
La Soledad de Alci Acosta
Alci Acosta en su casa de Soledad, Atlántico.
Alcibiades Acosta cumplió 84 años el 5 de noviembre. Aprendió a tocar en un teclado dibujado en un cartón y desde entonces ha sido cómplice de ese instrumento. Alci Acosta se presentará en el Festival Estéreo Picnic el próximo sábado 25 de marzo.
Por: Angel Unfried
No hay nada qué explicar: al mencionar su nombre, el taxista identifica la ruta sin necesidad de una dirección; los soledeños de su generación reconocen esa casa como el hogar del principal orgullo del pueblo. Aunque su música ha traspasado todas las fronteras, llegando a cada cantina donde alguien pueda beber hasta sangrar, la vida de Alcibiades Acosta Cervantes ha transcurrido sin alejarse de los patios frutales y de las calles polvorientas de esta población, tan famosa por las butifarras como por ser el municipio más corrupto de Colombia. Soledad, falange poética e infernal al sur de Barranquilla, es también, para melómanos y nostálgicos, la tierra de Alci Acosta.
Aquí nació y aprendió a tocar el piano. Aquí se enamoró y se casó. Aquí tuvo y crio a sus hijos –uno de ellos, hijo predilecto del Carnaval–. También, en un gesto cursi de literalidad, aquí grabó con su voz una versión de la desgarradora Hola, soledad, y volvió a grabarla como jingle para la campaña de una candidata a la Alcaldía del municipio: “Ah, sí. Esa muchacha fue alcaldesa por mi canción, me acuerdo”. Sin embargo, lejos de la calor sonora que retumba en las esquinas de Soledad, la temperatura de Alci es fresca, ligera. Lejos de las brisas de gaita y millo que en el momento de esta conversación anunciaban la inminencia del Carnaval a finales de enero, la voz de Alci apenas se levanta para lamentar el disparo fallido de un delantero paraguayo en la televisión o para quejarse junto a su familia por el recibo de la luz que este mes sobrepasa el millón de pesos.
Para nosotros, barranquilleros ardidos, Alci es un motivo para envidiar a Soledad. Con la indiferencia de un faraón en plena siesta, nos recibe en la terraza que antecede al patio. No se mueve de su silla. En parte está atrapado por el partido sub-20 entre Paraguay y Argentina, y en parte está diezmado por sus 84 años y por algunos achaques de la pierna y el hombro. Lo primero, le hace caminar poco y apoyarse en el bastón; lo segundo parece una broma cruel de la música y del cuerpo: ese hombro recién operado no le permite abrazar a su más viejo cómplice, el piano. Por ello, desde que comenzó su carrera a principios de los años sesenta, las de estos últimos meses han sido las únicas presentaciones en las que ha cantado sin estar sentado frente a ese teclado.
Para él, que se define como un pianista al que la vida puso a cantar, tomar el micrófono y enfrentar al público sin poder esconderse detrás de las teclas es un desafío que le alborota la timidez. Alci Acosta hizo parte del cartel de invitados al Festival Estéreo Picnic; una invitación que vincula su música con una nueva generación de fanáticos, jóvenes que cada tanto cantan a todo pulmón La copa rota y No renunciaré en tabernas, tejos, rocolas y taquerías hipsters de todo el país. Tan veterano como atemporal, sus canciones son eternas como el desamor; tan soledeño como pereirano, su música hace parte del paisaje cultural cafetero.
Alci solo compuso una de las cientos de canciones que ha interpretado, pero muchas de ellas son inseparables de su voz. En boleros, como No renunciaré resuena la ausencia, se respira el vacío del desamor. En canciones como “El último beso”, la pérdida es irreversible. En otras, como La cárcel de Sing Sing, la muerte gobierna, cínica, lejos de la culpa. En 1976, grabó La copa rota en el álbum Su voz, su piano y más éxitos. Han pasado más de 50 años desde entonces y esa canción compuesta por Benito de Jesús sigue frotando con sal las heridas de despechados de cinco generaciones. Ese himno del desamor y el duelo, es también un elogio a la cantina como cálido hogar del desamor, y del cantinero, cómplice de Alci al momento de disponer a la audiencia entre un trago y el siguiente.
Alci no separa los ojos del televisor mientras habla. Aunque su mirada sigue por el flanco izquierdo el recorrido de un zaguero argentino, su cabeza –lúcida– y su calma –elocuente– atraviesan el siglo veinte narrando una autobiografía musical en la cual son coprotagonistas Jimmy Salcedo, Julio Jaramillo, Ana Carrasquilla, Antonio Fuentes, La Sonora Matancera, Daniel Santos, Ruth Agudelo y su hijo, el de ambos, el Checo Acosta.
Navegando serenamente en el océano de la memoria, sus recuerdos no naufragan entre los remolinos de la vejez. Atribuye esa terquedad memoriosa a vivir despacio, a volver siempre a Soledad sin buscar lo que no se le ha perdido en otros lados; y a dormir bien, a salir de la tarima –de tantas tarimas– directo a la cama. Así es. El dueño de la voz aguardientosa y del piano lacerante que preside cada noche el ritual del guaro a grito herido, no bebe ni fuma. No trasnocha. No ha sangrado, gota a gota, el veneno del amor.

***
CAMBIO: Estamos aquí en el patio de tu casa, en Soledad. Toda tu vida ha estado atada a este lugar del cual no has querido alejarte. ¿Cómo comenzó ese vínculo tan estrecho con tu pueblo?
Alci Acosta: Desde que nací. Yo nací aquí en Soledad, en una casa a tres cuadras de esta. Eso fue en el 38. Fue en casa porque en ese entonces las señoras iban a recibir a los niños, las parteras. Esa era la casa de mi abuelo materno y ahí mismo vivían mis papás y mis hermanos. Fuimos siete: dos hombres y cinco mujeres. Una familia bastante humilde, con un papá muy fuerte, porque éramos muchos y la situación no era la mejor.
En esos años, Soledad era chévere, tranquila. Empezando porque la calle no era pavimentada. Y como en este pueblo siempre nos ha gustado el fútbol, por las tardes los grupos de amigos y de familiares hacíamos partidos de bola’e trapo. Todo era bastante sano, ¿no? Aunque como siempre, aquí ha habido problemas de agua y de luz, pero vivíamos felices.
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