
La cultura de la cancelación: qué es el escrache y hasta dónde debería llegar
Varios hombres públicos han asegurado ser víctimas de la cultura de la cancelación, luego de que numerosas mujeres salieran a la luz a contar historias de sus abusos. Investigadoras, periodistas y abogadas explican por qué es válido el escrache y cuáles deberían ser sus alcances.
Por: María Fitzgerald
En una reciente entrevista con El Tiempo, el cineasta Ciro Guerra dijo que limpiar su nombre de las acusaciones de varias mujeres que lo denuncian por haberlas acosado sexualmente ha sido “como tratar de pelear con fantasmas”.
Se refería al reportaje en el que el portal Volcánicas reunió el testimonio de ocho mujeres que lo señalaron de haberlas violentado sexualmente. A partir de entonces –asegura Guerra– su vida ha tenido un vuelco irreparable. En la entrevista de El Tiempo, añadió que él es humano, que también puede cometer errores y que aún espera que las víctimas den la cara y muestren las pruebas claras de sus agresiones.
Algo similar han opinado otros hombres públicos denunciados en su momento por agresión sexual.
Al periodista y excandidato a la alcaldía de Bogotá Hollman Morris, su exesposa lo denunció por violencia intrafamiliar; cinco mujeres más lo han señalado de acoso sexual y una más lo denunció por agresión sexual. Este último caso cursó por la justicia penal pero fue archivado por la Fiscalía hace algunas semanas. La demandante, María Antonia García, presentó una nueva solicitud para reabrir el caso e insiste en la culpabilidad de Morris. La denuncia por violencia intrafamiliar también cursó por la justicia penal, pero fue retirada por la misma denunciante, Patricia Casas.
Morris ha asegurado que todos los testimonios que se han presentado en su contra han sido una “cacería de brujas” con la que han pretendido cerrarle los caminos en la vida pública.
Víctor de Currea Lugo, profesor de varias universidades y quien estuvo a punto de ser nombrado embajador en Emiratos Árabes –hasta cuando CAMBIO publicó cinco testimonios de mujeres jóvenes que lo señalaron de ser un agresor sexual–, se defendió diciendo desconocer y no recordar ninguna de las situaciones de las que era señalado. También manifestó públicamente que lo que esas mujeres querían era arruinarle su carrera.
Otro acusado de violencia sexual que ha insistido en que se borren las denuncias en su contra es el profesor Fabián Sanabria. De acuerdo con él, Mónica Godoy, una activista que se encargó de recolectar las denuncias y publicarlas en redes sociales y medios, no ha hecho más que difamarlo públicamente y crear una narrativa con la que “ha pretendido hacer daño”.
Sin embargo, la Corte Constitucional determinó que en su caso no se había cometido ningún tipo de difamación, y que, por lo contrario, todas las personas que han sido víctimas de violencia de género tenían derecho a hacer uso del escrache y la denuncia pública.
Todos estos hombres tienen en común asegurar ser víctimas de la cultura de la cancelación. Sus denunciantes dicen que, por el contrario, son hombres que tienen que responder por las consecuencias de sus actos.
Esta oleada de denuncias, que en los últimos años ha involucrado a varios hombres de la esfera pública, ha motivado discusiones respecto de los alcances del escrache como una nueva forma de justicia. Hay quienes lo consideran un exceso y una especie de justicia por propia mano. Para Olga Sánchez, directora de la Casa de la Mujer, es un ejercicio legítimo: “Es importante que comprendamos que el escrache es perfectamente válido ante un sistema judicial que no ha sido capaz de dar acogida ni seguimiento a los casos de violencias basadas en género en ningún lugar del mundo”.
## ¿Qué es el escrache?
El escrache, en términos simples, es un ejercicio de denuncia pública que puede hacerse desde las redes sociales o desde los medios de comunicación. Este ejercicio pretende dar voz a las víctimas de violencias basadas en género, o a víctimas que han sido violentadas por alguna figura, generalmente pública.
Con el nacimiento del movimiento Me Too –que se inició en Estados Unidos y fue liderado por actrices y mujeres pertenecientes a la industria del entretenimiento–, esta herramienta ha sido cada vez más utilizada por cientos de mujeres que no consiguieron otra vía para que sus casos fueran escuchados.
El productor de cine Harvey Weinstein fue en uno de los primeros hombres sometidos a escrache público y a un proceso judicial que ya lo tiene con dos condenas y un total de 39 años de cárcel.
“El escrache ha surgido como un ejercicio de justicia paralela que en ningún momento pretende reemplazar a la justicia usual. Es una respuesta ante la clara ineficiencia de la justicia ordinaria, que no ha sabido atender a las víctimas de violencia de género”, dice Ana Bejarano, abogada litigante y especialista en temas de género y libertad de expresión. Para ella, es perfectamente válido hacer uso de esta herramienta para poder dar algo de justicia y reparación a las víctimas que, muy pocas veces, las pueden recibir. Por eso, señala, la Corte Constitucional decidió proteger y amparar el ejercicio del escrache sin consecuencias para quienes denuncian.
Camila Correa, profesora de la Universidad del Rosario y abogada especialista en género, dice que, sin embargo, los agresores han aprendido a regresar el ataque a su manera: alegando la difamación.
Correa dice que las mujeres que denuncian suelen, a su vez, ser denunciadas por el delito de calumnia. “Ese delito consiste en imputarle falsamente una conducta delictiva a otra persona. También, en ocasiones, quienes hacen uso del escrache en redes sociales para denunciar violencias en su contra resultan entuteladas por las personas en contra de las que hacen la denuncia en redes”. De allí a que el escrache se haya convertido en un arma de doble filo.
Esto lo entiende muy bien Catalina Ruiz Navarro, periodista investigadora de Volcánicas y una de las autoras de la investigación sobre Ciro Guerra. Ella sabe que hacer una denuncia como esta implica, sí o sí, un camino difícil para las víctimas. También para quienes decidan acompañarlas: “No hay manera fácil de enfrentar este tipo de situaciones en las que la víctima queda expuesta no sólo en su intimidad, sino además queda con una marca permanente que la termina excluyendo de sus círculos sociales, laborales e incluso personales. Por eso, al final, deberíamos repensar quién es el que queda realmente sometido a la cultura de la cancelación en estos procesos”.
Ejemplo de ello, también, es el proceso que Ruiz y Matilde de los Milagros, editora de Volcánicas, han tenido que enfrentar tras la publicación del reportaje: la demanda que Ciro Guerra interpuso en su contra y que en este momento las enfrenta a una indemnización que supera el millón y medio de dólares. El veredicto no ha llegado, pese a que ya varios tribunales se han manifestado en contra de Guerra.
## ¿Cuánto debe durar la condena de la cancelación?
Ruiz asegura que el escrache no es un ejercicio de venganza; tampoco, de condena perpetua. Lo que se busca –según ella– es un ejercicio en el que se cree una justicia alternativa para las víctimas que no tienen –o puede que no deseen– un camino por la justicia ordinaria, que de antemano saben que les fallará.
“También es una alternativa lógica en muchos casos”, señala Olga Sánchez. Para ella, la aparición del escrache permite dar respuesta a la violencia desbordada. Sólo el año pasado se registraron más de 47.000 víctimas de violencia de género en Colombia, de acuerdo con Medicina Legal: “Si le diéramos cárcel a todos estos agresores tendríamos que llenar estadios y estadios para albergarlos. No tendría sentido”.
Además, complementa, en el acompañamiento a casos que han hecho desde la Casa de la Mujer, las víctimas suelen repetir una cosa: no desean acudir a una justicia punitiva, sólo desean que sus agresores reconozcan lo que hicieron y se disculpen públicamente: “Pero no es así. Pocas veces, o más bien ninguna, hemos tenido casos de hombres que salgan a reconocer públicamente sus errores y prometan no repetirlos”, asegura Sánchez.
Justamente, Sánchez considera que este ejercicio debería terminar en que los agresores comprendan que asumir sus errores puede llevarlos a repensar su relación con otros hombres: “Nosotras no necesitamos hombres condenados eternamente. Tampoco los necesitamos sometidos a no poder hablar. Justamente les estamos pidiendo todo lo contrario: que hablen y se conviertan en activos traidores del patriarcado”.
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