Cine, un eterno campo de censura visible y no tan visible
Desde que el cine es cine, la censura ha condicionado su desarrollo y, por lo tanto, la manera como ha abordado ciertos temas o, sencillamente, no los ha podido abordar. Pero la censura no la ejercen únicamente las tijeras.
Por Gustavo Valencia Patiño
Cuando nació el cine, la censura, que corre paralela con la historia de la humanidad, llevaba muchos siglos de existencia. En una sociedad dividida en clases antagónicas es necesario limitar, condicionar, restringir, vetar. Es decir, censurar y prohibir. Se convierte en una forma sociocultural que el individuo adopta como algo natural y aceptable. Solo unos pocos protestan a tal o cual prohibición, lo que suele estar mal visto por los demás y, por lo general, no pasa de ese simple estadio de rechazo y repudio.
Así que, por ejemplo, cuando Thomas Edison filmó en 1896 su famoso beso, un simple acercamiento y roce de los labios de un hombre con una mujer, se levantaron voces en defensa de la decencia y la moral para justificar la censura que reclamaban. Dos años atrás había filmado la danza de la mariposa (‘Annabelle butterfly dance’), en la que una bailarina entrealza sus largos faldones en una creativa figuración del vuelo de una mariposa y al hacerlo se le ven ¡las piernas! Algo bochornoso e indigno para los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, e inmediatamente se hizo sentir con su veto y sus tijeras.

Al volverse el cine un fenómeno de masas, ya existían poderosos sectores sociales que se consideraban con derecho a censurar y a limitar su creatividad y sus temáticas. Convivían con una amplia población dispuesta a ser condicionada y limitada, muy sumisa y que toleraba la censura como un mal menor.
La paradoja en la historia del cine es que en algunos casos la censura ha hecho más famosas algunas películas. Otras se hicieron notar por su ingenio para burlar al censor y obtener así su aprobación. Con el paso del tiempo la lista se hace cada vez más interminable y lo único que se puede hacer es citar algunas de ellas.
Uno de los casos más conocidos, tanto por la fama de su director como por la polémica que suscitó y la dilatada censura que padeció, es El gran dictador (1940), de Charles Chaplin, que con su parodia burlesca de Hitler en pleno auge del régimen nazi hizo que se prohibiera en muchos países. Al terminar la Segunda Guerra Mundial el veto terminó, excepto en España, donde solo se pudo ver hasta 1976, tras la muerte de Franco. Fueron 36 años de prohibición.
Los visitantes de la tarde (1942), dirigida por Marcel Carné, contó con un guion de Jacques Prévert, quien elaboró una historia con una metáfora muy directa a la ocupación nazi, de tal forma que supo evadir el control de los censores de la Francia de Vichy y logró el permiso para filmarla. Viridiana (1961), de Luis Buñuel, al momento de su estreno en el Festival de Cannes provocó un gran escándalo e inmediatamente fue prohibida en España e Italia. El periódico del Vaticano L’Osservatore Romano criticó “la impiedad y blasfemia de la obra”.
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