
Carolina Noguera y los sonidos del Pacífico en el Concurso de Violín de Bogotá
El 30 de octubre comienza el primer Concurso Internacional de Violín Ciudad de Bogotá, en el que competirán 20 jóvenes músicos de 10 países por premios que suman 70.000 dólares. Uno de los galardones es al que mejor interprete la pieza creada por la compositora, obra inspirada en los arrullos de las cantadoras del Pacífico y sonidos de los violines caucanos.
Por: Diego León Giraldo
Carolina Noguera se hunde en la silla del teatro con los ojos cerrados mientras la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara interpreta Entre las grietas, la pieza que compuso y se estrenó por estos días de la Bienal de Arte de Bogotá. Se trata de una creación íntima, que va en crescendo y fácilmente nos permite recrear imágenes, como si se tratara del tema incidental que complementa una película o una obra de teatro.
“Soy de Cali y en Bogotá me hace mucha falta el contacto más cercano con la naturaleza, con los jardines. Siempre, la idea de florecer me llena de dicha”, dice la coordinara del énfasis de composición en el Departamento de Música de la Universidad Javeriana.
Y en esa obra, con la atención en los pequeños detalles que caracteriza sus composiciones, según cuenta, se fijó en las grietas que hay en el pavimento, en esas que parecen anomalías, pero de las que brota la vida que muchos llaman maleza y que al acercarse tienen formas, colores, un bosque entero con su ecosistema.
La música habla con las manos y enfatiza con los ojos, como cuando se refiere a Serenata pagana, la obra comisionada a ella por el primer Concurso Internacional de Violín Ciudad de Bogotá y que, con dos movimientos, compuso para que sea interpretada por los 20 competidores de 10 países que se disputarán la bolsa de premios de 70.000 dólares, entre el 30 de octubre y el 7 de noviembre.
Inspirada en los arrullos que con voces profundas entonan las cantadoras del Pacífico y en los sonidos de los violines caucanos, creó esta obra que otorgará 20.000 dólares al violinista que haga la mejor interpretación. Sonríe, pues en los días previos al inicio del concurso, cuando los competidores ya tienen en su poder la partitura, se imagina cuál será la apropiación que un violinista chino, algún japonés, los rusos, el sueco o los gringos podrán hacer de ella.
Entonces, al escuchar esas interpretaciones se devolverá a los días felices de sus primeros chapuzones en Juanchaco, esa playa del litoral Pacífico, de arena gris y olas gigantescas a la que durante toda su niñez la llevó su papá. “Cuando escucho cómo interpretan algo que he compuesto, me siento como si estuviera en el mar. Sumergirme en el agua es igual a sumergirme en el sonido, creyendo que me puedo hundir, sin importar si respiro o no. No hay una dicha igual a estar allí en medio del sonido”.
Hija de padres que se separaron cuando tenía un año, en su familia no había arraigo musical alguno y su primer acercamiento fue a través de las tradicionales clases de flauta dulce que le dictaban más por divertimento que otra cosa en el colegio Luis Horacio Gómez. Como herramienta para vencer su timidez, la matricularon en cursos teatrales en Bellas Artes: “Allí sí era gritona, peleaba, salían una serie de voces y furia que de resto se ocultaba. El teatro tenía algo de eso”.
A los nueve, Alba Estrada, pianista que tenía su academia y novia de su papá a la que mucho quería la niña, la comenzó a enamorar del instrumento: “En el piano encontré algo similar a lo que sentía en el teatro. Me emocionaba porque podía expresarme sin hablar y solo tocando”.
La misma Alba, viendo las aptitudes de Carolina, la animó para que ingresara al Conservatorio, donde recibiría clases como las de solfeo que ella no estaba en capacidad de ofrecerle. Entonces alternaba su secundaria tradicional en la Sagrada Familia con el aprendizaje más intenso de la música.
A los 15 tocó con la Orquesta Filarmónica un concierto de Mozart, en la Sala Beethoven y luego en el teatro Jorge Isaacs, en Cali. “Más grande descubrí la composición y tuve esa misma sensación de libertad. Me gustó componer danzas, al comienzo en tono muy autobiográfico, recorriendo lo que extrañaba, lo que se había ido sin haberlo entendido del todo, evocar un pasado que necesitaba seguir viviendo”. Se refiere a los años posteriores de posgrado, cuando viajó a Birminghan, Gran Bretaña, en 2006.
Pero antes ya había hecho su pregrado en la Javeriana, de Bogotá, recibiendo clases de piano con Svetlana Korjenko y de violonchelo -otro de los instrumentos que la enamora por su sonido intenso, como de una voz grave- con el esposo de esta, Alexandre Korjenko. Por entonces se matriculó también en Sociología, pero solo aguantó tres meses, pues se la pasaba pensando en música y componiendo mentalmente. De todos modos, de allí debe haber salido parte del interés por la observación social que plasma en sus partituras: “Cuando comencé a tocar piano no tenía instrumento, pero la maestra me dijo que no importaba, que lo hiciera en la mesa, en las piernas, en la cabeza. Sin estar tocando, yo siempre estaba tocando”.
Llegar a Inglaterra fue un golpe brutal, el mismo al que se refiere cuando cuenta que se aferró a la composición autobiográfica, nostálgica y muy melancólica. “Me sentí pequeñita. Sabía inglés, pero no conocía el acento de allá. El otoño fue horrible y la oscuridad me pateó feísimo. Me enfermé mucho. Me daban muchas gripas, no me quería levantar, sufrí”.
CAMBIO: ¿Cuál fue la salida?
Carolina Noguera: Rezaba y no me mejoraba. Comencé a hacer música de eso, de esa soledad, del frío y la oscuridad. Escribí un cuarteto de cuerdas que narraba esa experiencia de estar super sola, en algo muy oscuro y no encontrar ayuda. Después decidí que sencillamente extrañaba Colombia, el sur del país, el carnaval. Esa obra la titulé Quattuor Verbum (cuatro palabras, en latín). No quería que fuera inglés ni español, sino como algo relacionado con el Imperio Romano, por la historia de Inglaterra bajo el mando de ellos. Nuestra lengua viene del latín y quería un punto de unión. El cuarto movimiento me ayudó a resistir la estancia en Inglaterra, pues era como una especie de danza de carnaval, macabra. Comencé a estudiar el concepto festivo, todos los sincretismos, mixturas, imposiciones religiosas, las danzas que tratan de hacer que el cuerpo se mueva para sentirse real, vivo. Luego apliqué a una beca para hacer el doctorado, pues quería continuar estudios sobre el carnaval.
CAMBIO: ¿Qué la enamoró del violín?
C. N.: La relación ha sido compleja, pues antes me parecía demasiado europeo, en un sentido un poco frío. En 2005 estuve en Austria y me dio un cierto ataque de depresión cuando fui al palacio de Schönbrunn, porque se veía demasiado lujoso, grande y siempre he sabido que detrás del lujo hay sangre. Los grandes imperios no se logran sólo por buena suerte o trabajo duro. Además, el sonido refinado del violín me producía cierto malestar: lo asociaba con una perfección, limpieza y pureza relacionada con el imperio astrohúngaro. En cambio, sí me gustaba el sonido grave del violonchelo, que era como la voz de una cantadora del Patía. Después, en un documental de la musicóloga Paloma Muñoz, descubrí los violines caucanos.
CAMBIO: ¿Qué encontró en esos violines caucanos?
C. N.: Me fascinó el sonido. Los conocí primero por televisión, gracias a un documental de Paloma Muñoz, la musicóloga de la Universidad del Cauca. Hice algunos viajes al Patía, Buenos Aires y Santander de Quilichao, en donde entrevisté a varios violinistas y me quedó de ellos la historia de que venían de una tradición de esclavos que querían aprender a tocar como los europeos, pero no los dejaban, no les prestaban los instrumentos, y entonces lo hacían a escondidas. No querían sonar distinto, sino como lo hace el violín europeo y eso era un poco la solución que habían encontrado. Sentí que esa forma era incluso mejor que la occidental. Ahí sentí, gracias a ellos, que ese sonido refinado, delicado, no tenía que ser malo, pues incluso había atraído a los esclavos. Eso fue importante para reconciliarme con el violín, lo mismo como cuando escribí en Inglaterra una pieza para cuarteto y piano, que se llamaba Furias, con muchos sonidos percutivos.

CAMBIO: ¿Cómo fue la experiencia de escribir Serenata pagana?
C. N.: Hoy siento que adoro el violín clásico por sobre todos los instrumentos y me encantan sus sonidos percutivos, rústicos, pero también los delicados, las melodías que puede hacer. Las jornadas han sido sin parar, compongo hasta dormida. Está integrada por dos movimientos. Con Juan Carlos Higuita estuve trabajando todos los martes durante varias semanas, intercambiando mensajes. Él siempre ha entendido lo que quiero hacer y ha sido abierto y receptivo. Me ayudó muchísimo. Decidí dedicarle esta obra porque me encantó cómo me ayudó a encontrar los sonidos que necesitaba para la obra.
CAMBIO: ¿En qué se inspiró?
C. N.: En muchísimos sonidos que tengo en mi memoria. Estudié mucho repertorio. He hablado en algunas ocasiones de que soy admiradora de Béla Bartók, pues están presentes algunas influencias de recolección que él hizo de los sonidos de los Balcanes, de la música campesina; pero realmente no las reconocería en la obra que escribí. Creo que sí hay más influencia de los sonidos de los violines caucanos. Hay una juga que aparece ahí, Linda señora, que tocan varias agrupaciones en Santander de Quilichao. Pero está variada, desconfigurada, y he jugado con las partes por separado y las he juntado en otro orden, dentro de un lenguaje violinístico más frenético. Las maneras que encontramos de tocar los violines caucanos es más rítmico y está en articulación con otros instrumentos, con las cantadoras y las tamboras. En Serenata pagana, al tratarse de un instrumento solista, no se exige una coordinación con otras personas, y entonces hay ráfagas de velocidad.
CAMBIO: ¿Cómo se divide la obra?
C. N.: El primer movimiento se llama Máscara del infinito. Una de las cosas que siento como mi misión es hacer músicas de consuelo, que es lo mismo que los arrullos. La música necesita ayudar a sanar y he aprendido a no tenerle miedo a la tristeza. La pandemia me golpeó mucho. Ese movimiento tiene una melodía que a veces está en Sol Menor, otras un poco más sombrío y juega a estar triste tratando de alegrarse. Son sonidos flotantes, con poco cuerpo, que pueden revolotear más fácilmente en el espacio. El segundo movimiento es Llamas del silencio. Era la oportunidad que soñaba hace más de 20 años para tratar de entender esa manera de tocar los violines caucanos. Juan Carlos me logró explicar, así que es un homenaje a esa tradición.
CAMBIO: ¿Qué significa que este concurso tenga una composición colombiana?
C. N.: Lo que me pidieron fue una obra que se convirtiera en parte del repertorio universal de los violinistas. Que podamos hacer parte de esos sonidos desde Colombia nos da un lugar en el mundo que cuenta nuestra historia, quiénes somos, cuál es nuestro mestizaje, con qué hemos tenido que reconciliarnos, qué nos cuesta, con qué a veces sufrimos, cuándo nos sentimos melancólicos, pero cuándo también encontramos fuerzas para salir adelante.
CAMBIO: ¿Qué representa el concurso de violín para Bogotá y el país?
C. N.: Es muy importante. Que podamos tener este espacio le demuestra al mundo y nos recuerda a nosotros que es cierto que tenemos problemas que solucionar todo el tiempo y que nos generan mucho dolor, pero estamos tratando de encontrar la excelencia a través del compromiso, de la devoción, en busca de la belleza. Una belleza que nos invite a estar todos juntos, que sepa que hay sonidos de todos los lugares, y que la belleza no viene importada.
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