
Tres estrellas, tres años después: el día que un país entró en juego
Argentina campeona del mundo. Créditos: Colprensa/externos.
La escritora Amalia Tapiero fue parte de la extática congregación en Buenos Aires cuando Argentina se coronó campeona del mundo, en Catar, hace, exactamente, tres años. En esta crónica se pregunta, no sin nostalgia, por uno de los grandes milagros de los que el fútbol es capaz: hacer del yo un nosotros.
Esta es la crónica de un avión que no abordé. Un llamado intangible pero insistente me lo impidió: intuición, arrebato, creencia o simple necesidad. El 15 de diciembre de 2022, el vuelo AV 218 Buenos Aires-Bogotá despegó sin mí. En el taxi hacia Ezeiza se me atravesó una extrañeza inesperada, como si, con ritmo propio, ese país me reclamara un instante más. Pedí dar la vuelta. Ya en una esquina, quieta, comprendí a medias que aún no era hora de irme.
Ese jueves, una corriente colectiva —esa mezcla argentina de fervor, melancolía y desobediencia— recorría la ciudad y sus veredas. No haber viajado, absurdo en apariencia, empezaba a cobrar sentido. En el aire flotaba lo que, de ese país, Cortázar encuentra “tan triste en lo más hondo del grito y tan golpeado en lo mejor de la garufa”; a lo que, aun así, contesta: “Pero te quiero, país de barro… y algo saldrá de este sentir”. Era como si ese sentir me pidiera quedarme un poco más. Era una secreta regla del tres: el país estallaría tres días después, tras conquistar su tercera estrella contra Francia, tras un extenuante 3-3 en penales.
Hoy, tres años más tarde, esa renuncia a volar la iluminan el recuerdo épico de aquellos días y una alegría de lo absurdo que me permitió entender algo de ese país. Mi renuencia a partir me abrió un tiempo distinto: uno en el que la ciudad, con su expectativa y su fiebre, se volvió legible. Y con la final del Mundial, esa alegría desbordada también me alcanzó. Esos tres días se hicieron necesarios para que, por fin, la historia de la tercera estrella se dejara contar. Pero ¿qué era distinto?
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