
Darío Jaramillo Agudelo, razones del ausente
El Premio León de Greiff al poeta Darío Jaramillo Agudelo confirma lo que sus lectores saben desde hace décadas, y es que estamos ante un poeta imprescindible de nuestra tradición. Su vida y su obra nos recuerdan que la poesía es conversación, lealtad y gratitud. Este homenaje que con este texto del poeta Federico Díaz Granados le hace CAMBIO, lo evoca en toda su dimensión humana y literaria.
Hace muchos años leo a Darío Jaramillo Agudelo, el poeta del amor, del cuerpo y de aquellas breves crónicas sobre el destino humano, la cultura popular y el paso del tiempo. Pocas veces lo vi como miembro de la llamada Generación sin nombre; en cambio pude conversar con él muchas veces cuando trabajé con María Mercedes Carranza en la Casa de Poesía Silva y con Mario Rivero en la revista Golpe de dados. Aquellos eran los años en los que él trabajaba como subgerente cultural del Banco de la República, y ya era reconocido como uno de los poetas más presentes en la memoria de los lectores colombianos sobre todo después de que su Poema de amor, “Ese otro que también me habita…” ganara por votación popular como el mejor poema de amor de la poesía colombiana. Eran los difíciles días de la guerra del narcoterrorismo y María Mercedes Carranza había organizado el evento “La poesía tiene la palabra”. Darío era el poeta que le gustaban los boleros, los tangos, las canciones de los Beatles y que sabía en su fuero interno que el mejor jugador de fútbol del mundo era José Manuel “El Charro” Moreno, el argentino que se incorporó a las filas de Deportivo Independiente Medellín en 1954. En 1989 un accidente le cambió la vida y fue la poesía el lugar seguro para ponerle palabras a la pérdida. A pesar de eso, el humor le permitía burlarse de sí mismo y no tomarse tan en serio como posibilidad de sobrevivencia. Entonces vinieron nuevos hermosos y desgarradores poemas, novelas, ensayos y reseñas que confirman su lugar en la literatura escrita en español.

El primer poema que me conmovió de Darío Jaramillo creo haberlo leído en alguna antología de poesía colombiana: Razones del ausente, el mismo título que utilizó Heriberto Fiorillo para el documental que hizo sobre el poeta. “díganle que hubo palabras que le hicieron creer en el amor / y luego supo que el amor dura / lo que dura una palabra” son algunos de los versos que siguen resonando en mi memoria.
Recordó el periodista antioqueño Diego Aristizábal en un video promocional de la Feria del Libro de El Tesoro en Medellín que cuando doña Inés Agudelo de Jaramillo iba a hacer vueltas en el centro dejaba a su hijo único en la Librería Aguirre para que se distrajera leyendo bajo la custodia del dueño Alberto Aguirre. Algunas veces el pequeño Darío llegaba con algunos libros a la casa hasta que un día llegó con un tomo rojo que contenía la poesía de León de Greiff. Doña Inés fue al día siguiente a devolver el volumen porque creía que se había tratado de un error, pero Alberto Aguirre aclaró que no se trataba de un error. El niño estaba tan sumergido y embelesado con esos poemas que el librero decidió obsequiarle aquel tomo.
Por su parte su padre, don Alfonso Jaramillo Velásquez, solía leerle poemas de Francisco de Quevedo en voz alta. Toda aquella música verbal de Quevedo y De Greiff se convirtieron en la materia prima de una vocación poética que lo acompañaría el resto de su vida. Su padre también le leía a san Juan de la Cruz y le regaló los Cuentos pintados de Rafael Pombo. Sin embargo, su gran maestro fue su bisabuelo Fernando Roldán: ““Don Fernando era un maestro nato —recordó Darío—. Me enseñó el alfabeto mientras caminábamos por el campo. Me decía: m con a, ma; m con e, me... y llegábamos a la casa para seguir armando palabras. Yo tendría cuatro o cinco años”. Otra figura entrañable fue su abuelo paterno, José Domingo Jaramillo. Ciego y hábil tejedor de cabuya, era también guardián de la tradición oral antioqueña: cuentos de mineros, relatos de aparecidos, fábulas de tres deseos. “Ir a su casa era una aventura —dijo Darío—. Yo siempre pedía que repitiera los cuentos y él, con toda generosidad, lo hacía”. Así, en su familia, aunque nadie había escrito poemas, la palabra estaba viva por todos lados, con una fuerza que más tarde se transformaría en vocación literaria.
En 1966 Darío Jaramillo Agudelo llegó a Bogotá. Se matriculó en Economía y Derecho en la Javeriana, carreras que nunca lo apasionaron, aunque disfrutaba el ambiente universitario y, sobre todo, la lectura sin descanso. En sus carpetas llevaba poemas escritos desde la adolescencia. Cuando iba en quinto semestre fue profesor de varios de sus compañeros en la universidad. Allí puso a leer Los viajes de Gulliver a Ernesto Samper Pizano, Noemí Sanín, Eduardo Posada y Gustavo Bell entre otros.

En ese año conoció a Juan Gustavo Cobo Borda, quien se convertiría en amigo y cómplice literario. En 1969 se conformó la llamada Generación sin nombre y se tomaron la icónica foto para la revista Lámpara en el patio de la casa de Juan Gustavo en la que aparecen Darío Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, José Luis Díaz Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, Álvaro Miranda y Augusto Pinilla. “Si no fuera por Cobo, yo sería poeta inédito, poeta secreto”, confesó. “Publicar no estaba en mis planes, por miedo: ¿quién le cree a un abogado que escribe versos?”. Una tarde en el Hotel Continental Cobo Borda y Jaramillo Agudelo estaban almorzando. Al momento de pagar Cobo lo detuvo y le dijo “No pagues. Ese dinero lo necesitas para dar un adelanto en la imprenta ABC de tu primer libro _Historias_”. El libro salió de imprenta en 1974 justo cuando Darío partía a Iowa. Quedó guardado en casa de una amiga, Sonia Jaramillo, donde un perrito decidió hincarle el diente a la edición completa. “Es tal vez el crítico más severo que he tenido”, bromeó Darío. Al regresar, solo unos pocos ejemplares habían sobrevivido.
Cuando llegó a Bogotá, Darío ya había leído a los nadaístas en Medellín —en especial a Jaime Jaramillo Escobar—, a León de Greiff y, como sol tutelar, a Walt Whitman. Pero la capital lo enfrentó a nuevas constelaciones: la Antología de Aldo Pellegrini, Czesław Miłosz, Blaise Cendrars, T. S. Eliot, César Vallejo. Esas lecturas lo consolidaron en una voz propia, a medio camino entre la herencia de la tradición y la exploración contemporánea, entre la poesía secreta y la publicada.
Así, entre recuerdos familiares, loterías de letras y amistades fundacionales se fue tejiendo el relato de un poeta que alguna vez quiso ser secreto, pero terminó por convertirse en una de las voces esenciales de la literatura colombiana. Quizá por eso Darío Jaramillo insiste en que habría podido quedarse como un poeta secreto, escondido en cajones, protegido por el miedo y la discreción. Sin embargo, la vida, los amigos, el tránsito de Santa Rosa de Osos a Bogotá, la voz de un abuelo ciego fueron tejiendo la certeza de que la poesía se nutre tanto de la intimidad como del azar. Darío eligió escribir las escenas de la infancia los nombres de sus mayores y las lecturas que lo marcaron. Solo así armó su genealogía verbal y sus grandes gratitudes.
La visita de Margarita Cueto a Medellín en 1968 es para mí uno de los poemas que marca un punto de inflexión entre la poesía coloquial y la crónica como registro poético en nuestro país. Margarita Cueto fue una cantante mexicana muy popular en los años treinta, voz habitual en la legendaria emisora XEW y figura de duetos célebres con Juan Arvizu, un tenor que gozó de fama en toda América Latina. Sus grabaciones llegaron a Medellín y quedaron incrustadas en la memoria musical de varias generaciones. Alguna vez invitaron a esta cantante, a sus ochenta años, a una de las fiestas populares de Medellín y ella quedó asombrada de que fuera una gloria en la ciudad. Esa historia real, en apariencia mínima, Darío la convirtió en otra: la transformó en poema, en crónica de un regreso inesperado, en metáfora de cómo el arte puede sobrevivir al tiempo y a la memoria de los pueblos.
La poeta Catalina González Restrepo, autora entre otros de los libros La última batalla y Dos veces extranjeros emprendió hace muchos años una aventura editorial con Darío Jaramillo Agudelo y Juan Camilo Sierra (q.e.p.d), pero antes ya había sido su lectora: “Primero conocí la poesía de Darío Jaramillo y me cautivó su voz fresca y directa. Luego tuve la fortuna de conocerlo personalmente, gracias a Juan Camilo Sierra, cuando trabajé en el Fondo de Cultura Económica. Allí editamos su Guía para viajeros. Después ellos dos fundaron Luna Libros, me llamaron para que fuera su editora y desde 2011 somos socios. Darío es un ejemplo de gestión cultural y editorial, de generosidad con poetas jóvenes, pero sobre todo es un lector y reseñista gozoso”. Y así es. Cada dos semanas llega al correo electrónico de miles de lectores y suscriptores de Luna Libros el boletín Gozar leyendo en el que el poeta reseña con generosidad y afecto libros de diversa índole y géneros literarios. Se trata de reseñas largas de los libros que lo han emocionado. Catalina se encarga de editar y preparar el envío digital. Desde hace algunos meses el boletín se publica también en la revista Cambio.
En el testimonio de Catalina se dibuja a un Darío Jaramillo no solo como poeta, sino como un gestor cultural que ha sabido tender puentes entre generaciones y lectores. Su oficio no se limita a la escritura, sino que se expande en la edición, en la conversación, en la crítica, en la capacidad de entusiasmar a otros con la lectura. Esa imagen encuentra eco en la voz de otros amigos y lectores que también reconocen en él a un hombre que convierte la literatura en una fiesta compartida.
Igualmente, el escritor Mario Jursich, uno de los lectores y amigos personales que más ha promovido la poesía de Darío Jaramillo Agudelo, recordó en el homenaje que le ofrecieron al poeta en el marco de FILBO 2025, el momento en el que escuchó por primera vez el poema De la nostalgia. También rememoró las muchas lecciones que ha recibido no solo de su obra sino del afecto y la amistad: “Sin duda, he aprendido —y sigo aprendiendo— mucho al leer a Darío, pero las lecciones involuntarias que he recibido en la cocina de su casa me han servido para todo tipo de cosas: desde descubrir autores que después se convirtieron en imprescindibles para mí hasta captar algunas de las malicias técnicas de la escritura, que con frecuencia son vaporosas y nada fáciles de identificar. Al escuchar a Darío, entendí la importancia de, por ejemplo, dar vida a la prosa con sabrosos coloquialismos, la diferencia de volumen que genera poner una frase entre paréntesis o entre guiones, y la dificultad, limítrofe con la magia, de convertir la sencillez en una fuente rebosante de misterios”. Y posteriormente agrega en concordancia con esa lealtad a la conversación y la amistad: “No tendré que decirlo: Darío ha sido siempre para mí ese interlocutor indispensable, ese amigo con quien la literatura se transforma en experiencia viva, en celebración y en fiesta. Gracias a él, intuí muy pronto que los libros, como la amistad, no existen para encerrarse en ellos, sino para abrirnos al mundo y a los demás”. Así lo que recuerda Jursich refuerza esa idea de que la literatura en manos de Darío se vuelve conversación, gesto cotidiano y aprendizaje casi doméstico. De su casa a las páginas de un libro, del coloquialismo al misterio, se va tejiendo una ética del encuentro.
El poeta dominicano Frank Báez es una de las voces más destacadas y originales de la poesía que se escribe en español en la actualidad. De igual forma se ha consolidado como un importante cronista que ha conquistado muchos lectores en Colombia. Para él la figura de Darío Jaramillo ha sido fundamental en su formación: “Darío es mi maestro y mi amigo. Estoy en deuda con él por todo el cariño que me ha dado a través de los años. A diferencia de otros poetas mayores, Darío no busca seguidores ni discípulos, su interés es la amistad, la conversación, el intercambio de ideas. Y su poesía me ha influido. Diría que me ha enseñado a explorar una veta emocional, a ponerle palabras al silencio, a escribir en susurros. Darío es tan cercano a los lectores de poesía porque es un gran poeta. Sin embargo, hay grandes poetas que no tienen esa cercanía, que para apreciarlos debemos mantener la distancia como si fuesen paisajes o catedrales. En el caso de Darío, su poesía nos hace reaccionar y la hacemos nuestra: la llevamos como un perfume, un tatuaje o un peluquín”.
En la gratitud de Frank se reconoce un maestro sin pretensiones, un escritor que enseña sin imponer, que convierte la poesía en una complicidad íntima. Esa cercanía ha marcado también a las nuevas generaciones de poetas colombianas, que encontraron en Darío no solo un referente literario, sino un acompañante generoso en sus propios caminos de escritura como bien lo afirma también la poeta María Gómez Lara, autora de los libros Contratono, El lugar de las palabras y Don Quijote a voces y ganadora del Premio Loewe de Poesía. Ella nunca duda en manifestar su gratitud con Darío Jaramillo desde aquel episodio en el que el poeta atravesó la ciudad con sus trancones y caos para aceptarle una invitación al colegio donde ella estudiaba hasta las diferentes tardes de conversación con él para revisar sus poemas: “Para mí Darío significa todo. A él le debo el aprendizaje de cada vez que me siento a escribir. Darío me enseñó a ser mejor lectora, a ser mejor editora de mi poesía, a pulir cada palabra, a esperar. El cariño enorme que le tengo a Darío me ha cambiado la vida. Y la admiración enorme que le tengo me ha cambiado la escritura”. A propósito del homenaje de FILBO 2025, María Gómez Lara recordó en su discurso que “Antes de conocer a Darío, yo ya repetía sus versos de memoria. Antes de conocerlo, ya era una adolescente triste que se refugiaba en la poesía para cubrir su soledad. Me recuerdo a los catorce años, con el pelo pintado de morado, repitiendo sus versos como un mantra: “Primero está tu soledad y luego nada”. Las palabras de María Gómez Lara revelan la manera en que la poesía de Darío se filtra en la vida de los jóvenes lectores y los acompaña en sus soledades e incertidumbres. Esa capacidad de acompañar desde los versos, de estar presente en los momentos formativos, también la recuerdan otras escritoras que lo han tenido como interlocutor constante y como cómplice de conversaciones literarias y afectivas.
Asimismo, opina la poeta y periodista Mónica Quintero Restrepo, quien dirigió durante varios años el suplemento Generación del periódico El Colombiano, autora del libro de poemas Tal vez a las cinco y quien adelanta el Doctorado en Español en la Universidad de Iowa, y ha tenido una relación cercana con el poeta. Han sostenido también una entrañable correspondencia donde el tema de los gatos es prioridad, incluido Rulfo, el gato de Mónica. De aquellas conversaciones han surgido muchas reflexiones sobre la poesía y la vida. Ella nos recuerda que: “Darío ha sido un maestro, desde que estoy niña. Uno de los primeros libros con los que me acerqué a la poesía fue Poemáquinas, una antología suya en la que le enseñaba a los niños a escribir poemas, y que apareció en mi biblioteca cuando tendría unos siete años, si acaso. Me presentó, por ejemplo, a Nicanor Parra, y también un poema de Monterroso, La fe y las montañas, con el que desde entonces me empezó a mostrar los no límites de la poesía. Sus poemas han sido compañía y, también, y, sobre todo, que la poesía está en la vida cotidiana, que ahí es donde hay que buscarla: en el amor, en los gatos, en los amores imposibles, en los fantasmas”. De esa correspondencia en la que caben los gatos y los fantasmas, la vida y la poesía, surge un Darío que enseña sin solemnidad y que recuerda que lo poético habita lo cotidiano. Esa cualidad de hacer de lo íntimo un territorio compartido resuena también en la lectura que de su obra hace Manuela Gómez, quien subraya la transparencia y a la vez el misterio de sus Poemas de amor. Manuela Gómez dirige en la actualidad el legendario Taller de Poesía de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y ha publicado los libros La vida como era y La hora de los satélites. Estudió la maestría de Creación Literaria, en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, y es lectora cercana de la obra de Darío Jaramillo Agudelo: “Agradezco que un poeta hable de su corazón, que diga: entre mi corazón alucinado, insecto de la noche, la ebriedad del instante. Transcribo ese verso y aprendo. Disfruto especialmente cuando convierte su corazón en insecto, en insecto de la noche. Mientras leo Poemas de amor de Darío Jaramillo hablo con los amores que he tenido y que tengo. No sé cómo lo hace y parece una obviedad, pero al leerlo me olvido que estoy leyendo, dejo de ver las letras y después, no pienso que el autor dice te amo, sino que soy yo la que lo hace. No es nada fácil hacer eso, aunque parezca. Celebro que un poeta de Santa Rosa de Osos lo haya hecho”. En la experiencia de Manuela hay un desdoblamiento revelador y es que los versos dejan de ser ajenos y se convierten en voz propia. Esa apropiación del amor y del lenguaje es lo que también han sentido quienes se acercaron a Darío en su juventud y nunca dejaron de leerlo con fervor.
Por su parte el investigador y escritor Darío Rodríguez, responsable de la compilación y edición del libro Poesía colombiana. Ensayos publicado por el Fondo de Cultura Económica en el que se recogen los ensayos que Jaramillo Agudelo ha escrito sobre poetas de diferentes generaciones y movimientos en Colombia y quien, además, se ha especializado en el estudio de su obra, recuerda con nostalgia: “Leí sus poemas en una antología que coordinaba Luz Eugenia Sierra, Poetas en Abril, hacia 1989. Iniciaba mi adolescencia y esos poemas, sobre todo los textos de la serie Libro de las mutaciones, le dieron un vuelco completo a mi vida como lector y como ser humano. Hallé una poesía que se servía de materiales cotidianos para construir revelaciones. Siguen siendo una iluminación esos poemas de los primeros tres libros. Poco después me volví un devoto lector de la obra completa, las novelas, los ensayos, las reseñas. Los libros de Darío Jaramillo han sido compañía y guía desde hace más de treinta años. Y las emociones altas del adolescente que lo leyó hace más de treinta años no se modificaron. Lo sigo leyendo con el mismo fervor”. Ese fervor prolongado en el tiempo muestra cómo la poesía de Darío no envejece: permanece como revelación constante, como un diálogo que nunca se agota. Lo saben también quienes lo han convertido en objeto de estudio académico y personal, como Melissa Serrato, para quien su obra fue primero descubrimiento juvenil y luego materia de dos tesis universitarias. A propósito del libro que compiló de ensayos sobre poesía colombiana, Darío Rodríguez reconoce que “con afecto y rigor reflexiona acerca de la poesía de sus contemporáneos y de los consagrados históricamente. Para que los lectores comprendamos de un modo más claro el valor de la palabra poética en un país como el nuestro, necesitado siempre de la poesía. Sin quererlo, a través de cuatro décadas, Darío Jaramillo fue escribiendo su propia y muy personal historia de la poesía colombiana”.
Melissa Serrato hizo su tesis de pregrado en periodismo sobre la obra de Darío Jaramillo Agudelo y posteriormente para la maestría en literatura hizo su estudio sobre la novela Cartas cruzadas, finalista, en 1997, del Premio Rómulo Gallegos_._. Hoy se desempeña como periodista cultural y corresponsal en Francia. Responde con afecto a la pregunta de cómo llegó a la poesía de Darío Jaramillo Agudelo y por qué decide hacer dos tesis sobre él: “Básicamente fue una tarea de una clase que se llamaba argumentación y debate, cuando estudiaba periodismo. El profesor nos daba un “tema” de investigación en cada clase, que debíamos conocer para la siguiente y tener preparada una presentación en caso de que nos correspondiera el turno (al azar). En esa ocasión el tema era: Poemas de Amor, de Darío Jaramillo Agudelo. Fui a la biblioteca de la Javeriana, saqué fotocopias solamente de los 14 Poemas de amor y no me di cuenta de que el libro entero eran los Poemas de amor. Esa tarde, al llegar a mi casa, me los leí y releí no sé cuántas veces con sorpresa y luego con devoción. Recuerdo que lo que me fascinó y todavía me deleita fue-es la manera como Darío logró precisar la contradicción y la paradoja del sentimiento amoroso: “Podría perfectamente suprimirte de mi vida […] Pero te amo”, “Acaso el silencio sea la única cordura del amor / y decirlo su locura más tonta”, “Primero y siempre está tu soledad / y luego nada / y después, si ha de llegar, está el amor”, “Sé que el amor / no existe / y sé también / que te amo”. Y, por supuesto: “Ese otro que también me habita, […] ese otro, / también te ama”. Al otro día volví a la biblioteca a fotocopiar el resto del libro y a buscar qué más encontraba de él. Descubrí que era un autor vivo, colombiano y que vivía en Bogotá, así que me dije que algún día iría a algún recital para “saber quién había escrito”. Unos semestres más adelante, tuve una clase de Crónica periodística y el trabajo final era hacer una crónica, yo, que nunca hago caso de las consignas como me son dadas, no quise hacer crónica, sino perfil y decidí darme a la lucha (porque fue una lucha) conseguir una entrevista con Darío. Ese perfil salió bien, incluso se publicó en la revista de la Facultad, a pesar de que la entrevista que logré fue muy breve y más bien cortante. Años después supe que Darío había estado enfermo por esa época, lo que explicaba esa distancia. Unos meses después, le llevé a su oficina la revista en la que se había publicado ese artículo. Ese día me recibió un Darío más sonriente, más afable y sin corbata me dijo que esa revista había llegado a las manos de su madre, en Medellín, sin la intercesión de él. Me agradeció y cuando se disponía a despedirme, le dije que yo quería saber más, acercarme a su poesía, a sus novelas, a él, y que, si estaba de acuerdo, en el siguiente y penúltimo semestre de mi carrera, quería hacer mi tesis sobre él. Recuerdo que abrió los ojos y me dijo que a quiénes quería entrevistar, yo le hice una lista de memoria de algunas personas que sabía que podían ser claves a la hora de escribir un “reportaje biográfico” sobre él. Sólo me escuchó decir los nombres y terminó agradeciéndome de nuevo y sólo me dijo: “Bueno, me cuentas si me necesitas a mí”. Así fue para la tesis de periodismo. Luego, para la de la maestría en Literatura, hice una investigación sobre Cartas cruzadas como tesis de grado. Al otro día de la sustentación, Darío me llamó a felicitarme. Nunca lo voy a olvidar. La generosidad de Darío es sin límites. Luego para la maestría que hice aquí en París sobre Literaturas románicas, el proyecto de final de maestría fue un estudio comparativo de Poemas de amor y Amores imposibles.
El editor español Manuel Borrás, fundador y director de la mítica editorial Pre Textos, ha sido no solo el editor de la obra poética y narrativa de Darío Jaramillo Agudelo sino uno de sus amigos más cercanos y de mayor confianza y cercanía. Fue oferente en los homenajes que le han rendido a Darío en el Gimnasio Moderno en 2017 y en la FILBO en 2025 y allí ha ratificado ser un custodio del legado literario de su amigo. Al ser uno de los referentes del mundo editorial en lengua española tiene claro que el mayor aporte de Jaramillo Agudelo a la poesía escrita en español es “Sentimiento y autenticidad, ¿qué más se le puede solicitar a un poeta?”. De igual forma afirma que, como editor, ha aprendido de este poema “A que tenemos la necesidad moral de hacer solo aquello en lo que verdaderamente se cree, sin hacerle la más mínima concesión a la comodidad. El pacto con la poesía es el de la amistad, y la amistad nos obliga a ser leales y sinceros. En poesía no cabe el amiguismo”.
Su trayectoria y su obra han recibido numerosos premios nacionales e internacionales entre los que se destacan el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en 2017 por su libro El cuerpo y otra cosa y el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en 2018. Sin embargo, recibir el Premio León de Greiff tiene el significado de que se trata un premio que lo conecta con aquel niño que él era y que iba a la librería de Alberto Aguirre en el centro de Medellín. Además, Darío ha sido el responsable de la promoción de la obra de León de Greiff en otros países como México y España a través de las ediciones de Pre Textos y el Fondo de Cultura económica de la obra del autor de Tergiversaciones. Así que se trata de un premio con “Justicia poética”.
Precisamente para Catalina González “el Premio León de Greiff para Darío es un acto de justicia poética, pues lo empezó a leer (a de Greiff) desde la infancia e influyó en su poesía. Es un reconocimiento a la obra de dos poetas antioqueños que están entrelazados”. En la misma dirección opina Frank Báez quien afirma que “Al entregarle el premio a Darío se lo están dando a uno de los grandes poetas vivos de nuestra lengua. Y, además, Darío tiene la peculiaridad de que es muchos Daríos. Por un lado, está el poeta, y por el otro el novelista, el ensayista, el reseñista, el pensador, el intelectual, el gestor y el editor. Cada una de estas facetas merecen un premio. Por lo que darle el premio a Darío equivale a entregárselo a una multitud de personas. Si uno lo piensa, le sale barato a la organización que entrega el Premio León de Greiff”. Desde Iowa Mónica Quintero Restrepo resalta que “Darío tiene una trayectoria de toda la vida en las letras. Y por eso hay que decirle gracias, y reconocerlo, no solo por su poesía y sus novelas (todavía recuerdo la imposibilidad de dejar de leer Cartas Cruzadas, sino por el apoyo a otros poetas, a visibilizar las obras de otros, de los que empezamos y de los escritores que muchos no conocemos, pero que él sí como gran lector que es. Y, además, los premios también son importantes para que más personas, si es que no lo han leído, lo lean más, que su poesía siga llegando, esparciéndose, que se entre en muchos más”.
La poeta Manuela Gómez comenta: “Dijo Ezra Pound que la maestría de cualquier arte es el trabajo de una vida. Me alegra que se reconozca la fidelidad de Darío Jaramillo con la poesía a través del tiempo, creador, compilador, que seguro lo ha pagado caro con su persona. Como dice en uno de sus poemas: Es dura esa vaina de ser poeta; encontrar un buen epígrafe/ no es tarea fácil para aprendices. / Es duro ser poeta, / aunque era más difícil antes/ cuando los versos tenían rima / y no había estado Lucy in the sky with Diamonds”. A esta celebración se suman las palabras de Darío Rodríguez: “El premio renace este año con Darío Jaramillo. Eso es una bendición por el contexto del festival del libro y la lectura. Se está premiando a un apasionado lector y poeta para celebrar a la literatura misma como acicate de lectura y escritura. Además de premiar a una obra impecable, se está premiando también a una generación de escritores y escritoras que, desde los años sesenta, le concedieron un lugar más universal sobre todo a nuestra poesía”. Y Melissa Serrato nos comparte una sensación personal: “Darío ha recibido con numerosos premios, tanto a nivel nacional como internacional, y creo que en este caso lo que es más importante es el hecho de que se reconozca en su país y concretamente en Antioquia, su tierra, lo que Darío les ha regalado a sus lectores. Creo que la importancia radica en el valor de decirle a alguien, en vida, que lo que ha creado y dado cuenta, se aprecia, se quiere y tiene significado para los que hemos recibido lo que él ha querido ofrecer. Yo estoy pasando por el momento más difícil de mi vida y tenía ganas de hablar con Darío desde hace tiempos, y al otro día de que se ganó el premio, lo llamé a felicitarlo. Lo hago siempre que recibe un premio. Hablamos de mí, me escuchó, me preguntó, me regaló palabras amables y empáticas, y remató con toda la ternura de la que es capaz diciendo: “me voy a ganar más premios para que me llames más Alguna vez Darío, con su sentido del humor, recordó que un recital suyo era como ir a un bingo porque la gente empezaba a gritar: “uno… ocho, cuatro y trece” y sobre todo trece que es uno de los poemas preferidos de muchos lectores de poesía. En eso concuerdan María Gómez Lara, Manuela Gómez, Mónica Quintero Restrepo y Frank Báez, quien recordó que en la pasada FILBO en una lectura que compartieron. “El cerró con ese poema (Primero está la soledad) y lo leyó tan bien y en el momento justo y adecuado que nos dejó ensimismados. Cuando yo volví en si me fijé en el público y había gente quitándose las lágrimas con los dedos y con las caritas risueñas”. Y Manuel Gómez rememora “Lo leí en la Universidad, lo fotocopié, lo transcribí en mis libretas, lo di a leer. Confieso que me aferré a ese poema en momentos precisos de desamor.
Para Melissa Serrato ese poema inolvidable de Darío es “uno muy extenso que Darío escribió bajo la piel de Juan Esteban, uno de los protagonistas de su novela Cartas Cruzadas. Se llama Una noche (como cuatro más de esa serie), se encuentra precisamente en el libro Los poemas de esteban (1995) y te dejo un fragmento: “[…]no hay regresos, lo sabemos, pero no descanso de olvidarte, / me gasto cada noche entera contigo, olvidándote. Tú bien lejos y yo aquí contigo / olvidándote, olvidándote. […] Cuando el amor acaba todo recuerdo tortura, olvidando se convierten en espinas las dichas del pasado”. “Estoy en guerra con lo que tengo de ti, un fantasma que se apodera de mis noches, / la rabia de saber que no es el tuyo, cuando abrazo otro cuerpo. / Tengo que purificarme de ti, suicidarme de ti, mudar la piel que tú acariciaste. / Tengo que matarte en mí para no ser sólo un pedazo de pasado”.
¿Por qué la poesía de Darío Jaramillo Agudelo resulta tan cercana a los lectores? Por su sencillez, por hablar de la hondura humana desde la conversación cotidiana: Mónica Quintero cree que es así: “Porque Darío es un poeta cercano por su generosidad, y por lo que ya dije: nos habla de la vida cotidiana. Eso también nos pasó a nosotros. Y, sobre todo, que nos recuerda cosas fundamentales, básicas, para sobrevivir: “…que primero y siempre está tu soledad y luego nada y después, si ha de llegar, está el amor”. Aunque yo siempre me voy a quedar con sus poemas de Gatos. Darío es el mejor amigo de mi gato Rulfo”.
A lo que Melissa Serrato agrega: Darío sí que lo es: logra condensar el mundo en unos versos, un mundo capaz de hablarnos al oído, de explicarnos a nosotros mismos esto que es la vida, con sus desventuras y dichas, cualquiera que sea el ámbito que aborde. Pero es verdad que Darío es muy conocido entre los lectores por sus Poemas de amor, lo que es más que normal, porque: ¿quién que de verdad haya amado, no se ha atrevido a escribir o regalar un verso de amor, como si regalara el mundo entero? Y es que en los versos de amor de Darío cabe esa palabra enorme que es el amor y sus contradicciones. Sin embargo, la obra de Darío es mucho más que esos poemas de amor. Es una fuente de sabiduría para llegar a uno mismo”. Algo que reafirma María Gómez Lara: “Creo que Darío es un poeta que conmueve, que nos estremece en lo más hondo, en lo más humano. Un lector o lectora de Darío se encuentra con las palabras exactas para algo que sentía, pero no sabía cómo decirlo hasta que Darío dio con las palabras que no sólo nos cuentan, también nos cantan”.
El juego con las voces múltiples es otra constante en su obra. Sus personajes –Esteban, Sebastián, Luis Jaramillo–, o las confusiones de identidad que lo persiguen (un crítico peruano al que creían su seudónimo, un novelista en Valencia con su mismo apellido) responden a una convicción: dentro de cada persona habitan muchos. “La identidad personal es una ficción –sostiene–. Dentro de uno desfilan varios, contradictorios, y la poesía es el lugar donde esos otros pueden hablar.”.
En la vida y en la obra de Darío Jaramillo se cruzan las genealogías de la palabra: el bisabuelo que enseñaba a leer al aire libre, el abuelo ciego que repetía cuentos infinitos, el padre que recitaba sonetos como si fueran canciones, los nadaístas que lo deslumbraron en Medellín, Whitman como sol tutelar y Parra sacudiendo la solemnidad de la poesía para devolverle la risa, la conversación y la irreverencia.
El Premio León de Greiff es la recompensa a ese camino, a esa lealtad, a esa insistencia. Por eso muchos lectores sabemos que “Primero está la soledad” y de muchos amores imposibles. Porque en la voz de Darío Jaramillo la poesía se parece a lo que siempre debió ser. A ese gesto de gratitud que como un eco que regresa, nos permite volver a las canciones de Margarita Cueto o Rolando Laserie. Al final la vida, con sus luces y sombras valió la pena así no hubiera podido ser delantero del Independiente Medellín. Sus versos ya hacen parte de la memoria colectiva de un país como prueba luminosa de que los poetas y sus palabras, como las estrellas lejanas, nunca se apagan. Permanecen.
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