El candidato Abelardo de la Espriella ha construido su campaña sobre una idea que pretende sonar nueva, limpia y moralmente superior: los nunca. Los que nunca han vivido del Estado. Los que nunca han hecho politiquería. Los que nunca se han mezclado con los de siempre. Los que nunca se arrodillan. Los que nunca cambian de principios. Los que nunca le deben nada a nadie. El problema es que, en su caso, cada nunca parece venir con una excepción, un archivo, un contrato, un cliente, un socio, una foto o un esclarecimiento posterior.
Me explico. La candidatura de De la Espriella no se sostiene por la coherencia de sus ideas, sino por lo colorido de su personaje. El tigre, la cachucha, el saludo impostado, el chaleco antibalas, la voz de sentencia, la pose de fiscal de la patria y el libreto de salvación forman parte de una construcción estética, más que de una arquitectura política. No es un proyecto, es una actuación. Y como toda puesta en escena, funciona mientras el público no mire detrás del telón.
Por eso empecemos corriendo la cortina. El primer telón es el de la pobreza. De la Espriella ha llegado a presentarse como el candidato de los más necesitados, o al menos como el hombre que dice representar al ciudadano de a pie. Pero su historia, su lenguaje, sus símbolos, sus obsesiones y su propio relato de vida no parecen venir de una cercanía real con los menos favorecidos, sino de una relación más utilitaria con ellos. Para él, los necesitados no parecen ser una causa sino una escenografía: plaza, coro, multitud y contraste, para que el abogado multimillonario pueda posar como vocero de quienes nunca han sido invitados a sus salones.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios

















