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Homenaje al libro' (detalle, 1959) de Alejandro Obregón. Biblioteca Luis Ángel Arango,
Cultura

En Bogotá algunas paredes hablan

Además de los grafitis, que se han vuelto tan importantes en la fisionomía de Bogotá, en edificios públicos y privados de la ciudad se conservan murales que dan cuenta del desarrollo del arte colombiano en el siglo XX. El libro 'Si los muros hablaran', de Helena Wiesner, Liseth Piñeros y Christian Padilla examina en detalle 50 de ellos.

Por: Eduardo Arias

El muralismo no ha sido uno de los fuertes del arte colombiano y no son demasiados los autores que le hayan dedicado tiempo a estudiar estas obras que se conservan en muros y paredes de edificios públicos y algunos privados.
El libro Si los muros hablaran – Arte mural en Bogotá en cincuenta obras 1930-1999 es el resultado del trabajo conjunto de Helena Wiesner, Liseth Piñeros y Christian Padilla. Cada uno de ellos abordó el estudio de las obras que seleccionaron desde la perspectiva de sus especialidades. Helena Wiesner es restauradora, Liseth Piñeros es arquitecta y Christian Padilla es crítico e historiador del arte, así como curador.
El libro analiza cada una de las obras, el contexto del autor y de cada obra en particular, detalles relacionados con el proceso de creación y su significado y relevancia. Además de estos textos, que vienen acompañados por referencias bibliográficas, en la descripción de cada mural se destacan algunas características que identifican los murales como título, autor, fecha, técnica utilizada por el artista, ubicación en la ciudad, estado de conservación y la relación del mural con el edificio y el espectador.
Además trae biografías de los artistas y un plano de Bogotá que permite ubicar dónde se encuentra cada uno de los murales. De esa manera el libro también cumple funciones de catálogo y de guía.

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De izquierda a derecha, Liseth Piñeros, Christian Padilla y Helena Wiesner.

CAMBIO habló con los autores acerca de cómo llevaron a cabo la investigación que permitió estudiar el muralismo en Bogotá y publicar el libro.
CAMBIO: ¿Qué los impulsó a escribir este libro?
Helena Wiesner:
Básicamente reconocimos que algo pasaba con el arte mural e identificamos tres hechos como punto de partida. De un lado, era notorio el silencio por parte de la historia del arte colombiano sobre el arte mural que emergió en la década de 1930 y continuó produciéndose hasta finalizar el siglo XX. Se habían mencionado pocas obras en las publicaciones sobre la producción de los artistas y sólo Pedro Nel Gómez había merecido estudios profundos sobre su obra mural. Por otra parte, el arte en y para los muros, realizado por encargo y por lo general situado en espacios de interacción con la ciudadanía, no contaba con una identificación mínima. La ausencia del inventario y catalogación de esta colección de la ciudad demostraba un vacío en el campo del patrimonio cultural y la consecuente dificultad para divulgarlo y protegerlo integralmente. Por último, observamos cómo los murales se deterioraban o simplemente se ocultaban o desprendían de los muros perdiendo buena parte de sus características originales.
Christian Padilla: Como dice Helena, había un silencio al respecto, pero no era deliberado. Algunos autores habían tocado de manera tangencial el tema al hacer sus revisiones sobre el arte colombiano del siglo XX, pero los muros nunca habían sido en sí mismos protagonistas de una investigación. Nos llamó la atención por todos esos factores pero además porque llamaba la atención que ante esas tensiones que ocurren cuando el arte es público y visible existiera toda una historia paralela del arte colombiano que había que dar a conocer. Junto con Catalina Bautista fundamos hace un par de años un proyecto editorial independiente y nos pareció que esta investigación que ya veníamos adelantando con Helena Wiesner y Liseth Piñeros, debíamos diseñarla, fotografiarla y publicarla nosotros mismos dentro de la línea de historia del arte del sello Bau Editorial.
Liseth Piñeros: Retomando a mis compañeros, el arte mural se presenta como actor en pleno derecho que establece unos diálogos muy interesantes con la arquitectura que lo cobija y envuelve. Una tensión velada ocurre entre un arte concebido para comunicar mensajes dentro del dominio de lo público, en espacios hoy privatizados que no entienden o son ajenos al huésped silencioso al cual acogen. Y precisamente, esa tensión comienza en el momento mismo en el cual se comisiona el arte mural para las paredes de los edificios, en el que no siempre confluyen los intereses de quién lo encarga o quien lo diseña. Conforme pasa el tiempo, la arquitectura puede cambiar de manos, incluso desaparecer, y los murales deben adaptarse a nuevos custodios, que a veces desconocen que poseen una obra de arte. La pérdida del poder comunicante de los murales tiene que ver con el desconocimiento de quienes deberían protegerlos.

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