cannes también termina organizándose alrededor del desgaste. Uno empieza el día convencido de que todavía le quedan fuerzas para cinco películas, dos entrevistas y una fiesta. Hacia la noche ya uno se empieza a negociar. Cambiar una función por un cerveza charladora, una conferencia por diez minutos viendo el mar y una película de tres horas es la posibilidad muy concreta de dormir un rato en la oscuridad. Porque el festival castiga incluso despertarse temprano y no conseguir una entrada a la hora planeada puede arruinarle a uno el día completo, mover horarios, alterar comidas, destruir recorridos enteros.

También está esa obsesión un poco absurda por ciertas salas. Competir por entrar al Lumière o al Buñuel aunque el cuerpo ya no quiera más, para terminar doblado en una silla imposible, sudando entre gente igual de cansada, sólo por sentir que ahí es donde se supone que debería estar. Y mientras tanto salas como el Olympia o el Aurora quedan medio escondidas, mucho más cómodas, casi relajadas, como esos tramos menos espectaculares de una carrera donde por fin el cuerpo deja de pelear contra el recorrido. Y es que Cannes también funciona con la lógica extraña de preferir el prestigio del sufrimiento antes que la comodidad.

Por fortuna está esa gente con la que uno corre. Los otros agotados que sostienen conversaciones ridículas sobre planos a las dos de la mañana, que avisan dónde quedan entradas, que guardan puestos en una fila o aparecen con cerveza cuando el cuerpo ya no da más. Sin eso tampoco existiría Cannes. Igual la fiesta. Mucha o poca, elegante o tristísima, sigue siendo una de las formas más honestas que tiene el festival de recordarle a uno que todavía está vivo. Y si a la que uno llegó a entrar se encuentra con Eric Cantoná… boleto pagado.

Y el cuerpo empieza a leer las películas distinto. O peor. O quizá con menos defensas. Las malas funcionan como salir del mar después de una natación con mucho oleaje. Mareado y con sal en la boca se sienta uno a quitarse el wetsuit para recordar que quedan noventa kilómetros de bicicleta y una media maratón entera por delante. No es la metáfora más elegante del mundo, pero probablemente tampoco sea la semana más elegante del año.

Algo así dejan Histoires parallèles, de Asghar Farhadi, o Sheep in the box, de Hirokazu Kore-eda. Películas hechas por cineastas atrapados dentro de una imagen demasiado limpia de sí mismos. Farhadi ya no consigue ir cerrando la trampa moral alrededor de sus personajes; Kore-eda filma algo tan delicado que se evapora antes de dejar marca. Y también Moulin, de László Nemes, que parece dirigida por alguien tan consciente del peso histórico de cada plano que termina aplastado por él.

La gran metida de pata, al menos para mí, fue Butterfly jam, de Kantemir Balagov. Sobre el papel parecía imposible que fallara. Un director premiado acá que llegaba a hablar de hijos, trabajo, dinero, parejas destruyéndose bajo presión económica, hombres incapaces de sostener el lugar que creen tener que ocupar. Pero la película nunca encuentra cómo unir nada de eso. Cada conflicto parece abrir otro y abandonarlo enseguida. Después de dos horas uno siente algo peor que rechazo, un cansancio que raya el calambre.

Luego vienen películas que ayudan apenas a sostener el ritmo. El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, tiene una apertura tensa y una actuación formidable de Javier Bardem antes de girar a mirarse el ombligo. The station, de Sara Ishaq, consigue escapar del cajón en el que Occidente suele meter a las mujeres árabes. Siempre son víctimas abstractas y símbolos cómodos. Entre una película y otra, Cannes también sobrevive gracias a pequeñas brisas ligeras como La Vénus électrique o In waves.

Con La libertad doble, de Lisandro Alonso, ya no estoy tan seguro de nada. La película tiene algo del agotamiento silencioso de las estaciones más largas de la carrera. cuerpos trabajando, tiempo que avanza despacio y una tranquilidad que a ratos incomoda. Pero también fue una de las primeras veces del festival donde sentí claramente que el cansancio empezaba a modificar la recepción. Me dormí un par de veces. Dos pestañeos largos. Lo suficiente para empezar a sospechar después si la lentitud venía realmente de la película o de un cuerpo que llevaba varios días acumulándose encima. Y eso también forma parte de lo que Alonso filma: gente agotada sosteniendo vidas que pesan.

En Soudain, Ryusuke Hamaguchi filma a una mujer que dirige una casa de ancianos y sostiene una amistad intensísima con una artista enferma. Pero la película nunca necesita subrayar nada. Apenas baja el ritmo del mundo. Después de varios días de Cannes —colas, malas comidas, madrugones, horarios destruidos— Hamaguchi aparece como esos tramos de la carrera donde el cuerpo por fin encuentra el ritmo correcto y deja de pelear contra todo. Uno simplemente rueda. Y precisamente ahí aparece también el límite de la película: cierta confianza hippie en la bondad esencial de las personas, cierta suavidad moral que a ratos bordea el buenismo. Pero incluso eso termina funcionando dentro del estado físico y mental del festival. Hay películas que uno discute. Otras simplemente le permiten seguir.

Mientras la película avanzaba, empezó a aparecer otra cosa debajo de esa calma. ¿Quién sostiene a los ancianos, quién sostiene a los niños, quién limpia, cocina, acompaña, escucha? La película nunca lo convierte en discurso, pero la pregunta queda flotando.

Radu Jude produce exactamente la misma pregunta pero por un efecto contrario. Le journal d’une femme de chambre es hielo en el cuello y azúcar entrando al cuerpo justo antes de vaciarse. Después de jornadas enteras viendo películas solemnes y viscosas, Jude devuelve velocidad, ruido, humor, mala leche. Una mujer rumana trabaja cuidando al hijo de una pareja burguesa francesa mientras la suya permanece lejos, sostenida por promesas, remesas y regalos. Jude vuelve a reírse de la hipocresía liberal europea, la migración y la explotación laboral con una ligereza engañosa, como si entendiera perfectamente el estado físico en que Cannes recibe ciertas películas.

Y luego apareció 9 temples to heaven, de Sompot Chidgasornpongse, una de esas cintas que nadie parecía esperar demasiado y que terminan acompañándolo a uno varios días después. Una familia recorre templos budistas, acumula indulgencias y ofrendas mientras intenta mantener cierta cohesión familiar. Entre monjes, dinero, nuevas tecnologías y jóvenes que ya no parecen creer demasiado en las tradiciones, aparece un país entero intentando avanzar sin terminar de soltarse de estructuras mucho más antiguas. Pero lo mejor de la película está en otra parte: el calor tailandés, el cansancio de convivir demasiado tiempo juntos, las discusiones mínimas que crecen cuando ya nadie tiene energía para sostener las formas. Y aun así la película encuentra el ritmo exacto para demorarse lo necesario sin sentirse pesada. Como esos momentos extraños en una carrera larguísima donde el tiempo deja de importar y el cuerpo simplemente sigue avanzando. La película termina funcionando como esos desconocidos al borde de la ruta sosteniendo carteles como “los keniatas ya se están acabando la cerveza” que logran hacerlo reír justo cuando la cabeza empieza a decir “para”.

Y ahí uno empieza a notar algo raro en el festival. Hermanos mayores sosteniendo familias. Hijas cuidando padres. Mujeres sosteniendo ancianos. Migrantes sosteniendo niños ajenos. Gente cansada intentando mantener en pie estructuras afectivas completas. No sé si era una línea curatorial deliberada o simplemente el momento histórico filtrándose en las películas, pero Cannes este año quedó lleno de personas tratando de sostener cosas que empiezan a pesar demasiado.

Siempre seré tu animal materno, de Valentina Maurel, encuentra algo parecido desde un lugar mucho más caótico y latinoamericano. Dos hermanas adultas sobreviven dentro de una familia emocionalmente quebrada. La mayor funciona casi como madre sustituta; la menor parece cada vez más abandonada, absorbida por fantasías que primero parecen estrambóticas y luego contaminan la realidad. La película entiende algo muy preciso, en muchas familias el cuidado termina distribuido de forma profundamente injusta. Siempre hay alguien sosteniendo demasiado mientras otro desaparece. Pero igual que Hamaguchi, Maurel encuentra momentos donde el peso deja de sentirse. Uno entra en la película y simplemente sigue avanzando con ella. Hacia el final también empieza a arrastrar un poco los pies, igual que sus personajes.

Y luego está Paper tiger. James Gray sigue obsesionado con hombres que viven sintiendo que le están fallando a alguien. Mientras el padre intenta soportar la idea de que sus hijos crezcan diciendo que viven en una casa de mierda y tienen un carro de mierda —como si cada una de esas frases terminaran acusándolo directamente de haber fracasado dentro del sueño norteamericano por vivir en Queens y no en Manhattan, por no tener un Mercedes—, la madre sostiene otro tipo de cuidado: que los niños coman, duerman temprano, lleguen al colegio. Cada uno carga un peso distinto.

Y quizá ahí aparecía también una diferencia importante con Butterfly jam. Gray trabaja obsesiones muy parecidas —masculinidad rota, fracaso económico, miedo a no poder sostener a otros— pero consigue que cada escena avance sobre la anterior como una presión que poco a poco se vuelve insoportable. Balagov, en cambio, acumula peso sin encontrar dónde ponerlo.
Y ahí Paper tiger termina dialogando extrañamente con Siempre seré tu animal materno: el mismo agotamiento del hermano mayor, la misma necesidad de cuidar incluso cuando nadie pidió realmente ser cuidado.

Después de varios días de festival, Paper tiger apareció como esa persona que corre unos metros junto a uno para alcanzarle agua cuando ya no quedaban demasiadas fuerzas. No elimina el cansancio. Apenas recuerda por qué uno siguió avanzando tantos kilómetros antes. El problema, claro, es que eso alcanza.

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