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El fin de la tragedia implica, entre otras cosas, un rechazo de la razón; un reduccionismo facilista que, en lugar de aceptar la complejidad, busca culpables.

La cancelación de la tragedia

¿Cómo pueden los líderes enfrentar los inevitables retos originados en los problemas más urgentes de las sociedades democráticas?

Por: Alejandro Gaviria

Varios de los grandes desafíos de muchas sociedades contemporáneas, tanto desarrolladas como en desarrollo, no tienen una solución expedita. Las soluciones suelen ser parciales y tener una dimensión trágica. Muchas veces, los asediados reformadores —los demócratas que no han sucumbido al cinismo o a la desesperanza— consiguen, en el mejor de los casos, avances limitados: aplazan las crisis, cambian un problema por otro o evitan el colapso y las fallas sistémicas. Rara vez alcanzan una solución definitiva.

En los sistemas de pensiones, por ejemplo, los cambios demográficos conducen inexorablemente a la insostenibilidad de los arreglos sociales: el número de cotizantes disminuye mientras que el de beneficiarios aumenta. Pero los ajustes paramétricos son extremadamente impopulares, una especie de herejía política. Algunos los intentan, usualmente en circunstancias extremas, y asumen un costo político inmenso; esto es, adoptan una posición trágica.

Imaginar la Democracia

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