
Una verdadera celebración
“Si creemos en la justicia y en la democracia, si nos sentimos interpelados ante la desigualdad, regalemos a nuestras madres, a las mujeres que muchas veces han dado su vida a cambio de la nuestra, una verdadera posibilidad de descanso”.
Por Saia Vergara Jaime*
Estamos cansadas, exhaustas, agotadas. Y más aún después del confinamiento. Si somos sinceras, para las madres de hoy vivir cansadas, exhaustas y agotadas es algo cotidiano y generalizado. Levantarse, cada día, y cumplir con las doscientas mil tareas dentro y fuera del hogar es un acto de heroica sobrevivencia que nos ha convertido en máquinas de trabajo infinito, gratuito y precario.
Si preguntamos a las madres que qué quisiera en este día tan publicitado, con seguridad, la mayoría confesaría que desearía con todas sus fuerzas no sentirse cansada, exhausta, agotada… y, de paso, culpable. Las madres, a pesar intentar con todas nuestras fuerzas cumplir con el mandato de género, es decir, con las labores que la cultura patriarcal nos ha asignado solo por el hecho de ser mujeres, nunca lograremos llegar a todo, y menos, con la perfección que se nos exige. Aunque nos entreguemos en cuerpo y alma, no es ni será posible. Y no porque no seamos lo suficientemente buenas como, además, nos hace creer la culpa cristiana que nos taladra el inconsciente. Podemos ser excelentes, creativas, generosas y tener un sin fin de virtudes. Lo que sucede es que los trabajos que implican los cuidados, es decir, aquellos que realizamos para el sostenimiento de la vida de nuestra familia, incluidos los animales no humanos y las personas dependientes, son inacabables. El mantenimiento de la vida no da tregua, el polvo tampoco, ni la ropa sucia y arrugada, ni la preparación de la comida, las enfermedades, ni el infinito etcétera que nos empieza a perseguir en cuanto nos reproducimos. Los procesos y subprocesos que estas actividades nos demandan específicamente a las mujeres impiden que, luego de jornadas salvajes de 12, 15 o 18 horas de trabajo dentro y/o fuera de casa, nos sentemos a descansar copa de vino, cerveza o guarapo en mano, a ver nuestro programa favorito. Siempre hay y habrá algo que ocupe nuestro tiempo, incluso el que por salud mental deberíamos dedicar al ocio. Siempre hay y habrá algo que nos impida, así sea mentalmente, relajarnos de verdad y regalarnos ínfimos momentos de placer consciente, bien merecidos, por cierto. Pocas sensaciones tan angustiosas como la de intentar concentrarse en una serie, en la trama de la película y, a la vez, estar pensando en la mancha del uniforme que está en remojo, en que no se olvide nada de la lista del mercado para el desayuno-almuerzo-comida de la semana o en que hay que volver a llamar al plomero para que arregle el calentador que se dañó otra vez, mientras nuestras amadas criaturas nos interrumpen cuarenta mil veces y el perro nos clava las uñas con cariño para que lo saquemos a pasear por tercera vez en el día.
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