
Veinte años sin María Mercedes Carranza
Semblanza de María Mercedes Carranza, poeta, activista política y gestora cultural que murió hace 20 años y dejó un legado imposible de olvidar. Ella enseñó a leer la realidad del país en clave de poesía.
Por Federico Díaz Granados
Especial para Cambio
La noche del jueves 10 de julio de 2003 parecía ser una noche normal en la Bogotá de comienzos de siglo. Como solía ocurrir en la Casa de Poesía Silva, los jueves eran días de lanzamientos de libros, conferencias o recitales. Para esa fecha estaba programada, con anterioridad, la presentación de Amazonía del poeta y traductor Juan Carlos Galeano, radicado en Estados Unidos, que acababa de aparecer bajo el sello editorial de la Casa Silva y que se incorporaba al catálogo donde antes habían aparecido títulos como Del amor y su huella de Mario Rivero, Porque soy un poeta. Conversaciones con Mario Rivero de Guido Tamayo, Traductores de poesía en Colombia, selección de Rubén Sierra Mejía y Jaime García Maffla, y Obra ajena de Eduardo Carranza, entre otros.
Era costumbre que la directora de la Casa Silva, la poeta María Mercedes Carranza, recibiera a los poetas en su despacho una hora antes del evento, hiciera el saludo inicial y luego se escapara antes de terminar el acto hacia su apartamento ubicado en el límite de los barrios Bosque Izquierdo y La Macarena, y que contaba con un vista privilegiada de Bogotá. Siempre quería llegar pronto a ese apartamento donde ella sentía refugio y calidez. Tenía allí sus libros y sus objetos cotidianos. Era ese mismo apartamento donde recibió tantas veces con su habitual hospitalidad a sus amigos más cercanos en almuerzos que se prolongaban hasta altas horas de la noche o a tertulias que culminaban en fiesta.
Esa noche del 10 de julio no fue la excepción. Aunque se quedó hasta el final del evento no aceptó la invitación a celebrar la presentación del libro de Galeano en casa del profesor y poeta Hernando Cabarcas. Se despidió de todos con la amabilidad de siempre y partió hacía su apartamento. Se notaba tranquila, sin los afanes del día a día que entraña un trabajo de gestión cultural tan exigente. No se advertía la preocupación que la aquejaba por esos días y era la consecución de recursos para los proyectos de la Casa Silva porque la administración del alcalde Antanas Mockus había, nuevamente, recortado el presupuesto previsto. Pero esa noche su rostro no reflejaba la inquietud de este tema. Nadie intuía que esa era una despedida definitiva y que ella tomaba dirección hacía los últimos instantes de su vida sino que desde esa noche, esa madrugada próxima, la poesía colombiana iniciaría un nuevo e irreversible capítulo hacia su modernidad y que esa muerte voluntaria sentaría las bases de una nueva forma de comprender los asuntos fundamentales de la poesía en el siglo XXI. Con su muerte se iniciaba simbólicamente el nuevo siglo en Colombia, sus letras y su cultura.

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