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Deportes

Lorenzo: perfil del hombre que nos devolvió la fe en la selección

Esta es la historia de un hombre callado, trabajador y obediente que se ganó el respeto de Bilardo y el cariño de Maradona y Messi. Un joven que vivió de colectivo en colectivo para llegar a los entrenamientos de Argentinos Juniors. La historia del profe que llevó a Colombia a la final de la Copa América.

Por: German Izquierdo

Diego Armando Maradona caminó para recibir la medalla de finalista como si marchara hacia la horca. A su lado, el técnico de Argentina, Carlos Salvador Bilardo, lo escoltaba con la atención de un padre tras el hijo que está aprendiendo a caminar. En cuanto los directivos de la Fifa, encabezados por Joao Havelange, le pusieron la medalla de plata, Maradona no aguantó más y rompió a llorar bajo el cielo nocturno de Roma, a merced de los lentes de los fotógrafos de prensa. El segundo en recibir la medalla fue Néstor Lorenzo: el del 13 en la espalda, el del pelo castaño crespo, el de la sangre en los labios. Cuando recibió su medalla, se acomodó junto al desconsolado capitán de la Selección Argentina. Enseguida, Bilardo le dio a Lorenzo una orden que este cumplió a cabalidad. El defensor dio un paso adelante, dos más a la izquierda, y con sus 1.85 mts. de altura cubrió a Maradona para que el mundo no lo viera llorar.

Apenas dos horas antes, Lorenzo cantaba a todo pulmón el himno de Argentina. Pero ahora, la suerte estaba echada. El árbitro Edgardo Codesal había pitado un penal inexistente de Sensini contra Voëller que Andreas Brehme anotó desde los doce pasos, ante el inútil esfuerzo del arquero Goycochea. Lorenzo, por su parte, dejó el alma en la cancha hasta el minuto 47,02 del segundo tiempo, cuando sonó el pitazo final y el estadio Olímpico de Roma se convirtió en un cielo estrellado de flashes. Para Lorenzo, aquel pitazo también sería el fin de un ciclo. Tenía 24 años y ese partido, una final del mundo, sería el último que jugaría con la Selección Argentina. El Mundial de Italia 90, entonces, fue un sueño cumplido y al mismo tiempo uno truncado: la temprana culminación de una carrera que terminó en Roma y empezó en Buenos Aires, en la cancha del club Argentinos Juniors y en un barrio cuyo nombre le hace justicia a la fraterna cercanía de sus habitantes: La Paternal.

El historiador del club, Javier Roimiser, cuenta que se trata de un barrio fundado alrededor de una estación de tren que se fue expandiendo, cerca del cementerio de La Chacarita. “La mayoría de los hinchas de Argentinos viven cerca de la cancha –cuenta Roimiser–. La famosa frase es ‘nos conocemos todos’, porque sabemos quién va a cada sector y nos vemos en todos los partidos. Y Argentinos tiene la particularidad de que los hinchas llegan sobre la hora, 15 minutos antes de empezar el juego”.

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