
La política del insulto: se posicionan los agravios, amenazas y mentiras en la campaña electoral
Santiago Botero, María Fernanda Cabal, Walter Alfonso Rodríguez Chaparro (Wally) y Abelardo de la Espriella. Fotos: Colprensa - Redes sociales.
La agresión verbal de María Fernanda Cabal, aspirante del Centro Democrático (CD), a un periodista durante una entrevista en directo muestra que la degradación del nivel de discusión pública no es un episodio aislado ni anecdótico. ¿Cuál es el impacto de este fenómeno en las elecciones?
Por: Armando Neira
La negación del exterminio de la Unión Patriótica por parte de paramilitares y agentes del Estado, y los insultos de María Fernanda Cabal, aspirante presidencial del Centro Democrático (CD), a un periodista, no son escenas nuevas en la política contemporánea.
En la campaña presidencial en Argentina, Javier Milei, candidato del partido La Libertad Avanza (LLA) y ganador de las elecciones, negaba que en ese país hubiesen desaparecido 30.000 personas durante la dictadura militar (1976–1983), cifra que sostienen las organizaciones de derechos humanos. Incluso llegó a calificar de “excesos” las violentas acciones ejecutadas por el régimen militar de Jorge Videla: “Nosotros valoramos la visión de memoria, verdad y justicia. Empecemos por la verdad”, insistía.
En la recta final de la campaña presidencial en Estados Unidos, Reporteros Sin Fronteras (RSF) registró que el candidato republicano Donald Trump –quien también se alzó con la victoria– insultó, atacó y amenazó a los medios de comunicación al menos 108 veces en discursos o declaraciones públicas.
Con la irrupción de Trump en el escenario político se popularizó el concepto de posverdad, considerado palabra del año por el prestigioso diccionario de Oxford. Este la define como el fenómeno que se produce cuando “los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que los argumentos que apelan a la emoción y a las creencias personales”.
En esa misma línea, respondió la candidata Cabal al periodista Daniel Pacheco, quien la invitó a participar este miércoles en una entrevista con La Silla Vacía, en un formato relajado que busca conocer a quienes aspiran a gobernar el país en el periodo 2026–2030. La conversación cambió de tono cuando Cabal le dijo a Pacheco que no le repitiera jamás que el Estado aniquiló a los miembros de la Unión Patriótica, como está documentado.
"Cerebro de cemento". Eso le dijo @MariaFdaCabal al editor de @lasillavacia por afirmar que el exterminio de la UP tuvo participación estatal.
— La Silla Vacía (@lasillavacia) October 30, 2025
Pero los hechos hablan: la @CIDH condenó al Estado por ese genocidio que dejó más de 4 mil víctimas.
📹https://t.co/j072n3OtoS pic.twitter.com/tBxNOXKIbk
De acuerdo con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), ‘Todo pasó frente a nuestros ojos. El genocidio de la Unión Patriótica’ (1984–2002_)_, al menos 4.153 personas fueron asesinadas, desaparecidas o secuestradas. Por su parte, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) contabilizó 5.733 militantes asesinados entre 1984 y 2016.
“Es muy difícil conversar con personas con cemento en el cerebro”, le dijo ella. Luego añadió que cambiaran de tema porque él no tenía ni idea de historia ni sabía discutir.
Si por la derecha llueve, en la izquierda…
El creador de contenido digital Walter Alfonso Rodríguez Chaparro, conocido como Wally, quien fue uno de los ganadores de la consulta interna al Senado del Pacto Histórico al obtener 143.514 votos. En sus redes sociales acude a palabras de grueso calibre y descalificaciones personales. Cuando se le preguntó si, en caso de llegar al Congreso, moderaría su tono, respondió: “Va a ser peor y de frente”.
Una afirmación que generó tanto eco en redes sociales y medios de comunicación como las que han hecho los aspirantes presidenciales de derecha Santiago Botero –“voy a dar balín”– y Abelardo de la Espriella –“voy a destripar a la izquierda”–.
Esta semana, la señorita Antioquia, Laura Gallego, también fue tendencia en las redes sociales, y no por su belleza, sino por su ideario político. Tan pronto fue elegida, las redes evidenciaron la violencia con que se expresaba como influenciadora: se refería al presidente Gustavo Petro como “un cáncer”, “un comunista guerrillero”, “una mierda”. En un video, incluso, preguntó al precandidato presidencial Botero si preferiría “darles bala” a Petro o a Daniel Quintero, exalcalde de Medellín. Cuando él respondió que, al segundo, ella sonrió e insistió en que, al menos, le diera “un cachazo” al presidente.
Gallego se quejó tras ser despojada del título de soberana del departamento, alegando que solo “le gustaba hablar de política” y que eso era lo que quería hacer en la vida.
Una historia estremecedora
Expertos consultados por CAMBIO consideran que estos fenómenos de insulto y ofensa no son nuevos en la vida política colombiana y que ha habido acciones más graves. En un país azotado por la violencia física y el exterminio del contrario, tienen toda la razón.

A decir verdad, el horizonte de acción de una sociedad no violenta sería eliminar la violencia física; un punto válido en un país con tantos capítulos horrorosos. La Comisión de la Verdad estima que, solo entre 1985 y 2018, hubo alrededor de 450.664 muertos a causa del conflicto armado. Por supuesto, eso no puede compararse con los líderes que buscan seducir al electorado mediante la mentira, haciendo del negacionismo histórico su bandera y ofendiendo a sus interlocutores. Las palabras están lejos de causar el mismo daño que las balas.
Al margen de estos hechos que podrían caber bajo la sombrilla de la libertad de expresión, los analistas advierten, sin embargo, que sí es importante impulsar la altura del debate político, porque es una herramienta que ayuda a construir sociedades con discusiones más centradas en los problemas y menos en los ataques personales.
Como lo ha dicho el historiador Jorge Orlando Melo, en Colombia nos centramos mucho en las personas y poco en los argumentos. Las sociedades maduras deberían encaminarse hacia debates públicos basados en ideas: ser duros con las ideas y suaves con las personas.
Ese es el problema que se evidencia con claridad cuando nuestros líderes políticos están capturados por sus ideologías y solo observan una parte de los problemas, ignorando la del contrincante. Todo esto evidencia que hoy se vive, más que nunca, en la era de la posverdad.
La BBC, en su momento, indagó por qué los ciudadanos del Reino Unido fueron convencidos apelando también al negacionismo de los hechos promovido por los líderes del Brexit, movimiento que finalmente se impuso en las urnas. En esa línea, la cadena entrevistó al filósofo y humanista británico A. C. Grayling, quien hizo campaña por la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.
El impulso de las redes sociales
Según Grayling, fenómenos como la posverdad fueron catapultados por el auge de las redes sociales. “Todo el fenómeno de la posverdad consiste en que mi opinión vale más que los hechos. Se trata de cómo me siento respecto de algo”, explica el filósofo. “Es terriblemente narcisista, y ha sido potenciado por el hecho de que todos pueden publicar su opinión. Todo lo que necesitas ahora es un iPhone. Y si no estás de acuerdo conmigo, me atacas a mí, no a mis ideas”.
“Lograr ponerte en primera fila y ser visto te convierte en una especie de celebridad”, añade. Grayling advierte que el problema radica en una cultura en línea incapaz de distinguir entre realidad y ficción. “Si escribes en Google las palabras ‘existió el...’, lo primero que aparecerá es ‘Holocausto’, y muchos de los vínculos te llevarán a versiones que afirman que no ocurrió”.

Este proceso, dice, es “corrosivo para la conversación pública y para la democracia”, pues genera una cultura donde unos pocos reclamos en Twitter tienen el mismo peso que una biblioteca llena de investigaciones, o donde un insulto de un político genera más audiencia que un estudio serio sobre cómo ponerles fin a graves problemas como la desnutrición infantil.
Patricia Muñoz Yi, directora de la Especialización en Opinión Pública y Mercadeo Político de la Pontificia Universidad Javeriana, considera que el empobrecimiento del debate público reside en los beneficios que los candidatos y actores políticos han encontrado en la radicalización del discurso.
La polarización ha contribuido a que estos discursos de odio provoquen que las personas de uno y otro sector político se identifiquen y se movilicen a partir de expresiones pobres que no comunican propuestas ni soluciones, sino que buscan exacerbar las emociones y afianzar el respaldo dentro de cada sector ideológico, afirma.
“El debate público carece hoy de propuestas reales que involucren a los ciudadanos”, señala Muñoz. “Los ciudadanos asisten a las campañas electorales como espectadores atentos a las agresiones verbales de uno y otro bando, y tienden a decidir como si se tratara de un evento de confrontación, y no del espacio en el que deberíamos encontrarnos para buscar soluciones a los problemas que nos aquejan”.
En este contexto, las redes sociales se han convertido en un espacio ideal para amplificar esos discursos, encapsular a quienes piensan igual e invitarlos a movilizarse, en detrimento del verdadero debate público y de la discusión abierta que deberían caracterizar las campañas democráticas.
Todo tiempo pasado…
¿Antes de la irrupción de las redes sociales, el panorama era distinto? Omar Rincón, analista de medios de comunicación, señala que “la política del siglo XX consistía en tener ideas o ideología; la del XXI se ha vuelto una celebración del yo: Chávez, Uribe, Evo, Trump, Milei, Bukele. Ya no hay ideología ni programa: hay ego. Y cuando no hay ideas se recurre a agredir al otro para unirse en el odio”.
“La degradación del nivel de la campaña presidencial en Colombia no es un episodio aislado ni anecdótico”, dice Juliana Ocampo, máster en Administración de Empresas (MBA) por la MIT Sloan School of Management (Estados Unidos) y abogada de la Universidad de los Andes.
Para esta analista, esta situación responde a la convergencia de varios factores estructurales y coyunturales que han transformado los incentivos de quienes aspiran a la Presidencia.
“Hoy los incentivos no están en las ideas, sino en la atención”, explica Ocampo. “Las redes sociales premian la agresión, el insulto y la provocación. Muchos candidatos –sin estructura política ni propuestas sólidas– recurren al escándalo como atajo para hacerse visibles”.
A este factor, en el que coinciden los expertos consultados por CAMBIO, ella agrega un elemento adicional: “A esto se suma un sistema de partidos débil, sin capacidad de autorregulación, y un ambiente político polarizado, incluso desde el propio Gobierno, donde el tono confrontacional se ha normalizado. En este contexto, descalificar rinde más que argumentar, y la conversación pública se llena de frases violentas en lugar de soluciones”.
“El insulto deja de ser un desliz y se convierte en método”, añade Ocampo. “Cuando un candidato amenaza con ‘dar bala’, otro promete ‘destripar a la izquierda’ y otro insulta a periodistas, están enviando el mismo mensaje: que la violencia verbal es una herramienta de diferenciación. Ese estilo no nace de la espontaneidad; es calculado. La lógica es simple: si no puedo ser el más preparado, seré el más agresivo para ocupar titulares”. El resultado, concluye, es una política que moviliza emociones, pero no construye confianza ni gobernabilidad.
“El debate público ha sido reemplazado por el espectáculo y los clics”, dice la analista y politóloga María Lucía Jaimes. “Las emociones –especialmente las negativas: miedo, rabia y resentimiento– se han convertido en una estrategia electoral más rentable que las propuestas”.

En efecto, en un país marcado por la desconfianza institucional, algunos candidatos descubrieron que gritar resulta más visible que argumentar, y que la agresión se traduce en clics y, por qué no, en votos. Pero esta degradación, argumenta Jaimes, no es solo responsabilidad de los políticos: también refleja una ciudadanía cansada de la corrupción, las decepciones y la polarización, que responde más al impacto inmediato que a la reflexión.
Lo preocupante es que, cuando el lenguaje político se vuelve violento, el límite entre la contienda electoral y la incitación real a la violencia se hace cada vez más difuso.
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