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Democracia y emociones

El escritor Mauricio García Villegas analiza en este texto cómo, todo régimen democrático, se mueve entre los extremos de las apasionadas voluntades políticas y las impasibles reglas de juego constitucionales. “La democracia”, dice, “oscila entre esos dos puntos: uno emocional y otro institucional”

Por: Mauricio García Villegas

Terminé mi columna anterior sobre el concepto de democracia con la metáfora del péndulo; lo hice para ilustrar la necesidad que enfrenta todo régimen democrático de situarse en algún punto entre un extremo que privilegia la participación popular y otro que prioriza las instituciones. También dije que, como suele ocurrir en los asuntos públicos, la mejor solución para resolver esta bifurcación es abrir un camino intermedio en el que se logre el máximo posible de participación política compatible con el máximo posible de respeto a las reglas institucionales. Pues bien, los dos extremos de ese péndulo democrático también son, de un lado, las apasionadas voluntades políticas y, del otro, las impasibles reglas de juego constitucionales. La democracia oscila entre esos dos puntos: uno emocional y otro institucional. De esa relación entre democracia y emociones hablaré en esta columna.

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Tanto el exceso de pasiones como su defecto pueden poner en aprietos a la democracia. Lo primero puede ser lo más trágico, pero lo segundo parece ser lo más común. Empiezo con el exceso.

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