
Castigar o reparar: otra visión de la justicia en los colegios
El poeta y director del Colegio Sabio Caldas, Santiago Espinosa, explica qué es la Justicia Escolar Restaurativa (JER) que, con éxito, está aplicando la Secretaría de Educación del Distrito en los colegios públicos de Bogotá.
Por: Santiago Espinosa
¿Se puede hablar de paz si nuestra concepción de la justicia es la venganza? Probablemente no. El experimento de Nayib Bukele en El Salvador: construir megacárceles para guardar a todos los criminales, presuntos “por sus tatuajes” o “probados”, supone la renuncia de una sociedad para solucionar sus conflictos de manera pacífica, también supone un problema de comprensión, pues se atacan las consecuencias, pero nadie repara en la magnitud de las causas. Como en el cuento de Kafka, “Ante la ley”, los gobiernos tendrían que construir una pequeña prisión para cada individuo, hecha a la medida de sus culpas.
En el caso de Colombia hay dos visiones muy marcadas de la justicia, quizás sea esta una razón, entre otras muchas razones, para que ni siquiera la paz haya podido reconciliarnos como colombianos. De un lado estaría la visión de “el que hace, la paga”, todavía mayoritaria. Desde esta visión, la justicia es básicamente la imposición de un castigo, llámese cárcel o “llevar a alguien a juicio”, “cancelarlo en las redes sociales” o incluso eliminarlo, “ajusticiarlo”, se dice en las películas. Del otro lado estaría la “justicia restaurativa”, cuyos mayores representantes serían las tres entidades que nacieron del Acuerdo de La Habana: La JEP (Jurisdicción Especial para la paz), la Comisión de la Verdad, y la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas. A diferencia de la anterior, aquí la justicia es una profunda reflexión sobre lo sucedido, es entender, a partir de las distintas versiones, cómo pasó lo que pasó y por qué pasó, para buscar entre todos —inclusive entre los victimarios— que estos hechos se reconozcan y que no vuelvan a repetirse. Aquí la justicia, más que el castigo, es la posibilidad de una sociedad para escucharse y reparar sus tejidos. A diferencia de la justicia tradicional o punitiva, este modelo centra su atención en las víctimas, con el fin de escuchar su voz y reparar en lo posible su daño. A esto se refería el padre Francisco de Roux cuando hablaba, en el informe de la Comisión de la Verdad, de una “Paz grande”.
¿Qué tiene qué ver todo esto con los colegios? ¿Cuál ha sido el papel de la educación en nuestra concepción de la justicia? Tiene mucho ver, y la segunda respuesta no es para nada alentadora. Que nuestra concepción de justicia sea básicamente “el ojo por ojo”, se debe en buena parte a que en los colegios —y en las casas—, hemos sido educados a través de premios y castigos. De los premios se ha hablado mucho. Hacemos lo que hacemos, no por la satisfacción personal, o el amor al conocimiento, sino porque después estará el postre o la medalla. Estos comportamientos van desde nuestra dificultad para perseverar hacia un propósito mayor, que es la razón de la felicidad en el trabajo, según los expertos del MIT, hasta la lógica macabra de los falsos positivos, en el que soldados profesionales cometieron estos crímenes, sólo para obtener ascensos y retribuciones. En cuanto a los castigos —el hermano macabro de los premios—, quizás se haya hablado menos, aunque sus consecuencias sean igualmente delicadas.
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