
María Corina: la encrucijada de la Premio Nobel de la Paz
Maria Corina Machado durante un acto público en Venezuela
El Premio Nobel de la Paz ha elevado la figura de María Corina Machado a una escala global, pero también la ha colocado en una encrucijada política y moral. Mientras Donald Trump, a quien dedicó el galardón, despliega una ofensiva militar frente a las costas de Venezuela, la líder opositora debe decidir si encarna el mandato pacifista que el Nobel representa o si se alinea con una estrategia que amenaza con escalar militarmente el conflicto.
Por: Rafael Croda
La pregunta está en el aire: ¿qué va a hacer la ganadora del Premio Nobel de la Paz María Corina Machado cuando su principal aliado en el mundo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a quien le dedicó el reconocimiento, decida bombardear objetivos del Cártel de los Soles en Venezuela y asesinar a supuestos narcotraficantes involucrados con ese grupo criminal?
Y la pregunta es válida porque Trump ya anunció que evalúa una “segunda fase” del operativo militar que desarrolla en el Caribe, frente a costas venezolanas, con ocho buques de combate, 8.000 marines, dos submarinos nucleares, aviones caza y drones de reconocimiento y de ataque que, hasta ayer sábado, habían producido 21 muertos y dejado seis lanchas destruidas, las cuales, supuestamente, transportaban drogas.
Muchas voces dentro de Estados Unidos, entre ellas las de varios legisladores demócratas, consideran que esos ataques violan el derecho internacional y, por tanto, son ilegales. María Corina, como se conoce a la principal opositora del régimen chavista venezolano, no se ha referido a los ataques de Trump en el Caribe. Se ha limitado a decir que la liberación de Venezuela “está cerca”.

El comité noruego del Premio Nobel de la Paz la consideró merecedora de ese reconocimiento “por su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo de Venezuela y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”.
Las evidencias de que el chavista Nicolás Maduro cometió un fraude electoral en los comicios presidenciales del 28 de julio de 2024 son abrumadoras.
Y es un hecho que Maduro sigue ahí porque reprimió con violencia las protestas que siguieron a esos comicios -las cuales dejaron 24 manifestantes muertos- y porque encarceló u orilló al exilio a miles de dirigentes opositores, activistas de derechos humanos, periodistas, académicos y militares sospechosos de no ser lo suficientemente leales al régimen autocrático.
Pero Trump nunca ha dicho que su interés sea restaurar la democracia en Venezuela. Él ha señalado a Maduro como un “presidente ilegítimo” y como el jefe del Cártel de los Soles. Y el objetivo del despliegue militar en el Caribe, frente a las costas de Venezuela, es “acabar” con esa organización criminal, lo que implica, al menos, deponer al chavista.
La prioridad de María Corina es poner fin a un régimen autoritario, y la del mandatario estadounidense es presentarse ante el electorado de su país como un hombre inflexible frente a los cárteles que trafican sustancias que provocan decenas de miles de muertes por sobredosis en ese país cada año. Los dos coinciden en que sus objetivos pasan por sacar a Maduro del poder.
Sin embargo, María Corina quedó frente a un gran dilema desde el viernes 10 de octubre, cuando fue reconocida con el Nobel de la Paz.
Ella deberá decidir si actuar como nobel de la paz y luchar por “una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia” –según resaltó el Comité Noruego que le otorgó ese reconocimiento–, o actuar como aliada de Trump, un presidente al que le tiene sin cuidado el uso de la fuerza y la violación del derecho internacional.
Y como dice a CAMBIO la presidenta de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés), Carolina Jiménez, el Premio Nobel para María Corina es, esencialmente, “un recordatorio de que la paz es el camino” para solucionar la crisis venezolana.
En ese sentido, afirma la académica y activista de derechos humanos, los actores políticos de esa crisis “no se pueden salir” de esa suerte de mandato con el que resulta incompatible el uso de la fuerza como vía para propiciar un retorno a la democracia.
Maria Corina, asegura, representa la lucha pacífica -y es importante recalcar “pacífica”- contra el poder autoritario, y “esa es la fotografía que el Comité Noruego intenta mostrar al mundo”.
En todo caso, el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana Manuel Camilo González recuerda que en el pasado María Corina se ha mostrado favorable a una intervención militar de Estados Unidos en Venezuela para sacar a Maduro del poder, lo que le ha generado cuestionamientos de sectores de la oposición más proclives al diálogo.
Dice que, por eso, va a ser esencial ver cómo maneja su discurso en su nueva condición de nobel.
“Veremos si se desmarca o se acerca más a estas posiciones favorables a la intervención de Estados Unidos en Venezuela”, señala el académico, y afirma que la postura que adopte la líder de la oposición venezolana es especialmente importante en momentos en que Trump desarrolla un operativo militar frente a costas venezolanas y amenaza con atacar objetivos en ese país.
Una nobel incómoda para muchos
Nadie duda de que el Premio Nobel de la Paz para María Corina es una bocanada de aire fresco para millones de venezolanos que votaron contra Nicolás Maduro en los comicios presidenciales de julio de 2024 y que vieron cómo el chavista no sólo cometió un monumental fraude electoral, sino que, además, en los meses siguientes logró “normalizar” ese hecho mediante la represión y el cierre de todos los espacios democráticos.
Pero, así como alegró a muchos, ese reconocimiento también le resulta muy incómodo a varios personajes con poder, empezando por Maduro, quien desde el viernes pasado no solo se enfrenta a una dirigente altamente popular en su país, sino a una nobel con reconocimiento internacional. La confrontación con ella es ya de otro nivel.
El profesor Manuel Camilo González afirma que los Premios Nobel de la Paz que se le otorgan a opositores de regímenes autoritarios dan “un blindaje y una protección internacional de facto”.
Pero ese premio no solo irrita al régimen chavista. También incomoda a Trump, quien a pesar de su complicidad con el genocidio en Gaza, su trato cruel a los migrantes y los bombardeos del Pentágono a lanchas y supuestos narcotraficantes en el Caribe –que han dejado al menos 21 muertos--, había exigido el Nobel de la Paz para sí mismo.

De hecho, la primera reacción de la Casa Blanca por el reconocimiento a María Corina reveló molestia. El director de comunicación, Steven Cheung, señaló que el Comité Noruego había tomado una decisión que puso “la política por encima de la paz” al otorgar el reconocimiento a la líder opositora venezolana y no al presidente Trump.
Tal vez para aplacar el enojo del republicano, María Corina dedicó el Nobel “al sufrido pueblo de Venezuela” y al presidente de Estados Unidos.
También los gobiernos de izquierda de América Latina y España reaccionaron con desgano u optaron por el silencio ante la noticia.
El presidente Gustavo Petro escribió el pasado viernes en X que ojalá el Nobel a María Corina “ayude a que su país consiga el diálogo para mantener la paz”. Y ayer sábado le recriminó haber pedido en 2018 al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, principal responsable político del genocidio palestino en Gaza, aplicar “su fuerza e influencia para avanzar en el desmontaje del régimen criminal venezolano”.
Por su lado, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien se proclama feminista, respondió el viernes con un lacónico “sin comentarios” cuando una reportera le preguntó sobre el premio a María Corina. Los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil, y el español, Pedro Sánchez, han guardado silencio.
Es cierto que María Corina, exdiputada, ingeniera, especialista en Finanzas y heredera de una gran fortuna, está en las antípodas de la izquierda iberoamericana. Es una dirigente política conservadora, que cree en el libre comercio, la economía de mercado y se ha expresado a favor de la privatización de la petrolera estatal PDVSA.
Entre sus aliados más estrechos figuran los ultraderechistas republicanos de la Florida, encabezados por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio; el mismo Trump; el mandatario libertario argentino, Javier Milei, y el partido neofranquista español Vox.
Su postura sobre al cerco militar que ha desplegado Trump frente a costas de Venezuela es ambigua y sus adversarios la presentan como una política que favorece una invasión militar estadounidense a su país.
Pero también es cierto que es la figura política con mayor respaldo en Venezuela y que su firme y sistemático activismo opositor la llevaron a ganarse el respeto de millones de venezolanos hartos del corrupto, autoritario e ineficiente régimen chavista.
En diciembre del 2023 fue elegida candidata unitaria de la oposición con 2,2 millones de votos, el 92 por ciento del total, una proeza para unas primarias que se realizaron en medio del acoso del chavismo, que hizo todo lo que pudo para boicotear esa consulta. Un mes después, el Tribunal Supremo, controlado por Maduro, la inhabilitó como candidata.
Ella terminó por apoyar la candidatura presidencial del exdiplomático Edmundo González Urrutia e hizo campaña a su lado. Miles de actas electorales recopiladas por la oposición y avaladas por el Centro Carter muestran que él fue el ganador de los comicios presidenciales del 28 de julio de 2024, con el 67,1 por ciento de los votos contra el 30,4 por ciento para Maduro.
Las protestas contra el fraude fueron reprimidas con violencia por el régimen. La iniciativa Derechos Humanos de Venezuela en Movimiento documentó que fueron asesinados 24 manifestantes en las protestas contra Maduro; más de 2.000 fueron detenidos de manera arbitraria y 36 más están desaparecidos.
El pasado 9 de enero, cuando María Corina fue detenida y sorpresivamente liberada horas después, ella pasó a la clandestinidad.
Una figura controvertida
La presidenta de WOLA, Carolina Jiménez, afirma que eran de esperarse los cuestionamientos sobre María Corina tras el anuncio del Nobel y las resistencias de la izquierda a celebrar el premio, porque ella no viene de una corriente progresista de la política.
“Ella siempre se ha presentado como una mujer libertaria, de derecha, y ha sido cercana a Marco Rubio y a otros políticos en Estados Unidos considerados radicales y que hoy en día tienen una agenda antiinmigrantes, pero, por otro lado, nadie puede dudar que ha pagado, como muchos otros opositores, un precio personal altísimo por esa lucha”, asegura.
María Corina, señala, es una mujer que no ha podido ver crecer a sus hijos, pues los tuvo que mandar al exilio desde muy pequeños, y el régimen la ha perseguido, la despojó de su diputación, la inhabilitó como candidata presidencial, casi todos sus colaboradores políticos están presos, y ella ha sido persistente y congruente en esa lucha.

“Y sí –agrega Jiménez- creo que deben tener unos cuantos rencores acumulados en todos estos años. Pero bueno, un liderazgo político que cree en la democracia no puede desviarse de las rutas democráticas para acceder al poder. Y este premio es un recordatorio de que todo camino de vuelta a la democracia debe ser un camino pacífico”.
El analista político venezolano y especialista en conflicto y negociación Benigno Alarcón señala que él ha visto crecer a María Corina como líder opositora a través de dos décadas, y que ha sido testigo de que en ese camino ha rectificado y ha persistido.
“Su mérito –indica- no es la infalibilidad, nadie la tiene, sino la voluntad de aprender bajo hostilidad, tejer alianzas, aceptar la prueba del escrutinio, resistir la tentación de responder con violencia a la represión del régimen y mantener la brújula moral cuando los incentivos la intentaban empujar hacia un despeñadero”.
Y para el defensor de derechos humanos Rafael Uzcátegui, venezolano que vive en el exilio, el premio a María Corina “reafirma que la búsqueda de la paz pasa por el respeto a las libertades democráticas, a los derechos humanos, la justicia y la dignidad de las personas”. Para él hay que tener en cuenta que la dirigente opositora ha enfrentado la violencia sistemática, la delincuencia organizada y la impunidad.
Indica que, por eso, el reconocimiento, “más que personal, es la columna vertebral de un esfuerzo de coordinación entre actores dispersos, líderes políticos y sociales, ciudadanía, Iglesia, academia, empresa, aliados democráticos, que necesitaban de una estrategia y una narrativa común para exigir elecciones auténticas, libertades garantizadas y una salida que minimice daños y maximice las expectativas de futuro”.
Pocos creen que María Corina pueda salir del país para recibir el Nobel de la Paz en Oslo, pero nadie duda –empezando por el régimen chavista— que ese reconocimiento altera el escenario del conflicto político venezolano.
Para el profesor Benigno Alarcón, el Premio Nobel de la Paz a María Corina no concluye el camino de la lucha contra un régimen autocrático, “pero lo ilumina”.
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