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Gozar leyendo a Baena
Cultura

Gozar Leyendo: memorias y poesía

En esta entrega de Gozar Leyendo se comentan un diario y dos poemarios. El diario es del escritor ruso Iván Turguénev. La poesía corre por cuenta de Érika Martínez y Samuel Baena Carrillo.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Iván Turguénev, Diario de un hombre superfluo

Iván Turguénev (Oriol, Rusia, 1818-Bougival, Francia, 1883) es calificado por Agata Orzeszek, la prologuista y traductora de Diario de un hombre superfluo, como el más europeo de los escritores rusos. Y uno de los imprescindibles a la hora de hacer la lista de los grandes clásicos de la literatura rusa del siglo XIX. Al respecto, cuenta ella, Nabokov hacía una clasificación en la que el número uno era Tolstói, el dos Gógol, el tres Chéjov y el cuarto el mismísimo Turguénev: se nota aquí que más que lo que decía, su intención era excluir a Dostoyevski, al mirar hacia adentro de Rusia la novela decimonónica está encabezada por la tríada –así la llama– integrada por Tolstói, Dostoyevski y Turguénev y nos cuenta que, pese a la valoración actual de Occidente –que pone por encima de todos a Tolstói y a Dostoyevski– para los rusos el número uno es Turguénev por lo amable de su escritura, que ejerce un gran poder de seducción”.

En verdad, ese “poder de seducción” es notorio en este Diario de un hombre superfluo, una de sus primeras obras (1850), una narración breve en forma de diario, con el sobrecogedor detalle de que el diarista, el hombre superfluo, comienza por contar que está al borde la muerte. Y dice: “¿No resulta ridículo empezar un diario dos semanas, quizá, antes de morir? ¿Y por qué no? ¿Qué tienen de inferior catorce días respecto de catorce años o de catorce siglos? Frente a la eternidad, dicen, todo son futilidades; sí, pero vistas las cosas, la propia eternidad tampoco es más que una futilidad (…). ¿Qué voy a contar? Un hombre bien educado no habla de sus enfermedades; escribir una novela supera mis fuerzas, contar la vida que me rodea no es capaz de atraer mi atención y no hacer nada me resulta aburrido; leer me da pereza. ¡Ah!, me contaré a mí mismo toda mi vida. ¡Excelente idea! Ante la muerte es decoroso y no ofende a nadie. Empiezo”.

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