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Hungría
Crédito: Freepik.
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A prueba el laboratorio iliberal del mundo: Hungría

En Hungría, unos gritan “Mocskos Fidesz” -Fidesz sucio o asqueroso-, mientras otros izan banderas que rezan “Stop Tisza” -Para a Tisza-. Este domingo, el país centroeuropeo acude a las urnas para unas elecciones parlamentarias claves no sólo para definir su futuro, sino el de la ultraderecha mundial. Según los sondeos, la batalla está entre el opositor Tisza y el oficialista Fidesz. 

“Lo que ha sucedido en esta campaña electoral es uno de los peores ejemplos de interferencia extranjera que he visto” afirmó el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, quien esta semana visitó Budapest, la capital de Hungría. Esta visita pretendía ratificar el respaldo de la administración Trump al actual primer ministro Viktor Orbán. A sus 62 años, Orbán detenta el poder del conservador partido Fidesz y el mandato más longevo de la Unión Europea (UE): dieciséis años, tras un primer período entre 1998 y 2002.  

La realidad húngara se antoja compleja. Hungría es el tercer país con mayor índice de pobreza de la UE y, por cuarto año consecutivo, el más corrupto del bloque según Transparencia Internacional. A su vez, los servicios públicos domiciliarios han incrementado su precio hasta en un 4% y muchos perciben una suerte de colapso de los sistemas educativo y de salud. En el país se respira un clima de hastío.

Péter Magyar, el líder de Tisza, ha calificado la situación como un Estado Mafioso. Según el opositor, el círculo del primer ministro controla el poder político, la economía y los medios de comunicación. Lo cierto es que desde 2010, Fidesz ha reconstruido el Estado a su antojo: redactó y tramitó una nueva constitución en sólo seis días, lo que le permitió tomar el control de las cortes. También promovió una reforma electoral que da mayor peso a los sectores rurales donde ese partido tiene mayor ascendencia. A su vez, el MTVA (Fondo de Apoyo a los Servicios de Medios y Gestión de Activos) realiza un riguroso control a los medios de comunicación que están controlados en un 80% por el gobierno conforme al International Press Institute (IPI).

La posibilidad de cambio se vislumbra desde la histórica Marcha del Orgullo Gay del pasado junio. La más reciente fue multitudinaria a pesar de las amenazas del gobierno de procesar a sus líderes, incluso con drones de reconocimiento facial. Luego, en diciembre, se dio una protesta llena de antorchas y peluches por cuenta de un escándalo de maltrato a menores en centros administrados por el Gobierno, enorme paradoja para un líder que se presenta como protector de los niños y la familia. A ello se suma la filtración, el pasado 7 de abril, de una llamada telefónica en la que el primer ministro dice estar al servicio del ruso Vladimir Putin.

Así, la oposición se ha fortalecido y unido entorno al energético y carismático Magyar (cuyo apellido significa literalmente húngaro en su idioma) quien fuera de la entraña del régimen. Fue directivo de empresas estatales bajo el gobierno Orbán entre 2018 y 2022 y estuvo casado con una exministra de Justicia. Ella le acusó de violencia machista. En 2024, Magyar decidió retirarse de las filas del primer ministro y crear un partido de oposición con algunos matices ideológicos. Por ejemplo, en la entrevista que le concedió hace un año al medio Deutsche Welle (DW) no defiende expresamente la diversidad sexual, sino el derecho de asociación por parte de la comunidad LGTBI. 

El eco en la política mundial se expresa en la manifiesta tensión entre Estados Unidos y la UE respecto del tipo de gobierno en Hungría. A su vez, Orbán es uno de los representantes más relevantes de la ultraderecha a nivel mundial. Además del respaldo de Trump, ha recibido el de Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, el de Marine Le Pen, líder francesa del derechista Agrupación Nacional y el del presidente argentino Javier Milei. Es de recordar que en Hungría se ha celebrado, en un par de ocasiones, la llamada CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) con invitados de todo el mundo. De hecho, tras el asesinato de Charlie Kirk, cientos de simpatizantes conservadores se congregaron a un memorial frente a la Basílica de San Esteban. El propio Orbán ha hecho referencia expresa a la consolidación de una democracia iliberal con influencia a nivel mundial y cuya principal sede europea es Budapest. Un verdadero laboratorio político que siguen de cerca en Polonia, Francia, España e Italia donde se celebrarán elecciones el próximo año. 

Ayer, el diario El País de España le dedicó su editorial a estas elecciones porque consideró que el futuro de la Unión Europea se juega en Hungría. Así como el de las tendencias políticas nacional-populistas que se erigen con fuerza en el viejo continente. Algunos analistas califican lo de Orbán como un golpe autoritario moderno sin tanques, pero con sendas reformas legislativas y constitucionales (como las que se plantean en Estados Unidos) y el control mayoritario de los medios de comunicación (la compra de Warner Bros. por parte de Paramount, del yerno de Trump, es un buen ejemplo de contraste). 

Orbán, un líder que tras la caída de la ‘Cortina de Hierro’ en los noventa pretendía adoptar los estándares políticos y económicos de Occidente -mediante un partido que sólo admitía a menores de 35 años-, hoy ocupa una posición privilegiada en el espectro geopolítico global. Es cercano ideológica, política, económica y hasta personalmente a líderes como Trump, Putin, Netanyahu y Xi Jinping. Las deslumbrantes sedes del Bank of China en Budapest hablan por sí mismas. No dudó un segundo en retirarse del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional para no cumplir la orden de arresto internacional que pesaba contra su socio israelí. Su apoyo a Moscú desde las entrañas de la UE es palpable y los posters con la cara del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, como un rival del país son muy elocuentes. Su amistad con Trump es evidente.

Este domingo, las encuestadoras más fiables, como Median y AtlasIntel -que también opera en Colombia-, sugieren un vuelco histórico: Tisza obtendría una mayoría cualificada. Logrando entre 138 y 143 escaños, con lo cual, tendría dos tercios del imponente parlamento a orillas del Danubio. Por su parte, el gobernante Fidesz no superaría los 55 escaños. Solo las firmas cercanas al gobierno vaticinan una victoria oficialista o una elección cerrada. 

En las calles de las ciudades, el deseo de cambio es palpable. El viernes, en la histórica Plaza de los Héroes de Budapest, se dieron cita más de cien mil húngaros de todas las edades para celebrar el ‘Gran Concierto para el Desmantelamiento del Régimen’. Se trató de un acto cívico sin presencia formal de ningún partido político que rechazaba la continuidad del oficialismo en el Monasterio Carmelita.

Hungría se debate entre la polarización política y emocional: la ilusión por el Nóbel de Literatura de László Krasznahorkai y la tristeza de quedar por fuera del Mundial de Fútbol en el propio Puskás Aréna. El otro canto que predomina en las marchas opositoras es “Ruszkik haza”. Un himno que viene de 1989 cuando la gente quería que los soldados rusos de la Unión Soviética salieran del país tras la caída del Muro de Berlín. Probablemente Orbán lo cantó y ahora es el principal aliado de Rusia en Europa. No se habla de dictadura, pero el peso de la opresión y el control se sienten en el pilar de la ultraderecha europea. Aunque por el Danubio soplan vientos de cambio.

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