Los objetos de Pablo Escobar
Una mirada a lo que atesoró Pablo Escobar (desde ejemplares de la megafauna africana hasta pinturas de Salvador Dalí) dan a entender los alcances de personajes como él y dimensionar hasta dónde llegaron sus delirios de grandeza.
Por Fernando Salamanca
A principios de 2018 la revista Semana reveló de pronto uno de los secretos mejor guardados de Colombia. Cuando había dejado atrás el contrabando y se enfocaba en estandarizar el tráfico del polvo blanco hacia el suelo americano, Pablo Escobar firmó su primer testamento. Con los ojos puestos en el corazón del mercado global, que al final es uno solo, el capo antioqueño consideró conveniente y necesario dejar en papel sellado su última voluntad.
Un trozo de su memoria: 35 óleos y dibujos; ocho esculturas, y siete antigüedades.
La profesora de Yale Nöel Valis plantea que un mundo sin objetos es al final un mundo sin humanos. También Pablo fue un coleccionista de objetos. Podemos citar al menos cuatro ejemplos de dicha vocación:
1. Las balas y las armar de fuego.
2. Los animales exóticos.
3. Los cuadros figurativos.
La introducción de la novedad coleccionista en la vida del capo antioqueño comenzó con la áspera incredulidad de comerciante, cuando Mauren José Ramírez le vendió algunos jarrones de la dinastía Chen-Tsung por unos 1.000 millones de pesos de inicios de los ochenta. El capo antioqueño pidió a un curador de confianza un certificado de autenticidad, quien se negó afirmando que los dichosos jarrones eran réplicas fabricadas en Ráquira, Boyacá. Pocas semanas después, Ramírez apareció baleado en una calle de Medellín. Cuando el que pereció baleado fue el mismo Escobar, mucho se habló de sus Picassos, Dalís y Boteros.
Al igual que la enumeración de sus muertos "coleccionados", cualquier intento de clarificación histórica sobre el testamento de Escobar tropezaría con las mayores dificultades, y ello debido al contradictorio y raro registro histórico que caracteriza su figura.
Todos los equívocos eran posibles, incluido en los pintores jóvenes y maduros de los ochenta y noventa, que ajustaron su paleta al gusto de los mafiosos: mujeres desnudas, caballos, billares y billaristas. Cuanto más figurativo, más atractivos eran. Santiago Rueda, que ha investigado más que ningún otro la relación del arte con las sustancias ilícitas, dice que somos un país que se sigue intoxicando con la plata y el plomo del narcotráfico. Pero él, a diferencia de muchos que han escrito sobre los mafiosos, entiende que los vestigios de su vocación coleccionistas está en sus espacios domésticos, donde se movían a sus anchas. En el caso de Escobar, me refiero a escenarios e intereses diferentes de los de su esposa, inclinada por la decoración y las obras plásticas, configurando un arquetipo ineludible: esposo emprendedor y esposa hogareña o coleccionista de arte.
¿Qué coleccionó? ¿Dónde estaban sus intereses? ¿Cuál es el paradero de sus “caprichos”? ¿Cómo leerlos con los anteojos del nuevo milenio?
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