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Cultura

Gozar Leyendo con Cambio: 'Sobre el poder del amor'

Georg Christoph Lichtenberg.

Georg Christoph Lichtenberg fue un científico y pensador alemán de finales del siglo XVIII, precursor en muchos campos del conocimiento de la física y las matemáticas, la psicología, la dialéctica, la semiótica, incluso el arte conceptual. En este libro José Luis Gallero y Lucas Martí Domken, los traductores de los textos escogidos, reunieron sus aforismos relacionados con el amor.

Darío Jaramillo Agudelo

Si se preguntara en librerías o entre lectores de su época, pocos, muy pocos, sabrían quién era Georg Christoph Lichtenberg (Ober-Ramstadt, 1742-Gotinga, 1799). Era conocido entre una cierta élite este personaje antipersonaje, último de 17 hijos de un pastor protestante, que alcanzó a ser miembro de la Real Sociedad Científica de Londres, de la Academia de Ciencias de San Petersburgo y de la Sociedad Holandesa de Ciencias. “Fue maestro de Alexander Humboldt, corresponsal de Kant e interlocutor de Goethe, Lavater, Volta y Lessing”. Durante 25 años fue el director del Almanaque de Bolsillo de Gotinga, “a cambio de lo cual disfrutó de alojamiento gratuito en la vivienda de su editor”. Fue, también, profesor de matemáticas en la Universidad de Gotinga. Una anécdota define muy bien su simpatía, su sentido de la paradoja, su intuición para traer a cuenta lo más inesperado de cada situación: “Cuando, visitado por Volta, Lichtenberg le preguntó si conocía la ‘manera más sencilla de eliminar el aire de una copa’, el inventor de la pila eléctrica permaneció mudo mientras su anfitrión llenaba la suya de vino”.
José Luis Gallero, cotraductor de este libro en compañía de Lucas Martí Domken, escribe en el prólogo que “nos hallamos ante la personalidad reconocida como precursora en mayor número de campos: fluidos eléctricos, cálculo de probabilidades, principio de incertidumbre, expansión del universo, efecto mariposa (‘si esto no hubiera sido escrito hoy, dentro de mil años, entre las seis y las siete de la tarde, se dirían cosas muy distintas en cierta ciudad de Alemania’), estudio de los sueños (‘uno de los privilegios del ser humano consiste en soñar y en saber que sueña’), dialéctica, semiótica, arte conceptual, piano preparado (‘siempre es bueno que los artistas se vean obstaculizados para ejercer su arte; Forkel metía sus dedos en harina cuando tocaba el piano’), nuevo periodismo, humor negro (‘un pensamiento que haga morir de la risa a quien lo oiga’), balnearios, donación de órganos, método de lectura para ciegos, moneda única, devoción por Shakespeare, fervor por Spinoza, principio de Peter (‘siempre es mejor que el puesto esté por debajo de las aptitudes’), leyes de Murphy (‘siempre llueve cuando hay mercado o queremos poner a secar la ropa’; ‘lo que buscamos está siempre en el último bolsillo en que introducimos la mano’)…”.
La verdadera gloria de Lichtenberg sobrevino después de su muerte. Él había llevado durante toda su vida
unas libretas, en total son 11, donde apuntaba de todo**: “Más de mil páginas de ejercicios mentales, apuntes personales, listas de compras (…), exabruptos varios”. Y aclara en el epílogo que “tradicionalmente se ha hablado de sus aforismos, lo que sugiere un género literario propio, que responde a unas reglas conocidas: frases breves, de corte lapidario, que sintetizan una idea o abren una sugerencia sobre algo. Frases, por eso mismo, elaboradas y precisas, pulimentadas y meditadas. Nada más lejos de lo que contienen estos cuadernos. Lo que hay en esas páginas densas llenas de párrafos discontinuos son pensamientos sueltos, escritos al hilo del pasar de los días, que afectan a los temas más diversos que pueden afectar a la vida interior de una mente humana: desde las rencillas con los colegas de la vida académica y cultural a observaciones que lindan lo soez sobre las criadas, desde pensamientos matemáticos y observaciones científicas a meditaciones ensimismadas de un hombre que se asoma a una ventana”.

Impredecible, para mostrar las debilidades de la democracia Lichtenberg llegó a escribir que “el bienestar de muchos países se decide por mayoría de votos, pese a que todo el mundo reconoce que hay más gente mala que buena”.

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