
La generación de chefs venezolanos que decidió quedarse a cocinar en casa
Los salmones noruegos dejaron de llegar y los escaparates de los supermercados se quedaron vacíos. En ese escenario, estos tenaces cocineros de Venezuela tuvieron que dejar de mirar hacia afuera y buscar los ingredientes adentro. Así nacieron los conos de erizo, el cordero de ubre y los vegetales de Jardines Guayabal.
Por: Julia Londoño Bozzi
Rubén Darío Rojas lleva más de treinta años cubriendo la fuente de gastronomía en Venezuela. Pasó de participar en el esplendor petrolero de Caracas, en la década del noventa cuando escribía para la revista de DirectTV, a escribir sobre Sumito Estévez y otros cocineros venezolanos destacados, fuera del país, en el medio digital independiente Contrapunto. Durante el desabastecimiento de la crisis del 2017, Rubén compartió recetas alternativas para hacer hallacas reemplazando los productos que no se conseguían y, en los últimos años, ha reseñado a quienes están sirviendo a la mesa propuestas construidas alrededor del orgullo por el ingrediente local.
¿Qué pasó en los últimos años en la escena gastronómica de Venezuela? ¿Cómo llegaron los conos de erizo, el cordero de ubre, los vegetales de Jardines Guayabal (proyecto ecológico orgánico), los ajíes margariteños, el cocuy (destilado de agave artesanal venezolano), las ediciones limitadas de Ron Santa Teresa y el Pomar Brut, un vino espumante del estado de Lara premiado con el Asia Wine Trophy, a hacer parte de los menús de los restaurantes más visibles de Caracas? Hoy, donde antes había entrecots, salmones, caviar, whiskies de lujo y champañas, este despliegue de despensa propia hace lo suyo.
La punta del iceberg
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