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Cultura

Mercedes Barcha, el adiós al Cocodrilo sagrado

Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez en Valledupar, durante un Festival de la Leyenda Vallenata.

Este viernes 25 de marzo, a las cinco de la tarde, las cenizas de Mercedes Barcha, la Gaba, la Jefa, la Madre o el Cocodrilo sagrado, como le decía su marido, el premio nobel de literatura, Gabriel García Márquez, quedaron para siempre mezcladas con las suyas, en el Claustro de La Merced de la Universidad de Cartagena de Indias.

Por: Patricia Lara

La ceremonia estrictamente privada, a la que asistieron familiares y amigos, se inició con una obra clásica interpretada por el cuarteto de la Orquesta Sinfónica de Cartagena; continuó con las palabras de la doctora Bertha Arnedo, una de las vicerrectoras de la universidad; y siguió con los discursos de las nietas. Luego los hijos, Rodrigo y Gonzalo, llevaron la urna con las cenizas de Mercedes, la depositaron en la pequeña torre que contenía los despojos mortales de su padre; más tarde dos operarios del Claustro colocaron la tapa del monumento y, encima, pusieron el busto de bronce de Gabriel García Márquez. Después, un conjunto de guitarras interpretó el tango Por una Cabeza y tres de los vallenatos que más les gustaban a los García Márquez: El cantor de Fonseca, El bachiller y La diosa coronada. Al final, en la casa de la Calle del Curato, construida por el arquitecto Rogelio Salmona para los García Márquez, los invitados disfrutaron hasta la madrugada de una parranda como las que le gustaban a Mercedes (fallecida en agosto de 2020), y bailaron hasta el cansancio para darle el último adiós a la Jefa Máxima.

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Rodrigo y Gonzalo García Barcha, en el momento en que depositan las cenizas de su madre, Mercedes Barcha, en el mismo cenizario donde reposan las cenizas de su padre, el nobel de literatura Gabriel García Márquez. Foto: Alejandra Barcha.

Sin embargo, los discursos pronunciados por las nietas en esta ceremonia estrictamente privada bien vale la pena darlos a conocer porque son obituarios distintos, salpicados de humor y de ternura, que retratan bien a esa mujer recia que tuvo la sabiduría de organizarlo todo para que su marido dispusiera de la tranquilidad necesaria que le permitió crear su obra monumental. Mercedes tuvo la inteligencia, por ejemplo, de llegar hasta vender la licuadora con el fin de que la familia pudiera subsistir en México durante esos últimos días de creación frenética de Cien años de soledad.

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