
¿Cómo nos convertimos en un país de “doctores”?
A fines del siglo XIX, Rufino José Cuervo ya criticaba la costumbre de llamar doctor a cualquiera. Su crítica no fue escuchada. Durante el siglo XX la palabra se esparció en la cultura colombiana por razones más culturales que lingüísticas. ¿Cómo fue que un país de analfabetas se volvió uno de “doctores”?
Por: German Izquierdo
“—¡Sí! —respondió el emparaguado—. Yo soy el doctor y este que les hablaba es un simple escribiente”.
José Eustasio Rivera
La Vorágine
Arriba, donde anidan las palomas, las campanas de 32 iglesias marcan el tiempo de los 80 mil habitantes que habitan Bogotá. Abajo, sobre las calles de piedra, el mismo viento que trae el repicar de las campanas esparce un hedor a orina y estiércol. Huele mal en las viviendas de los ricos junto a la Catedral y mucho peor en los ranchos de Las Cruces y en los inquilinatos -conocidos como Tiendas-, donde los más pobres se amontonan, mugrientos y a oscuras, junto a perros, cerdos y gallinas. En algunas casas la riqueza y la miseria se encuentran: los ricos viven lujosamente en el segundo piso y los pobres miserablemente en el primero, siguiendo el estricto orden de la jerarquía. A finales del siglo XIX, Bogotá es una capital pequeña con enormes distancias sociales. Una aldea lejana con ínfulas de Atenas donde abundan las librerías y los analfabetas, donde hacen falta médicos pero ya sobran los “doctores”.
¿De dónde viene esa costumbre colombiana de llamar doctor a cualquiera que esté por encima de la jerarquía en una oficina, use traje de corbata o tenga un diploma en cualquier profesión? Una de las primeras críticas conocidas al uso del término es de un ilustre habitante de aquella luctuosa Bogotá del siglo XIX, el filólogo Rufino José Cuervo, que en la primera edición de sus ‘Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano’, de 1867, se quejaba del mal uso que se le daba al término en la capital: “En los últimos años —dice Cuervo— se ha conferido el título de doctor a individuos que de la escuela de primeras letras han pasado per saltum (por salto) a habérselas con don Juan Sala y los códigos de Cundinamarca”.
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