
Gustavo León Yepes: de vivir treinta años en la calle a graduarse como abogado de la Universidad de Antioquia
Gustavo Yepes fue adicto al bazuco y vivió durante tres décadas en las calles. Tras superar un cáncer de hígado y ser diagnosticado con cirrosis, dejó la droga y la calle y se inscribió en la Universidad de Antioquia. A los 71 años está estrenando trabajo en la Defensoría del Pueblo. CAMBIO le cuenta su historia.
Gustavo León Yepes sabe lo que es vivr en el infierno. Su papá, desequilibrado y alcohólico, eran tan violento que en un arrebato de colera mató a tiros a un perro que amaba. Su relación con su madre y sus hermanos no era menos tormentosa. Su adolescencia también estuvo atravesada por el abuso sexual del que fue víctima. Día a día, un séquito de curas de la parroquia abusaban de él y de otros jóvenes del barrio. Asfixiado por la vida, encontró una puerta en el bazuco. Durante treinta años vivió en la calle, obnubilado por la droga y resignado a la deshumanización, la brutal represión policial y los intentos por envenenarlo de los ciudadanos “de bien” que quieren las calles limpias. Y vino un cáncer de hígado. Y la cirrosis.
La vida de Gustavo Yepes encaja preciso en el arquetipo que tenemos de la resiliencia: a los 64 años se rehabilitó y, apoyado en el amor por la lectura, su memoria prodigiosa y una disciplina a prueba de las más feroces tempestades, pasó de la calle a las aulas de clase y se graduó como abogado de la Universidad de Antioquia. Para celebrar que a los 71 años está estrenando trabajo en la Defensoría del Pueblo, y para corroborar una vez más el viejo adagio que reza que la realidad es más audaz que la ficción, CAMBIO conversó con él.

CAMBIO: ¿Qué nos quiere contar de su infancia?
Gustavo Yepes: Mi infancia fue muy tormentosa, hermano. Tuve un padre alcohólico, medio loco, muy violento y muy agresivo. Hasta los 16 años casi que no pudimos vivir en paz. Las propiedades que él tenía las vendió y nos dejó en la calle. Cuando se enloquecía prendía la casa y envenenaba la comida… todo muy complejo, muy complicado. Y por el lado de mi mamá, desde muy pequeño nunca nos la llevamos ni nos entendimos, muchos resentimiento, mucha rabia. Con mis hermanos menos…
A mi papá en el barrio le decían ‘Mario Pistolas’ porque salía de beber en las tiendas con dos perros y un revolver y entonces todo el mundo se tenía que perder (risas).
CAMBIO: ¿En qué barrio de Medellín pasó su infancia?
Gustavo Yepes: En el barrio Boston, justo al lado de la Iglesia de Nuestra Señora del Sufragio. Vea que yo por varios años fui acólito, primero del seminario, hasta los 12 años, y después en la parroquia hasta los 15. Y acá me gustaría que dijera muy sutilmente que esos curas eran muy homosexuales, hermano, y que abusaban y se aprovechaban de los pelados que vivíamos con ellos.
CAMBIO: ¿Sexualmente? ¿No le gustaría que dijéramos con claridad el nombre de la institución en que lo abusaron?
Gustavo Yepes: Pues sí. En la parroquia de Nuestra Señora del Sufragio. Allá tienen que estar los archivos de los curas que estaban en esa época. Aunque ya deben estar todos muertos.
CAMBIO: ¿Y entonces donde estudió, de dónde se graduó como bachiller?
Gustavo Yepes: Yo empecé a estudiar en el INEM José Félix de Restrepo, pero por revoltoso me echaron. Lo que pasa es que como en esa época el colegio estaba sin terminar y no llegaban los equipos, las dotaciones mínimas, hicimos un paro; y entonces nos echaron. Terminé graduándome a los 23 años del Lucrecio Jaramillo Vélez, el colegio anexo a la Universidad de Antioquia.
CAMBIO: ¿Cómo ha sido su relación con las drogas, cuándo empezó a consumir en forma?
Gustavo Yepes: Yo comencé a consumir entre en el 76 y el 78 cuando entré por primera vez a estudiar derecho en la Universidad de Antioquia. Misael Pastrana Borrero era el presidente y esa era la época de la revolución estudiantil, que entonces tenía como líder a Amilcar Acosta; que luego, como todos los de izquierda en este país –por esos días conocí también a José Obdulio Gaviria– terminó en la extrema derecha.
Como era una época de mucho agite estudiantil –quemaban carros, me tocó el famoso incidente de una monja que fue incinerada por una bomba molotov, mataron a un muchacho de apellido Barrientos– me aburrí y me retiré. Sin universidad, empecé a meterme con gente del barrio y a fumar marihuana. Como la situación con mi familia era cada vez peor, y mi papá nos había dejado sin nada, empecé a quedarme en la calle, de la marihuana pasé al bazuco y así, hasta que caí por completo. Amanecía por la quebrada Santa Helena, en los recovecos del barrio Boston, en el centro de la ciudad y en La Corraleja, un lugar espantoso.
CAMBIO: Después de 30 años de adicción, ¿qué piensa ahora que lo llevó a entregarse al bazuco?
Gustavo Yepes: Hermano, vea, yo creo que hay dos factores. El primero es una carencia afectiva familiar muy dura y una crianza totalmente atravesada por el miedo. Todo era miedo. Y el segundo es que los abusos de los curas… eso me dejó lleno de vacíos y me dejó muy desorientado y con mucha bronca. Y, además, cuando tuve la necesidad de estudiar el medio académico que encontré estaba también lleno de agresividad y violencia. Lo otro es que nunca tuve a alguien que me orientara, que me ayudara, soledad y miedo.

CAMBIO: ¿Qué se le viene a la cabeza si le pregunto por los treinta años que vivió en la calle?
Gustavo Yepes: Hermano, yo lloré mucho estando en la calle. Mucha humillación, mucha paloterapia de parte de los policías: muy torcidos eso lo cargaban a uno, inventaban cosas, a un compañero lo llenaron de gasolina y lo prendieron, nos orinaban encima, en la cara… En la calle se ve lo peor de Medellín, toda esa gente rica de los mejores barrios que sale en sus camionetas a buscar pelados para darles vicio y después violarlos. Es increíble el trato que uno puede recibir, la gente puede llegar a ser muy cruel.
CAMBIO: ¿Y cómo fue que un día decide dejar el bazuco y volver a la Universidad de Antioquia para graduarse, ahora sí, de abogado?
Gustavo Yepes: Yo volví a la universidad porque por la droga me dio hepatitis y cirrosis y terminé internado por un mes y medio en el Hospital General de Medellín. Ahí conocí a un abogado que me dijo:“ “Hombre, Gustavo, ¿por qué no mandás una carta a la universidad contándoles tu historia a ver si te comen el cuento y te reciben otra vez?
La carta me la ayudó a escribir un amigo que fui decano en la Universidad de UNIMINUTO. A pesar de las circunstancias yo nunca abandoné del todo los círculos académicos. Antes ya había intentado resocializarme y participé de varios programas del distrito, pero la verdad es que nunca había dejado de consumir…
CAMBIO: Después de tantos años de darse en la cabeza, ¿no le costaron mucho las lecturas, los trabajos, los exámenes?
Gustavo Yepes: Hermano, vea: en la universidad yo siempre fui disciplinado. Siempre madrugaba, nunca faltaba, los trabajos los hacía inmediatamente los asignaban. Tenía promedios de 4 con 8, 4 con 9. Con decirle que los profesores me ponían de ejemplo y decían: “¿No les da pena a ustedes ver a este señor, con la edad y la capacidad que tiene”, para comparar sus trabajos con los míos. Y es que a lo largo de mi vida yo nunca dejé de leer. Pasé muchas tardes enteras en las bibliotecas. Nunca dejé de ser inquieto.
Pero claro que fue muy duro. Hubo un año en el que, como no tenía cómo pagar una habitación, me tocó meterme en una casa para ancianos a cargo de las Hermanitas de los Pobres. Un año me tocó estar allá y entonces claro, la carrera peligró. Hasta que después del año fueron las propias hermanas las que me dijeron, porque confiaban mucho en mí y en mis capacidades: “No Gustavo, vaya pues y termine su carrera”.
CAMBIO: Como abogado, ¿cuál es la rama en la que mejor le va y que mejor domina?
G.L.Y.: El derecho civil. Soy muy bueno para hacer tutelas, derechos de petición, ya he hecho demandas ejecutivas, laborales, de vez en cuando hago demandas en el tránsito. De Familiar y Administrativo también sé.
CAMBIO: ¿Qué sintió cuando tuvo el cartón de abogado entre las manos?
G.L.Y.: Lloré mucho, hermano… Cuando bajé a recoger el cartón yo no lo creía… eso quedó en unos videos y se ve que yo no lo podía creer. Lloré, lloré mucho.
CAMBIO: ¿Con quién celebró?
G.L.Y.: Ese día no tuve cómo atender a toda la gente, hermano. Todo el mundo quería invitarme a almorzar. Terminé celebrando con un sobrino y toda esa semana almorzando con los compañeros.
CAMBIO: ¿Cómo ha sido a volver a encontrase con sus compañeros de andanzas en la calle y en el barrio después de graduado?
G.L.Y.: Vea que desde siempre yo seguí en contacto con los compañeros de la primera vez que entré a la universidad. Y al 99, 9 por ciento de ellos los tumbé (risas). La vida es muy curiosa. Hubo un compañero con el que alcancé a vivir en esa época, de jóvenes, que me apoyó mucho. Después él alcanzó a ser procurador y cuando me veía en la calle me sacaba el cuerpo. Hasta que en el primer semestre de regresar me lo encontré de nuevo, él cómo profesor y yo como estudiante. “¿Qué hacés acá, Gustavo”, me dijo. “Vine a terminar la universidad”, le respondí.
CAMBIO: ¿Cuándo entró a trabajar en la Defensoría del Pueblo y cuál es su rol?
G.L.Y.: Por ahora estoy en eso que llaman inducción, voy 8 días de contratado, viendo bien cómo es la cosa (risas).
CAMBIO: ¿Está bien de salud, Gustavo?
G.L.Y: Yo me siento con una energía la hijueputa, hermano. Todos me ven y dicen “este cucho cómo hace”. Cada 15 días me voy para el monte y me camino unas faldas las verracas. Todo lo hago a pie. La verdad es que yo me admiró, hermano.
Lea los comentarios













