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Educación

“La coca se usó para la guerra, ahora vamos a usarla para la paz”: Jorge Eduardo Londoño

El director del Sena recibió la misión de dignificar a los campesinos y, por esa vía, garantizar la soberanía alimentaria del país. En entrevista con CAMBIO, Londoño hace un balance de lo corrido de su gestión y defiende la iniciativa de comprar la hoja de coca para usos agroindustriales.

Por: Redacción Cambio

CAMBIO: Hace meses, cuando el presidente anunció su nombramiento dijo que su principal encargo era garantizar la soberanía alimentaria del campesinado colombiano. ¿Cómo va con eso?

Jorge Eduardo Londoño: Es importante distinguir los conceptos de seguridad, soberanía y autonomía alimentaria. La seguridad alimentaria es el derecho fundamental que tienen todos los seres humanos de acceder a los alimentos. Se refiere a asegurar el acceso a una alimentación de cualquier tipo. Esa concepción dejó como herencia las semillas transgénicas y los grandes monocultivos. En Colombia poco a poco se fue olvidando un tema fundamental que es la economía familiar y campesina. El movimiento Vía Campesina inició un proceso para acuñar un nuevo concepto: soberanía alimentaria. Es decir, el derecho a una alimentación que tenga que ver con el contexto, la cultura y las costumbres de la gente. Eso no lo asegura la agroindustria, sino el pequeño campesino. De ahí el encargo del señor presidente.

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CAMBIO: Pero el papel del Sena es formar. ¿Cómo se empata esa misión con la tarea encomendada de garantizar soberanía alimentaria?

J.E.L.: Según el estudio del Ministerio de Agricultura de 2014, en el país hay 1.600.000 familias que son dueñas de pequeños predios que generan alrededor de 3.200.000 empleos y que, además, son los que proveen el 72 por ciento de la comida que llega a la mesa de los colombianos. Eso no lo hace la gran empresa. Esos alimentos vienen de las pequeñas parcelas de campesinos cultivadores que producen lo que se conoce cotidianamente como el “pan coger”. El tema de la alimentación en Colombia no se soluciona con grandes extensiones sembradas en palma. Eso no da de comer. Hay que enfocarse en las familias que cultivan hortalizas, frutas, o que tienen una vaquita que les da leche. Esa economía, la que siempre ha sido desconocida y menospreciada, es la que vamos a reivindicar. Por eso creamos el programa ‘CampeSENA’ como un reconocimiento a las campesinas y a los campesinos. Hay que recordar que este Gobierno, por medio de un acto legislativo, saldó una deuda pendiente y reconoció al campesinado como sujeto de especial protección constitucional. Antes de eso, así la gente no lo crea, en la Carta Política la palabra campesino aparecía una sola vez. En la administración anterior decían que la expresión “soberanía alimentaria” estaba prohibida en el léxico del Ministerio de Agricultura. Hay una diferencia entre un gobierno tradicional y un gobierno del cambio.

CAMBIO: Se entiende el tema simbólico. Sin duda es importante. ¿Pero, en concreto, qué está haciendo el Sena para cumplir esa orden del presidente?

J.E.L.: Hemos flexibilizado el ingreso de nuestras campesinas y campesinos a los procesos de formación. Hoy cualquiera de ellos puede acceder a los programas de formación complementaria o técnica. Nuestra misión está enfocada en la formación, pero hacemos sinergias con otras entidades del Estado para garantizar que la estrategia vaya más allá. Por ejemplo, el fondo Emprender. Ahí hay casi 200.000 millones para fortalecer proyectos. De ese fondo vamos a dedicar 30.000 millones para las áreas rurales priorizando municipios PDET y PENIS que son los que más atención requieren. Entonces, por medio de la formación vamos vinculando a los campesinos a procesos de emprendimiento. Tenemos un récord impresionante, ocho de cada diez de esos proyectos son exitosos. Casi todos superan el llamado valle de la muerte. El éxito está en el proceso de selección y el acompañamiento. No se trata de desembolsar recursos en efectivo. Sino más bien maquinaria, materiales y hacer seguimiento para que la plata se invierta en lo que se tiene que invertir.

CAMBIO: Usted habla de facilitar el acceso de los campesinos a procesos de formación y certificación. Pero ellos, por lo general, más que emplearse buscan sacar el mayor provecho de su tierra y de su trabajo. ¿Una certificación del Sena hace una diferencia real? ¿No se queda en un saludo a la bandera?

J.E.L.: Los seres humanos necesitamos ser reconocidos. Al campesinado colombiano le hacía falta eso. En el campo hay una serie de saberes que son importantísimos y que son incluso más profundos que los que tenemos en la urbanidad. Entonces hemos abierto una puerta para que los campesinos se inscriban en nuestro banco de instructores y puedan ser instructores. Ese solo hecho representa un acto de dignidad.

CAMBIO: Existía el problema de que muchos de esos campesinos no eran bachilleres y eso les impedía ser instructores…

J.E.L.: Lo solucionamos. Ya nuestros campesinos pueden acceder a nuestros programas sin tener ningún grado de escolaridad. Solamente una evaluación de competencias. Ese diálogo de saberes, por ejemplo, entre un ingeniero agrónomo y un campesino es hermoso. Muchas veces ellos le dan sopa y seco a cualquier profesional. Las certificaciones son un mensaje para los campesinos, pues les reconoce capacidades y les reitera el mensaje de lo importantes que son para esta sociedad.

CAMBIO: Los obstáculos para los campesinos no son solo de certificaciones, saberes y desarrollo rural. El gran problema radica en la propiedad de la tierra.

J.E.L.: En Colombia hay alrededor de 2.500.000 pequeños predios sin título. Entonces los campesinos no pueden ni siquiera acceder a un crédito bancario ni a programas del ministerio. Tampoco transferir la propiedad. Muchas veces los campesinos tienen sus títulos de propiedad en una hojita de cuaderno que guardan debajo del colchón. Por eso, el reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos va a tener resultados prácticos y tangibles para esa población.

CAMBIO: Las nuevas generaciones de campesinos no siempre ven el futuro en la ruralidad. Muchos de esos jóvenes quieren migrar a las ciudades a buscar un mejor porvenir.

J.E.L.: Ese es quizás el mayor reto que tenemos. Los jóvenes campesinos ven que en sus regiones no hay un buen sistema de salud, la educación es deficiente, no hay vías ni conectividad digital. Muchos no están dispuestos a repetir la historia de sus padres y sus abuelos que se levantaban en la madrugada a trabajar la tierra. Uno no puede culpar a esos jóvenes por buscar algo diferente. Para que ellos quieran quedarse en el campo tenemos que llevarles tecnología. Agricultura de precisión, acceso a internet para competir en el mercado, maquinaria y, sobre todo, la posibilidad de asociarse. Habitualmente los temas de asociatividad de los campesinos colombianos habían sido ignorados por los diferentes gobiernos nacionales hasta que en 2021 y 2022, ejerciendo como senador de la república, con la ayuda de algunas asociaciones campesinas, promoví la Ley 2219 de Asociatividad Campesina, que fue sancionada el 30 de junio de 2022. El reto es que el Estado garantice las condiciones para una vida próspera en el campo. La visión neoliberal nos llevó a una destrucción de la institucionalidad campesina. Eso hay que recuperarlo. Ahora, un país como Colombia está importando millones de toneladas de alimentos que se pueden producir aquí.

CAMBIO: El presidente le encomendó a usted enfocarse en los campesinos. Pero este, cada vez más, es un país urbano. En las ciudades hay muchos jóvenes desempleados porque no fueron educados para lo que demanda el mercado.

J.E.L.: En el Sena el 92 por ciento de la formación es para las áreas urbanas. Ahí en lo que estamos trabajando es en la pertinencia de la educación. Hoy una institución educativa no puede desatender temas como la inteligencia artificial, el bigdata, la programación, y demás oficios tecnológicos que son los que demanda el mercado. Tenemos la meta de formar más de un millón de jóvenes en habilidades digitales. Aquí abordamos la pertinencia de la educación promoviendo un diálogo permanente con el sector productivo. En Colombia tenemos la tara de que si no se es profesional se fracasa en la vida. Pero el mundo desarrollado ha migrado hacia los oficios. El Sena está llamado a ser ese elemento transformador, con la ventaja de que es gratuito.

CAMBIO: La semana pasada varios sectores políticos se conmocionaron con el anuncio del presidente de comprar la hoja de coca para convertirla en abono. El Sena es el eje fundamental de esa propuesta. ¿Usted entiende que para la gente ese anuncio resulte problemático?

J.E.L.: La coca tiene presencia en la humanidad desde hace más de 5.000 años. Y es una parte esencial del contexto social y la cultura indígena. El problema es que a la coca en nuestro ámbito se le dio un uso para la guerra. Entonces en el momento en que la mata empezó a ser procesada para producir cocaína ahí terminó todo. Pero los indígenas resistieron y le siguieron dando a la hoja un uso espiritual y cultural. Esa hoja tan estigmatizada tiene posibilidades de usos alimenticios, de insumos para el agro. De ahí se pueden sacar fertilizantes y eso lo estamos haciendo en un proyecto que hemos denominado ‘Tejidos de Paz’. Estamos entregando unas huertas en las que se van a cultivar hortalizas y productos de la región. En esos cultivos las plagas se van a atacar con productos derivados de la hoja de coca. La hoja de coca no es solamente un elemento cultural sino un aliado importante en la consecución de la soberanía alimentaria. Hay que repensar y reivindicar el papel de la hoja de coca en nuestra cultura. La coca se usó para la guerra, ahora vamos a usarla para la paz.

CAMBIO: Pero el papel del Sena es enseñar. Uno pensaría que en lo que tiene que ver con la hoja de coca quienes realmente están en capacidad de enseñar son los indígenas y no el Estado…

J.E.L.: De acuerdo. De golpe en eso aprendemos más que lo que enseñamos. Ese diálogo intercultural es vital. Lo que vamos a hacer allí es una oferta de formación concertada y una certificación por competencias de la mano de las comunidades. La idea es cultivar productos de la región con los más altos estándares del agro. Las plagas serán controladas con derivados de la hoja de coca. Las comunidades indígenas le dan a la hoja de coca usos espirituales y culturales. Lo que pretendemos es mostrarles el camino para darles usos agroindustriales.

CAMBIO: El problema es que la coca seguirá siendo el insumo básico de la cocaína. Evidentemente existe un riesgo con la sola presencia de la planta en una región…

J.E.L.: Cuando le presentamos este proyecto al presidente le llevamos fertilizantes hechos con hoja de coca. A él le llamó la atención porque esta puede ser una solución para un país que tiene tantas hectáreas sembradas en coca. El tema hay que estudiarlo y profundizarlo. Pero si esos cultivos de coca de uso ilícito pudiéramos transformarlos y usarlos como fertilizantes podríamos mitigar el impacto de la planta en la creación de dinámicas violentas. La posibilidad de darle a la coca un uso alternativo para la paz es muy importante.

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