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Cultura

Luto en el 'rock' británico

La muerte de dos leyendas en un mismo día nos recuerda que una generación de oro del 'rock' se desmorona con el paso de los años. La cuenta regresiva es inevitable.

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Andrew Fletcher, de Depeche Mode, durante una presentación en Bilbao en 2009.

Por Jacobo Celnik

Todavía recuerdo aquel fatídico 2016 para el rock. Un año despiadado, injusto e inclemente que nos arrebató a tres genios insuperables como Leonard Cohen, Prince y David Bowie; que nos dejó sin la magia sinfónica de Keith Emerson y Greg Lake, de Emerson, Lake & Palmer; que se llevó a la mitad del alma melódica de los Eagles como lo fue Glenn Frey y que le pasó factura a los excesos del guitarrista Rick Parfitt, de Status Quo, una autoridad en la guitarra rítmica del rock. Y como si todo lo anterior no fuera suficiente, el 25 de diciembre, mientras todavía nos recomponíamos de la resaca navideña, el turno fue para George Michael, quien no le pudo ganar la partida de ajedrez a la muerte, la misma que retrató Ingmar Bergman, con precisión y suspicacia, en El séptimo sello. La lista de músicos fallecidos ese año fue de 87.
La muerte de un artista que admiramos profundamente solo se compara con la de un amigo cercano con el que hemos vivido grandes momentos. Porque los músicos, de alguna extraña manera, pasan a compartir un espacio esencial en nuestra vida. Las horas de escucha de un álbum son horas y horas que pasamos con ellos. La relación con el músico, por cuenta de las redes sociales, los documentales y los libros, ha pasado a terrenos más íntimos y profundos, generando, por ende, un apego más emocional. Todavía recuerdo aquella llamada a las 5 a.m. del periodista Carlos Castro, de Caracol Radio, aquel imborrable 10 de enero de 2016, para pedirme unas declaraciones sobre la muerte de Bowie. Adormilado y tratando de recomponerme de semejante mazazo, exclamé: “Pero si Bowie es inmortal, él no se puede morir”. Y sí, se fue, como lo siguen haciendo tantos y tantos músicos de una generación dorada e irrepetible.

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