Ecopopulismo, un arma de doble filo
En política ambiental se corre el riesgo de que se tomen medidas que entusiasmen a la opinión pública pero que a la luz de la ciencia resulten contraproducentes o inocuas.
Por Germán Corzo (*)
El populismo ha venido ganando espacio en la política, particularmente en periodos electorales, como los que se surten actualmente en el país, en los que se exacerba y se constituye en argumento demagógico. Este no es partidista, ni ideológico, lo hay tanto en la derecha, como en la izquierda, y en tal contexto, conviene destacar las características que lo definen; la simplificación dicotómica (nosotros los buenos, ellos los malos), también el predominio de la emoción sobre la razón (nosotros los bien intencionados, moralmente superiores) y finalmente el anti-elitismo: “nosotros el pueblo”.
Pero el populismo no es nuevo, de ello hubo mucho en la revolución rusa, también en el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, ejemplos que ponen en evidencia que, aunque el populismo pone en riesgo a la democracia, las sociedades son resilientes, aprenden de las experiencias y consolidan sus sistemas de gobernanza social a pesar de los altos costos que este implica.
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