De amigo a verdugo
Alfonso Carvajal publicó hace pocos días ‘Una novela posible’, en la cual acude a grandes momentos y personajes de la historia universal pero también describe las miserias y desastres del mundo de hoy. CAMBIO reproduce un fragmento de la obra.

'Una novela posible' es la última aventura literaria de Alfonso Carvajal, un muy prolífico narrador, poeta, columnista literario, ensayista y editor. Nació en Cartagena en 1958 y su pasión por la literatura le ha permitido estar a ambos lados del oficio, ya sea como escritor o como crítico literario, ensayista y editor.
Autor de varios libros de poesía, cuento y novela (El desencanto de la eternidad, Hábitos nocturnos, La sonata del peregrino, *Ruega por nosotros), acaba de publicar con Random House su nueva novela, que gira en torno a la relación amorosa entre P y Alicia, a quienes une su pasión por la literatura. Este hecho le sirve de pretexto para referirse a diversos episodios y personajes de la cultura universal, pero también devela la miseria del mundo de hoy, en manos de dirigentes políticos cada vez más frívolos y corruptos*, en el que el arte abre -como lo ha hecho desde siempre– un espacio de esperanza.
A continuación se reproduce un fragmento de la novela.
P y el fiscal
La noche era ancha y turbia. P bajó por la calle once. Antes de llegar a la carrera tercera, observó una especie de palacete neogótico en la calle del Sol, sumergido en las tinieblas. El diseño se le reconoce al arquitecto italiano Giovanni Buscaglione; en su niñez conoció a san Juan Bosco, en Egipto y Turquía construyó colegios salesianos para luego instalarse en Bogotá. Primero fue un monasterio o convento, hasta que el fogonazo del 9 de abril lo dejó en ruinas. En 1953 el general Rojas Pinilla lo restauró y lo convirtió en la nueva sede del Servicio de Inteligencia de Colombia. Se rumora que en sus sótanos torturaban comunistas, anarquistas sin partido y la chusma alzada. En 1957, cuando fue derrocado el general, empezó a funcionar como una estación de policía, y así permaneció hasta 1970.
En la esquina, un hombre trigueño se atravesó en su ruta. Era de mediana estatura, flaco, de nariz aguileña, vestía un ceñido traje café y un sombrero tipo Borsalino apretaba su cabeza. P se dio cuenta de que no había sido una casualidad. El hombre de voz militar arreció, “queda usted detenido”.
—Yo, ¿por qué?
—Por rutina.
—¿Y eso qué significa?
—No pregunte, muévase.
Doña Rutina atrapó a P y lo condujo al edificio de tres pisos. La puerta era una gran reja metálica, en la mitad del patio una fuente de agua, un enmarañado rosal y unos palos de brevo cortaban la atmósfera. Una especie de celdas y oficinas bordeaban el primer piso. En una pequeña recepción lo abordó un policía con signos de trasnocho, de hondas ojeras y actuar mecánico.
—Su certificado de nacimiento, por favor.
—No tengo —afirmó P, atónito.
—Entonces la cédula.
Entregó la cédula. El policía anotó unos datos y se la devolvió.
—¿Qué hago acá?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Rutina?
El policía lo miró con desagrado. Como si hubiera escuchado una broma a ras.
—Detective Martínez, lleve al señor P a un calabozo.
—A un calabozo…
—Es rutina nomás.
El hombre de traje café lo acompañó a un cuarto de rejas grises y cuarteadas por el óxido. En el interior había una mesa de madera y un par de sillas. P se acomodó en una silla.
—¿Y ahora qué?
—Esperar —dijo Martínez, y se retiró.
Las paredes eran blancas, y el recinto poseía la humedad y el abandono de una dependencia oficial. Era una habitación con el techo alto y una pírrica luz alumbraba el encierro. Hacia la calle una ventana redonda, ubicada a dos metros de altura, dejaba entrar los rayos de una pálida noche. Qué absurda suerte, pensó P. A la media hora se oyeron quejidos, grititos de dolor, que lo exaltaron. Tenues, sospechosos.
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