
Imaginación para la democracia
En estos tiempos de incertidumbre, de juegos por el poder y tensiones políticas, imaginarla puede ser la clave para contribuir a la construcción, mantenimiento y cambio del orden de la sociedad.
Crecí en Santo Tomás, con miedo a una casa embrujada. En los días en que salía a visitar a Aminta, una de mis tías que vivía cerca a ese lugar, pensaba en cosas que podía hacer para evitar que la casa me tragara con su embrujo. Usaba sombreros para ocultar mi rostro, como si la casa tuviera el poder de reconocerme; le pedía a una de mis hermanas que me acompañara y caminaba del lado contrario de la calle, para que la casa, con sus ojos simulando ventanas, solo se fijara en ella.
Especial Imaginar la Democracia
Entre las historias que se contaban yo escuchaba que en esa casa se había encerrado una mujer despechada por el desamor de un hombre. Para evitar que muriera, familiares y vecinos dejaban en la puerta, siempre cerrada, platos con comida que desaparecían en las noches sin que nadie alcanzara a ver, siquiera, la sombra de una mano humana retirándolos. Ni de noche ni de día se filtraba luz por las grietas, la casa envejecía. Las paredes lloraban despintándose, y en el techo se veían tejas caídas que yo imaginaba que formaban agujeros por donde, en la oscuridad, salía la mujer que también debía estar embrujada con un mal de amor.
Mucho tiempo después recordé esta historia y, aunque adulta, volví a sentirme la misma niña con miedo a esa casa. Le pregunté a mi madre sobre esa historia para comprobar si había sido producto de mi imaginación. Mi madre me confirmó que una mujer, después de salir de un baile, se encerró en esa casa a la que yo temía, y nunca se supo cuál fue la verdadera razón de su encierro: solo salió muchos años después cuando, enferma, esperó la muerte, plácidamente, en otra casa con puertas y ventanas abiertas, agarrada a la mano de una hermana que poco o nada reconocía en ella. Murió en silencio. Cuando salió de la casa no pronunció palabras: tal vez, después de tantos años de encierro, no las recordaba.
Pienso en esta historia con frecuencia, porque mi miedo a la casa embrujada me acompañó durante mucho tiempo y, además, por otras dos razones. La primera es una carta que aparece al final de la novela de José Eduardo Agualusa, Teoría general del olvido, en la que Ludo, la protagonista, anciana, ciega y libre, le escribe a la Ludo joven que fue antes y que por miedo a los monstruos se encerró, sola, durante 30 años en una casa:
Ciega, veo mejor que tú. Lloro por tu ceguera, por tu infinita estupidez. Habría sido tan fácil que abrieras la puerta, tan fácil que salieras a la calle y abrazaras la vida. Te veo acechar por las ventanas, aterrorizada, como un niño que se echa sobre la cama, en la expectativa de monstruos. Monstruos, muéstrame los monstruos: esas personas en la calle. Mi gente. Lamento tanto lo mucho que perdiste. Lamento tanto. ¿Pero no es idéntica a ti la infeliz humanidad?
La otra razón es el poder de la imaginación. El filósofo francés Gastón Bachelard, en La poética del espacio, nos recuerda que los lugares no sólo se habitan: también se sienten, se cargan de símbolos, de miedos y de certezas que le dan forma a lo que llamamos realidad. Y, precisamente, sobre las casas nos dice: una casa no es la suma de sus rincones, ni de sus techos, ni de sus pasillos; es el eco íntimo de lo que ahí ocurre, lo visible de lo invisible, la huella que deja la imaginación cuando dota de sentido a lo material. Por eso, una casa puede ser refugio o amenaza, hogar o prisión, encanto o desasosiego.
Por otra parte, Cornelius Castoriadis, en su libro La institución imaginaria de la sociedad, señala que la imaginación cuenta con una fuerza poderosísima, creadora de lo real y de lo sociohistórico, que contribuye a la construcción, mantenimiento y cambio del orden de la sociedad. Fuerza que nos interesa porque establece límites entre lo imaginario como mitológico y representativo y la cultura como lo visible y real. Pero nos remite a la pregunta: ¿qué determina qué? ¿Lo invisible a lo visible o lo visible a lo invisible? Para Castoriadis, toda sociedad se reconoce a sí misma por medio de un imaginario social; la historia de la humanidad es la historia del imaginario humano y de sus obras. Para mí, la casa estaba embrujada y para Ludo los de afuera eran los monstruos.
Durante los casi dos años de este proyecto, hemos escrito sobre democracia intentando comprender qué es, su historia, sus transformaciones y todo aquello que con ella se enfrenta. Leo las reflexiones de mis compañeros y busco temas que aporten a su análisis, sobre todo desde el lugar que habito y a partir de las pequeñas escenas cotidianas de quienes conforman mi micro universo: la señora Leonor, que cada día pasa frente a mi casa ofreciendo bollos de queso, angelito y mazorca con una voz potente; Any, que ya es abogada; Verónica, que nos ayuda con la limpieza en la oficina y mantiene a dos hijos… Incluso, con otras cosas más visibles: el conejo malo que canta poco, pero logra hacer un espectáculo nombrando a todos los países de América. No ha sido una tarea fácil: la democracia se pronuncia en tercera persona femenina del singular, pero se vive de manera colectiva; se gesta en elecciones que aspiran al consenso y se basan en decisiones individuales; habita en plazas públicas, materiales y digitales, y no descansa, ni siquiera, cuando entramos en nuestras casas y cerramos la puerta.
¿En el siglo XXI la democracia es una niña con miedo, una anciana que se va quedando ciega o una adolescente rebelde? Creo que en ese no saber reside su belleza. Como en una película de suspenso, miramos al pasado y sabemos cómo y dónde se gestó, cómo guerras y consensos han marcado sus transformaciones, pero desconocemos cómo seguirá siendo en estos tiempos complejos que para algunos anuncian su ocaso y que, para otros, representan el desafío de usar la imaginación para mantenerla viva.
Y es justamente desde esa necesidad de imaginar, o reimaginar, que continúo con las metáforas literarias y vuelvo a Agualusa. Con Si nada más resulta, lea a Clarice, un cuento que comienza así: “Tengo miedo de encender el televisor, como quien entra al metro en el horario más congestionado, y que alguien me pise la inteligencia por descuido o por maldad…”. Ese hombre temeroso se salva —en el cuento— leyendo a Clarice Lispector, esa escritora nacida en Ucrania que se convirtió en una de las narradoras más importantes de Brasil. Yo también la leo y ahora comparto con ustedes Si yo fuera yo, uno de sus relatos breves.
Si yo fuera yo
Cuando no sé dónde guardé un papel importante y la búsqueda se revela inútil, me pregunto: ¿si yo fuera yo y tuviera un papel importante para guardar, qué lugar elegiría? A veces resulta. Pero muchas veces me quedo tan presionada por la frase “si yo fuera yo”, que la búsqueda del papel se vuelve secundaria, y empiezo a pensar. Mejor dicho, a sentir. Y no me siento bien. Pruebe: si usted fuera usted, ¿qué haría? De inmediato uno se siente intimidado: la mentira en que nos acomodamos resultó ligeramente corrida del lugar donde se había acomodado. Sin embargo, ya leí biografías de personas que de repente pasaban a ser ellas mismas, y cambiaban por completo de vida. Creo que si yo fuera realmente yo, los amigos no me saludarían en la calle porque incluso mi fisonomía estaría cambiada. ¿Cómo? No sé. La mitad de las cosas que yo haría si fuera yo, no las puedo contar… “Si yo fuera yo” parece representar nuestro mayor peligro al vivir, parece la entrada nueva a lo desconocido…
La pregunta de Clarice no es sólo un juego de introspección: es una invitación a reimaginarnos. Por eso pienso en la democracia y en todo lo que la asedia: el peligroso juego del poder; la búsqueda de una vida colectiva y consensual dentro de sistemas que nos empujan al éxito individual; un modelo económico que, con toda su cientificidad, sigue siendo una apuesta; la tensión entre la necesidad de consensos y decisiones tomadas por unos pocos; la representación política atravesada por intereses personales y por los gritos y expresiones que incitan a la confrontación y a la guerra. Ese asedio, sin embargo, puede ser el impulso para reimaginarla, para salvarla y que siga siendo. Como nos cuenta Ray Bradbury en su novela Fahrenheit 451, ante la persecución y la quema de libros, las personas, para salvarlos, los memorizaron convirtiéndose ellas mismas en obras literarias.
Si yo fuera yo, si nosotros fuéramos nosotros… si por un instante nos quitáramos las máscaras con las que intentamos responder a una sociedad que exige tanto desde la individualidad, tal vez aparecería lo común, lo público que es de todos y es lo que sostiene la idea misma de la democracia_._ Como lo propone Cornelius Castoriadis: la imaginación no es un adorno, es una fuerza instituyente que crea lo real y abre la posibilidad de otros modos de estar juntos.
Referencias
Agualusa, J. E. (2013). Catálogo de sombras. Tragaluz Editores.
Agualusa, J. E. (2015). Teoría general del olvido. Edhasa.
Bachelard, G. (1976). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.
Bradbury, R. (1953). Fahrenheit 451. Simon & Schuster.
Castoriadis, C. (1993). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets.
Lispector, C. (1984). Si yo fuera yo. En A descoberta do mundo / Revelación de un mundo.
-https://es.scribd.com/document/835399961/Si-yo-fuera-yo
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