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Cultura

Black Mirror: el asco de lo que se nos viene

La nueva temporada de Black Mirror llegó, como siempre, a meter el dedo en la llaga de la distopía tecnológica. Lo aterrador es que los contenidos de sus capítulos, cada vez, son más próximos a la realidad. Nuestro periodista Juan Francisco García reflexiona sobre su primer capítulo, que anuncia el espejo negro de la temporada entera.

Por: Juan Francisco García

En contravía del mandato del algoritmo de Netflix –siguiente capítulo en 3, 2 1… –, después de acabar el primero de la última temporada de Black Mirror, debí parar. Salí de él con las mismas náuseas que se tragan a Mike, uno de los protagonistas, después de tomarse su orina para tener con qué pagar el servicio por suscripción que necesita su esposa para que el cerebro le funcione de manera ‘normal’.

La distopía tecnológica que se nos viene encima, ese meteorito disfrazado de softwares, microchips, robots y programas que ‘mejoran al ser humano’, sigue siendo la línea narrativa de la celebrada serie. Lo novedoso es que, conforme pasan los años, el contenido de sus capítulos es cada vez más aterradoramente plausible, verosímil y próximo. De la hipérbole nihilista han ido mutando hacia el pánico realista. El viaje alucinado de las premisas de sus primeras temporadas tiene ahora el tinte resignado de lo inminente.

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