
La cancelación: una conversación necesaria
'El cierre', de Paloma Cobo Díaz, es un ensayo sobre la práctica de boicotear y denunciar en la red a personas por sus discursos y comportamientos políticamente incorrectos, que explora los alcances y los límites de esta sanción social como una nueva forma de hacer justicia.
Este libro habla de la cancelación, que según su autora consiste en denunciar a alguien y participar en un boicot en su contra por algo que ha dicho o hecho; en limitar sus posibilidades de expresarse, excluirlo de los grupos a los que pertenece y “avergonzarle en público”. La cancelación es un mecanismo que usan personas y grupos que han sido discriminadas por su raza, etnia, género, sexo o preferencias sexuales. Es una práctica que mucha gente desconoce porque ocurre principalmente en internet y en las redes sociales. Desde luego, es una forma de protesta y una manera más expedita y menos engorrosa de hacer justicia, lo cual muestra que la justicia no ha funcionado. Pero tiene sus inconvenientes. “La cancelación, debido a su informalidad, a la efervescencia y a la falta de reglas fijas, puede tener muchos errores, desproporciones, imprevisibilidad y transitividad”, dice Paloma Cobo Díaz. Y de eso, de señalar las injusticias que pueden cometerse por tratar de hacer justicia -y de proponer una discusión mejor, más constructiva- trata principalmente este libro. Aun a riesgo de que “termine yo cancelada”, agrega.
Por eso, valgan sus aclaraciones. Su obra no es una defensa de los abusadores ni de los violadores. Se ocupa más de los discursos y de las palabras más que de los actos. Se refiere principalmente a esas zonas grises, a esos “casos nimios” que no constituyen delito como por ejemplo “a gente que ha sido cancelada porque no publicó lo suficiente, tan solo una imagen, apoyando al movimiento antirracista en redes sociales durante el periodo de Black Lives Matter”.
La cancelación preserva y autoriza el deseo de castigar: “Las víctimas desean que los victimarios paguen y que sufran, ojalá mucho”. El castigo puede convertir al individuo castigado en un chivo expiatorio y revivir así una justicia arcaica (el ostracismo) o religiosa (el chivo expiatorio), viejos rituales de odios compartidos, cartas blancas para reproducir conductas abusivas. Cobo cree que la justicia debe hacerse con las víctimas, desde luego, pero no que haya una sola justicia para las víctimas ni que sean ellas las únicas llamadas a diseñarla ni a ejecutarla.
La cancelación es un mecanismo que usan personas y grupos que han sido discriminadas por su raza, etnia, género, sexo o preferencias sexuales. Es una práctica que mucha gente desconoce porque ocurre principalmente en internet y en las redes sociales. Desde luego, es una forma de protesta y una manera más expedita y menos engorrosa de hacer justicia, lo cual muestra que la justicia no ha funcionado.
Si la cancelación ocurre por un caso “nimio” y contra alguien que “más que un superior, es un par con mejor suerte”, puede tener algo de regocijo en la desgracia ajena, de envidia y de venganza. Los tuits sobre personas canceladas están acompañados de emojis de fiesta y celebración, de risas. “Que alguien pague por una falta cometida no debe ser fuente de placer”, afirma Cobo. Y sin embargo ella sintió regocijo cuando los medios colombianos expusieron en las redes al profesor que la acosó en su universidad. No fue ajena a la “pulsión punitivista” que está cuestionando. Esa contradicción, esas dudas que expone a lo largo del libro (cuándo sí y cuándo no, cuándo es justo y cuándo es un exceso), las alusiones personales que indican más interrogación que certeza, marcan un tono que lo aleja del texto académico y lo acerca, para bien, al ensayo literario, ese que inventó Montaigne, que no excluye la subjetividad y no trata de imponer verdades.
¿Cuánto castigo? ¿Con qué fin? ¿Para qué el castigo? Dice Cobo: “Las instituciones de justicia han sido moderadas durante siglos no para ser como un rayo que juzga, sino como un tejido suelto que se amolda a las condiciones y permite que se le escapen cosas entre las fibras”. Es tal vez una cuestión de tiempo. La justicia evoluciona y decanta con los años y no debemos erradicar los discursos indeseables, menos en los ámbitos universitarios, que nacieron para el debate de ideas y no para la protección de una “generación de cristal”, que debería desarrollar “más callo y más dureza”.
¿Y qué hay de la cancelación del arte y los artistas? El libro tiene un capítulo dedicado al pintor Balthus y a su cuadro El sueño de Teresa. Primero, una exposición de su obra fue boicoteada en Alemania, acusada de pedofilia. Luego, una mujer de 30 años, Mia Merril, hizo una petición respaldada por 11.500 personas para que El sueño de Teresa fuera descolgado del Museo Metropolitano de Nueva York, o presentado con mayor contexto, porque, para ella, el cuadro romantizaba la sexualización de una niña y atentaba contra la salud pública y la seguridad de las mujeres. Al exhibir esa obra “para las masas”, el Met estaba apoyando el voyerismo y la cosificación de los niños, planteaba Merril en su petición. Para Cobo, admiradora de esa obra, Teresa es una agente de seducción y no solo una víctima: “La fantasía se vuelve peligrosa cuando se ejecuta. El resto del tiempo es vergonzosa, desagradable para algunos, pero inofensiva. Intentar controlar la fantasía, en cambio, está en el centro de las relaciones de opresión y tiranía”.

A Cobo, el cuadro le parece a la vez asqueante y atractivo: “Por eso creo que no debería ser descolgado. Por eso tampoco debería ir acompañado de un cartel que advierta que su contenido puede resultar perturbador. El cartel busca evitar que alguien que camine distraído por un museo se sienta incómodo con esa imagen (una niña que es ya un ser deseante y deseado). Pero una de las cosas que hace el arte es, precisamente, incomodar… Ese cartel, a primera vista inocuo, anticipa, dirige y limita la interpretación. Nos explica que lo que debemos ver es una forma de producción artística basada en la violencia de género y en la explotación, y dificulta ver aquello que muchas vimos: un reflejo de nosotras mismas, de nuestra sexualidad incipiente de niñas, de algo que late, pero no se conecta del todo”.
Esto en el caso del contenido. ¿Qué hacer entonces cuando la obra es cancelada por la vida de quien lo hizo? Si el autor está muerto o vivo, el boicot se dirige contra la difusión de sus obras. ¿Qué hacer con el arte de “los hombres monstruosos”? Claire Dederer, citada por Cobo, propone hacer lo que ella hizo con una película de Woody Allen: “Ver Annie Hall es sentir por un momento que uno pertenece a la humanidad. Al verla, uno se siente casi asaltado por esa sensación de pertenencia. Esa conexión puede ser más hermosa que el amor mismo. Y eso es lo que llamamos gran arte, en caso de que lo estés preguntando. Mira, no puedo ir por ahí sintiéndome conectada con la humanidad todo el tiempo. Es un placer infrecuente. ¿Y se supone que debo renunciar a ello solo porque Woody Allen se portó mal? No parece justo”.
La cancelación ha sido utilizada “especialmente la derecha populista”, para crear pánico. Para ellos, en las instituciones culturales y educativas hay una importante influencia marxista, de pensamiento crítico feminista, queer y antirracista. Por ese uso político, los movimientos progresistas han decidido no participar en esa discusión, para no darle armas a la derecha. Un error, una estrategia que no funciona. Y, no obstante, cada vez hay más críticas a la cancelación que proviene de los movimientos progresistas o sus aliados.
Es un error pensar que quienes son cancelados son los conservadores radicales. En realidad, la cancelación en línea se dirige a personas de centro o centro izquierda, por lo general progresistas, muchas veces mayores que quienes los cancelan. “El podcaster que es abiertamente antisemita no queda envuelto en una polémica en redes sociales. Esto se debe a que los cancelables y los potenciales canceladores no hacen parte de la misma conversación”. El blanco de la cancelación son los liberales que, aunque tienen ideas que ellos mismos consideran progresistas, no comparten, o no tan radicalmente, los principios de interseccionalidad e inclusividad por los que otros grupos abogan. La cancelación es una brecha generacional. Usualmente comparten las mismas ideas: defienden la vida de las personas trans, el matrimonio homosexual, luchan por el racismo y la igualdad entre hombres y mujeres. Años atrás, serían de izquierda, hoy son los cancelados, “los liberales reformistas que postergan la revolución”. Opera acá “el narcisismo de las pequeñas diferencias” que se fija en “lo que me distingue” y no en “lo que nos asemeja”. ¿Y los conservadores? Bien, gracias: ni siquiera se dan por enterados.
Otro capítulo del libro está dedicado al episodio final de la serie Seinfeld, que poco gustó porque es un juicio a sus protagonistas y a los espectadores, por ser culpables de perder el tiempo viendo a cuatro amigos tratar mal a otras personas, sin consecuencias. Al ser condenados y enviados a la cárcel, “cancelados” al fin por sus actos, se acaba la comedia, se acaba el nihilismo y el humor, “la razón misma de la serie”. Y también del humor. Si le ponemos límites a los chistes sobre temas polémicos, ¿qué ganamos? Solemnidad. ¿Y que perdemos? No es cierto que hacer chistes sobre algo le reste importancia, dice Cobo. “Nos da risa lo que nos importa. La materia de los mejores chistes es la muerte, el sexo, el miedo, el poder. El chiste, al romper el tabú solo por un instante, lo reactualiza: si nos reímos es porque la prohibición aún funciona. También me parece difícil creer que controlando los chistes se transforma aquello que los hace problemáticos: que prohibir todos los chistes racistas y cancelar a quienes los hagan terminará con el racismo”.
Al final, la autora propone varias opciones para moderar los excesos en que ha incurrido la cancelación, los “casos nimios” que se originan en las palabras y en los discursos, no en los actos ya tipificados como delitos. Para ello, habría que evitar discutirlo en las redes, habría que bajarle a la “pulsión punitivista”, dejar de buscar chivos expiatorios y quitarle a “los hombres monstruosos” el dominio de sus obras. Habría que empezar por leer este libro, necesario para esa conversación.
Paloma Cobo Díaz
El cierre (Sobre la cancelación)
Ariel, 2025.
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