
Santa Marta 500 años: un corazón que late entre el mar y la sierra
Cuando se cumplen 500 años de la fundación de Santa Marta, el poeta de origen samario, Federico Díaz Granados, rememora su historia. Desde la emblemática canción ‘Santa Marta tiene tren’ hasta las expresiones musicales, literarias y deportivas que han marcado a la ciudad, este aniversario evoca la cultura viva de la región.
‘Santa Marta, Santa Marta tiene tren / Santa Marta, Santa Marta tiene tren /Santa Marta tiene tren / pero no tiene tranvía’ es una de las canciones más representativas de nuestro repertorio nacional y famosa universalmente, entre otras, por la interpretación de Celia Cruz en grandes escenarios del mundo. No hace mucho, la poeta uruguaya Ida Vitale mencionó en una entrevista que le hice a propósito del Premio Cervantes que le fue otorgado en 2018 que su primera relación con Colombia no fue por su amistad con Álvaro Mutis ni con García Márquez en sus años mexicanos, sino con esta pegajosa canción compuesta por Manuel Medina Moscote, uno de los más famosos acordeoneros de finales de siglo XIX y comienzos del XX y cuya letra llegó al cono sur de la mano de la orquesta argentina de Eduardo Armani en la década de los cuarenta. Así, en el continente se cantaba esta canción que después menciona, como parte de su banda sonora de la infancia, el poeta peruano Antonio Cisneros en su declaración de amor a Colombia en el año 2000, en el Encuentro del Amor y la Palabra. Así Santa Marta y su tren recorrían Latinoamérica llevando consigo algunos de los signos de la identidad samaria más allá de las fronteras.
Y es precisamente sobre esa identidad samaria y su cultura, alrededor de lo cual se ha venido conversando con motivo de los quinientos años de la fundación hispana de Santa Marta. Lo cierto es que antes de la llegada de Rodrigo de Bastidas, la planicie conocida como Citurma o Saturma era el epicentro de algo sagrado. Entre el mar y la Sierra Nevada no solo hay una geografía propicia para el asombro, sino que allí confluyen todos aquellos ríos que bajan de la sierra con un viento intemporal. El Poema de la creación de los Koguis ya se anticipaba a una visión del mundo donde todo comenzaba en el mar: “Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. Sólo el mar estaba en todas partes. El mar era la madre. Ella era agua y agua por todas partes y ella era río, laguna, quebrada y mar y así ella estaba en todas partes. Así, primero sólo estaba La Madre. Se llamaba Gaulchováng. / La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era Aluna. Ella era espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria. Así la Madre existió sólo en Aluna, en el mundo más abajo, en la última profundidad, sola”. La madre y el mar, agua y mujer como origen de la vida común a tantos mitos fundacionales del mundo. Siempre me ha conmovido imaginar lo que tuvieron que ver los Koguis desde lo más alto de la sierra para ser conscientes que desde el mar era posible la creación del mundo y del universo.
Desde aquel poema inicial, bajo el espíritu de Aluna y una cosmogonía propia, la historia de Santa Marta es una historia de contradicciones, encuentros y desencuentros que han sido el eje de su propia identidad. En ese territorio anfibio donde en las cercanías de las ciénagas, los deltas y el mar nacen las expresiones musicales que hoy nos dan una universalidad y un lugar en el mundo, nació la ciudad donde para muchos fue el lugar, el origen y el “Corazón del mundo” en la sabiduría ancestral donde se ya intuía una vocación de modernidad. En la suma de las confrontaciones y diferencias, traiciones y pactos, se sintetiza lo que hoy se conoce como la samariedad o la identidad samaria.
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