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Género

Maniquíes: el problema detrás del discurso sobre la crisis de fecundidad

La médica y feminista colombiana Ana Cristina González Vélez reflexiona acerca del cubrimiento de los medios frente al descenso de fecundidad en el país.

Por: Ana Cristina González Vélez

Con titulares apocalípticos, relatos catastróficos y representaciones de mujeres reducidas al rol reproductivo, distintas columnas han sido publicadas en los principales medios del país en los últimos días para hablarnos de la crisis de la fecundidad en Colombia (La Silla Vacía, Razón Pública, El País, Cambio). Quienes escriben son hombres que apelan al miedo.

Dejo de lado, -para otro espacio con más espacio- los más de 23 ejes en torno a los cuales hay argumentos valiosos, y me ofrezco a abordarlos en detalle cuando sea posible o necesario. Así que no voy a hablar del papel de los hombres en la reproducción, ni de la compulsiva necesidad de obligar a las mujeres a actuar en contra de sus propios proyectos y a contrariar su voluntad cada vez que se trata de decidir sobre el cuerpo, ni voy a referirme a las prácticas de exterminio de la humanidad que resultan de las guerras o de las políticas anti-migración. Ni voy a ahondar en los argumentos sobre la falta de condiciones materiales para optar por la maternidad (como la pobreza, la falta de empleo o de ingresos propios o de vivienda digna), ni sobre las cargas de cuidado que deben soportar las mujeres porque de manera dominante los hombres están ausentes o poco presentes en la crianza y el cuidado. Ni del miedo al futuro por el cambio climático, o la incapacidad de reproducirse por problemas de fecundidad y falta de atención de estos, o la desigualdad o a la violencia en la que viven sumidas tantas mujeres que temen reproducirse. Y tampoco voy a decir que muchas no quieren hijos porque pudieron decidir no tenerlos, ni voy a debatir el absurdo de algunos que argumentan que no hay hijos porque hay abortos cuando en realidad son las prohibiciones al aborto las que pueden llevar a una reducción en las tasas de fecundidad pues algunas mujeres se replantean la intención de tener hijos cuando entran en vigor estas prohibiciones que aumentan las cifras de esterilización permanente entre mujeres jóvenes (Presser et al., 2025; Suozzo et al., 2025, Strasser et al., 2025).

El descenso de la fecundidad es un fenómeno que hay que entender históricamente. En Colombia la transición demográfica se puede observar desde finales de los años 70´s (aunque comienza a partir de 1965) y fue el resultado de un conjunto de cambios que incluyen desde la ampliación en el acceso a métodos anticonceptivos modernos hasta el acceso de las mujeres al mercado laboral. Y no es un fenómeno aislado. En otros países del mundo se viven situaciones similares y las tasas de fecundidad disminuyen a nivel global y en nuestra región países como Chile, Costa Rica, Cuba y Uruguay tienen una tasa de fecundidad igual o inferior a 1.3.

En este escenario creo necesario abordar tres elementos para una conversación seria y respetuosa en esta materia. Primero, evitar la ansiedad demográfica -el miedo al tamaño de la población- que hemos visto surgir en distintos momentos de la historia tanto cuando las mujeres se reproducen mucho como cuando se reproducen poco. Y evitar tanto las políticas antinatalistas como el control demográfico que se formulan siempre que dominan los mensajes apocalípticos, imprecisos o desinformados que alimentan el miedo. Según el Informe sobre el Estado de la Población Mundial 2025 (UNFPA) la ansiedad demográfica busca menoscabar la autonomía reproductiva como se ha visto en algunos países de Europa y de América Latina. Segundo, comprender la diversidad demográfica que no es otra cosa que el efecto calendario de distintos grupos demográficos o en otras palabras los efectos que generan las decisiones sobre el momento de tener o no hijos. Porque incluso la fecundidad a nivel de reemplazo depende de múltiples factores que incluyen la mortalidad, la migración, la proporción de los sexos en recién nacidos, entre otras. Y comprender -por ejemplo- que esa diversidad supone que, si bien en Colombia todos los departamentos del país han ido homogeneizando los patrones de fecundidad, las zonas rurales siguen registrando las tasas de fecundidad más altas del país al igual que sucede con las mujeres que tiene menor nivel educativo o quienes se auto-reconocen como parte de un grupo étnico o racial, lo que señala la persistencia de profundas desigualdades.

Tercero, es necesario preservar el deseo de fecundidad de cada persona, y proteger la autonomía reproductiva. Esto implica que se habilite un espacio para que cada quien decida sí o no tener hijos/as y al mismo tiempo, un ambiente adecuado en el que las personas y las parejas estén en condiciones de tomar decisiones “sin restricciones de índole jurídica, política, económica o normativa”. Como se expresa en el Informe de población antes mencionado, el éxito o el fracaso de las políticas no se mide según si la fecundidad baja o sube porque de hecho “la suposición de que alcanzar la cifra de 2,1 nacimientos por mujer se traducirá en la estabilización de la población —que ya de por sí es un objetivo cuestionable— parte del supuesto de que no hay otros factores que afectan este resultado, ignora la migración, o supone que “la mortalidad infantil es baja y que existe una proporción natural entre los sexos al nacer”. Y no hay que olvidar como señala este informe, que “en muchas ocasiones, las trabas a las que se enfrenta una persona que quiere evitar quedarse embarazada son un reflejo de las trabas que surgen al querer empezar una familia: la precariedad económica, la discriminación de género, las parejas y comunidades que no respaldan la voluntad de la persona, la atención deficiente a la salud sexual y reproductiva, el pesimismo respecto al futuro” (UNFPA, 2025).

Estamos pues en un escenario de oportunidades que obliga a afrontar lo que las expertas y expertos denominan la resiliencia demográfica. Para que en lugar de construir un relato de crisis y amenaza a la seguridad -generando respuestas de política pública que conducen a agendas nacionalistas y retrocesos de los derechos reproductivos de las mujeres- (Armitage, 2021), se construyan políticas que permitan actuar con libertad y contar con las condiciones y recursos para llevar adelante las decisiones reproductivas sin discriminación ni violencia. Además, la reducción de la fecundidad en muchos contextos es el resultado de la reducción de las tasas de natalidad de las adolescentes y las jóvenes, un objetivo loable. En este sentido, es imprescindible evitar los incentivos materiales o económicos o incluso morales y sociales, tanto para limitar el número de hijos como para incrementarlo porque suelen impactar a quienes son más vulnerables. Y más bien, aprovechar la situación actual de la fecundidad para mejorar la calidad de la educación y mejorar la calidad y el acceso al empleo formal y la protección social y redistribuir los presupuestos para sostener los sistemas pensionales.

Achicarnos puede ser bueno: menos mano de obra, menos recursos, menos consumo, más distribución y menos desigualdad. No hay que ser reticentes a los cambios sino comprenderlos y entender las oportunidades que plantean y las realidades de las que hablan. Que son como siempre, complejas y no lineales.

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