
La crítica: un diálogo sobre la vida actual
En esta entrega, los autores hacen la reflexión 'El íntimo desdén: anatomía de una emoción contemporánea'.
Por: Manrike y Xuehka
Hay emociones que, como destellos imprevistos, se encienden en la carne y la recorren con la violencia de un relámpago. Pienso en el odio, la tristeza o la alegría, y cuya irrupción, aun cuando nos desgarre, nos hace sentir todavía vivos, tocados por una energía que nos arrastra hacia los otros o contra ellos; pero existen también otras emociones, menos visibles, que se presentan con un aire tibio, casi insípido, y que en lugar de estallar se deslizan silenciosamente, ocupando con su frialdad cada recoveco de nuestra vida hasta corroer, con una eficacia mayor que la de cualquier pasión ardiente, aquello que alguna vez parecía indestructible.
A esta familia pertenece el desdén, que no se proclama a gritos ni se desata en gestos violentos, sino que se insinúa apenas en el rictus de una boca, en la curva de una ceja alzada o en el silencio obstinado con que se rechaza la presencia del otro. Y que, sin embargo, bajo esa apariencia de discreción, alberga un poder devastador: el de degradar lentamente, expulsar sin estruendo y reducir al otro a la condición de sombra, a la experiencia insoportable de sentirse, en medio de todos, como si no existiera.

David Hume, en su Tratado sobre la naturaleza humana, fue uno de los primeros en señalar que el desprecio no nace de un agravio recibido, como la ira, sino de la comparación silenciosa que establece aquel que se percibe superior frente a quien juzga inferior. Se trata, por tanto, de una emoción de juicio, de medida y de distancia. No responde a un acto preciso, sino a una falta percibida, a un desajuste respecto de un ideal íntimamente asumido. A menudo, “nos distanciamos de los que desdeñamos”, escribe Hume. No podemos contemplar con indiferencia absoluta a los otros, sobre todo a los más cercanos, sin que se despierte en nosotros una emoción, aunque sea leve, de orgullo o de desprecio. El desdén no busca herir ni castigar; su finalidad es otra, la de situar al otro en un escalón más bajo, dentro de una jerarquía invisible que, sin embargo, organiza con la misma eficacia que las leyes o las instituciones la trama de la vida social.
Lo íntimo del desdén, que al comienzo apenas se insinúa en un gesto mínimo, en la mano que se aparta o en la sonrisa que ya no alcanza los ojos, termina por crecer con la obstinación de una maleza que se adueña del jardín abandonado, hasta transformar por completo el paisaje de la vida compartida. Allí donde antes hubo palabras de ternura, queda tan sólo la ceniza fría de la indiferencia, que se extiende como una costra sobre las horas domésticas, y que, sin embargo, rara vez se nombra. Basta un silencio prolongado en la mesa o una carcajada que se deforma en ironía, para que se instale la certeza de que entre dos cuerpos ya no hay reconocimiento posible.
La escena, que parece inevitable en ciertos destinos amorosos, fue observada con precisión casi clínica por Alberto Moravia en su novela El desprecio, en la que al final Emilia, después de haber agotado todas las tretas del disimulo y del cansancio, pronuncia las palabras prohibidas: “¡Te desprecio!”. Y con ello introduce en el ámbito íntimo una violencia más corrosiva que el odio mismo, porque ya no arde ni hiere, sino que congela, petrifica y deja al otro reducido a una figura de yeso, inmóvil e inerte, semejante a esos maniquíes de museo que, pese a su apariencia humana, nunca lograrán devolvernos la mirada.
María Mercedes Carranza lo expresó en versos que hieren como cuchillos nuevos:
“Se dispersan las risas, se deforman.
Hay cenizas en las bocas
_y el íntimo desdén_”.
El poema muestra la otra cara del desprecio. El amor convertido en ceniza y la ternura que se transmuta en silencio.
Lo que en el caso de un matrimonio se resuelve en una crisis final, en la ciudad se convierte en el telón de fondo de la vida cotidiana. No hace falta levantar la voz ni blandir un arma. Es suficiente con el gesto apenas perceptible con que se aparta la mirada, con el tono condescendiente con que se responde a una pregunta o con el silencio cargado de exclusión en una reunión. Así circula el desdén en las urbes modernas, como una moneda invisible que establece sin cesar rangos y fronteras, más eficaces incluso que las leyes escritas, porque no necesitan imponerse, sólo repetirse hasta hacerse costumbre. De ahí que los migrantes sean reducidos a sus acentos, los vecinos a sus estratos, los artistas populares a la supuesta indignidad de su origen, y los funcionarios a la caricatura de su ineptitud.
Tal vez la anatomía más precisa del desdén entre nosotros la encontramos en la literatura colombiana. En la ficción bogotana, sus huellas indican un camino oculto que atraviesa distintas épocas y registros narrativos, y se dejan rastrear en novelas tan dispares como El día del odio de Osorio Lizarazo, Matías de Fernando Ponce de León, Los parientes de Ester de Luis Fayad, Fiesta en Teusaquillo de Helena Araújo, En diciembre llegaban las brisas de Marvel Moreno (ficción barranquillera), El mensajero de Agartha de Mario Mendoza, Iménez de Luis Noriega, Juego de niños de Guido Tamayo, Animales del fin del mundo de Gloria Susana Esquivel o Las distancias de Sergio Ocampo Madrid, por mencionar algunas. En cada una de ellas, aunque las situaciones cambien y los personajes adopten nombres y oficios distintos, se repite la misma escena esencial: “¡Te desprecio!”.
En El día del odio, esta emoción se multiplica en la multitud que recorre la ciudad, donde la violencia explícita no oculta la indiferencia más corrosiva, la del vecino que se acostumbra a la miseria del otro. En Matías, el desdén aparece en el modo en que se naturaliza la humillación cotidiana. En Los parientes de Ester, se infiltra en la vida familiar como un polvo que cubre los muebles, inevitable y pegajoso, marcando jerarquías dentro del mismo linaje. En Fiesta en Teusaquillo, se disfraza de cortesía burguesa, de conversaciones banales y risas ensayadas. En En diciembre llegaban las brisas, el desprecio se convierte en el lenguaje secreto de la vida barranquillera: regula la sexualidad femenina, impone jerarquías de clase y raza, y convierte matrimonios y amores en campos de batalla, hasta que toda la vida íntima queda sometida a un orden de humillaciones. En El mensajero de Agartha, incluso en medio de los suyos, el protagonista se siente invisible, porque aunque lee y escribe con pasión, nadie lo reconoce. El desprecio opera allí como un aprendizaje colectivo: se enseña a los niños a ignorar, a callar y a fingir que el otro no existe. En Iménez, se ejerce desde el poder como indiferencia calculada. La sociedad se divide bajo una cúpula custodiada donde unos viven en abundancia y otros, los parias, están condenados a la escasez moral y material. La ejecución es el desprecio en su forma más siniestra. En Juego de niños, se vuelve un juego cruel, una pedagogía de la exclusión que enseña a los pequeños, desde temprano, a distinguir entre los que pertenecen y los que deben ser expulsados. En Animales del fin del mundo, adquiere una forma más sutil, cuando la protagonista empieza a reconocer, sin palabras, el desdén con que la sociedad jerarquiza incluso los afectos más tempranos. En Las distancias, se convierte en geografía. Transforma las distancias sociales en un motivo narrativo central: están en la ciudad, en la familia, en el trabajo y en la memoria íntima. Lejos de ser abstractas, estas diferencias se viven en lo cotidiano, un apellido, un barrio, un título o una puerta cerrada, y se convierten en la trama de una vida marcada por la búsqueda de reconocimiento y pertenencia.
Hume observó que una gran diferencia nos obliga a producir distancia, y esa distancia, cuando se convierte en hábito, opera como una muralla interior que separa a los unos de los otros, aun cuando compartan la misma calle, el mismo transporte o la misma mesa. No es una violencia bulliciosa, pero sí constante, un ruido de fondo que corroe como la humedad en las paredes antiguas. Y lo más revelador es que este desdén no fluye en una sola dirección, lo reciben los subordinados, pero también lo devuelven, cargado de ironía o de resentimiento, como quien arroja una piedra pequeña pero filosa al muro de una casa inaccesible. Así se levanta un teatro de espejos en el que cada figura multiplica su reflejo en la del otro, y en donde nadie se reconoce como igual, sino como impostor o como inferior, hasta que todo el conjunto se asemeja a una galería de retratos deformados, en los que lo humano queda reducido a una mueca perpetua de sospecha.
Podría pensarse que el desdén es una emoción menor, un temblor superficial que apenas roza la piel de nuestras vidas y que no merece mayor atención, pero basta detenerse un instante en el curso de un día cualquiera para advertir hasta qué punto se encuentra diseminado en todos los espacios de nuestra existencia, como una sustancia invisible que impregna el aire que respiramos. Está en la oficina, cuando el saludo que extendemos queda suspendido en el vacío, como si jamás hubiera existido; está en el aula, donde una idea, aún incompleta pero quizás prometedora, es descartada antes incluso de alcanzar el oído del otro; está en la calle, donde el mendigo, sentado a la intemperie, se vuelve transparente a la mirada de los transeúntes; está, en fin, en la política, donde el antagonismo ya no se alimenta tanto del odio, que al menos concede al adversario el rango de enemigo digno, como del desprecio mutuo, que lo rebaja a la condición de alguien indigno de réplica, una sombra con la que no se dialoga sino que se la deja hablar sola.
El desdén se esconde bajo el manto de la indiferencia, y por ello parece inocuo, pero esa neutralidad es un espejismo, porque en verdad define jerarquías, enfría los afectos, erosiona la confianza y opera con una eficacia mayor que la de cualquier violencia declarada, precisamente por su carácter discreto. Nadie podría decirse herido de muerte por una ceja arqueada, y, sin embargo, esa ceja que se levanta una sola vez puede dejar una cicatriz que no se borra con los años. Quizá por eso el desdén resulta más corrosivo que la ira, pues el odio, aun cuando duele, es capaz de despertar una respuesta, de suscitar un contraataque, e incluso de avivar una pasión renovada, mientras que el desdén no enciende nada. Aniquila el deseo mismo de responder y nos reduce al silencio de quien ya no espera reconocimiento.
Y entonces surge la pregunta, que no es retórica sino urgente: ¿es posible una sociedad fundada en el reconocimiento y no en el desprecio? Hume veía en el desdén la huella inevitable de la comparación, esa manera constante que tenemos de medirnos unos frente a otros, y si su diagnóstico es correcto, el desdén sería inseparable de la condición humana, como una sombra adherida al gesto más inocente, porque no habría comunidad sin jerarquía ni vínculo, sin la insinuación de una superioridad apenas perceptible. Martha Nussbaum lo formuló de manera tajante al recordar que la tendencia a estigmatizar y excluir a otros seres humanos no proviene únicamente de una historia deficiente, sino que está inscrita en la naturaleza misma de la especie. Sin embargo, cabe pensar lo contrario, o al menos abrir un resquicio a esa posibilidad, que si reconocemos el daño que inflige esta emoción, podamos ensayar gestos de empatía, de atención, y de cuidado, y que la fragilidad del otro, en vez de motivo de distancia, se nos vuelva ocasión de cercanía, como si en el roce tembloroso de esa vulnerabilidad compartida se encontrara aún una esperanza, tenue pero necesaria, de comunidad.
El íntimo desdén es, si se me permite la metáfora clínica, la enfermedad secreta de nuestra época, un mal que no produce llamas ni estruendos, pero que enfría la vida hasta volverla inhabitable, como esas corrientes subterráneas que corroen sin que nadie las advierta los cimientos de una casa, de modo que un día, cuando ya nada lo anuncia, la estructura entera se derrumba; no mata de inmediato, pero va despojando de valor, uno tras otro, los objetos, los gestos y hasta los rostros que toca, y en su espejo nos descubrimos nosotros mismos, fríos, insensibles e incapaces de asombro, como si el mundo hubiera perdido no sólo el calor de lo humano sino también la vibración de lo milagroso, y sólo cuando logremos nombrar esa frialdad, desenmascarar en su pequeñez los gestos con que se manifiesta, podremos tal vez imaginar otro lenguaje, uno en el que la ceja alzada no sea signo de desprecio sino mirada compartida, y el silencio, en lugar de exclusión, se vuelva escucha.
Vivimos, lo sabemos, en sociedades jerarquizadas, indiferentes y desiguales, donde las diferencias sociales se organizan en escalas que recuerdan a las antiguas castas de la India, que en Colombia se denominan estratos, seis según la clasificación oficial, aunque algunos aseguran que son nueve o diez, y que incluso existe un estrato cero, reservado para los miserables, los excluidos y aquellos que apenas consiguen subsistir, y lo que nació como un mecanismo de justicia distributiva, que los pobres pagaran menos por el agua y la luz y los ricos más, se transformó con el tiempo en un modo de estigmatizar, de marcar con hierro social a cada ciudadano, arriba y abajo, adentro y afuera, amos y esclavos, ricos y pobres, la vieja geometría de la desigualdad repitiéndose con nuevos nombres, como los videoclips que circulan en las redes sociales, donde cuerpos diferentes, en habitaciones distintas, repiten una y otra vez la misma coreografía, con una precisión maquinal que convierte la diversidad aparente en una monotonía hipnótica.
Entre esas brechas invisibles, que no se ven pero se sienten, se instala como un resorte silencioso una emoción que no necesita alzar la voz para hacerse notar: el desdén, que experimenta el amo que se percibe superior y que, paradójicamente, también experimenta el esclavo cuando al resistir desprecia lo que lo oprime, de modo que la emoción funciona como un gesto de ida y vuelta, como una oscilación interminable entre el poder y su réplica, entre el dominio y la resistencia, y tal vez por eso la filósofa Macalester Bell ha señalado que despreciar puede ser, en ciertos casos, la única manera de responder a la arrogancia y a la hipocresía, pues quienes desprecian a sus opresores no hacen otra cosa que reconocer en ese gesto que los sistemas de opresión, más allá de sus instituciones visibles, impiden la posibilidad de una relación fundada en el respeto mutuo y en el compromiso, y que por lo tanto no queda sino esa emoción mínima y corrosiva, esa réplica sin estruendo que, sin embargo, socava desde abajo el edificio entero.
Mario Vargas Llosa, en El pez en el agua, describió con claridad al hablar del desencuentro entre sus padres que el desprecio no es un flujo que corre en una sola dirección, del blanco hacia el cholo, del poderoso hacia el débil, sino también un resentimiento que asciende desde abajo, que se desliza entre iguales y desiguales y que se oculta bajo las máscaras de rivalidades políticas, profesionales o íntimas, de tal modo que, como recordaba años después un político colombiano con la franqueza de quien no busca ya ocultar la crudeza de la verdad, el desprecio es siempre mutuo, como un eco que vuelve al emisor con la misma violencia con que fue lanzado.
Una jerarquía, al fin y al cabo, no es otra cosa que una organización del espacio, el arriba y el abajo, el adentro y el afuera, la izquierda y la derecha, coordenadas que en apariencia son neutrales y que, sin embargo, como señaló Bourdieu, son también líneas de combate en las que se lucha, se debate y se insulta. El hecho de hallarse dentro de un círculo de poder o de quedar relegado a sus márgenes determina con precisión casi cartográfica el lugar que ocupamos en el mundo. En ese mapa, los que poseen los recursos se llaman privilegiados, y quienes quedan fuera reciben el nombre de marginados, y entre unos y otros, en la zona de sombra que separa a ambas categorías, se instala la figura pertinaz del desdén.
El economista Noah Smith advirtió que cuando se produce lo que llamó una sobreabundancia de élite, es decir, cuando una multitud de personas educadas y brillantes compiten por unos pocos puestos, privilegios o reconocimientos, el sistema social se vuelve incapaz de absorberlas a todas, y las que quedan fuera experimentan una herida que se transforma en resentimiento, una herida que no se ve pero que supura en la forma de un desprecio invertido, de un rencor que juzga inmerecidos, corruptos o usurpados los privilegios de los otros. Y aunque ese juicio pueda ser, como sugiere Harari, una ilusión o una ficción social, lo cierto es que la emoción deja cicatrices que perduran tanto como las visibles.
El desdén es también, y acaso, sobre todo, una forma de indiferencia. No es el odio, que brilla en los ojos encendidos, ni la tristeza o la alegría, que se revelan en el llanto o en la risa, sino algo más frío y desapasionado, semejante a la satisfacción tibia de la que habló Natalia Ginzburg, esa emoción sin filo que no compromete ni enciende. Si el amor crea vínculos, el desdén los corta. Una persona desdeñosa no ama ni odia: simplemente aparta, congela y reduce al otro a la condición de sombra que se desliza sin dejar huella.
La pasión, por definición, es ardor, y no existen pasiones tibias, pues toda pasión es una llama viva. Quien ama, quien odia o quien sufre, lo hace con la intensidad de un fuego que crepita; en cambio, el desdeñoso es como un fuego fatuo, luz que engaña, calor que no quema, resplandor inútil que, sin embargo, prolifera en las sociedades contemporáneas como si hubiéramos aprendido a despreciar incluso aquello que decimos amar: un árbol, un río o una abeja. La madera y la miel nos parecen útiles, pero ignoramos el bosque y el panal, y así, hemos convertido el misterio de la naturaleza en amenaza y su prodigio en mercancía. El desdén nunca es dulce, ni siquiera la miel más exquisita, la del ulmo austral, que florece apenas unas semanas en los confines meridionales de Chile y Argentina, logra despertar el paladar desdeñoso.
El desdén es, en ese sentido, una emoción insípida y, sin embargo, peligrosa. No se degusta como la venganza ni se disfruta como el triunfo. Simplemente corroe y avanza en silencio como una humedad invisible. Es una emoción mal disimulada, pero reconocible en su gramática de gestos discretos: un rictus en la boca, una ceja arqueada o una mano que rehúye el saludo. Hume ya lo había descrito en el siglo XVIII como un código de signos menores que revelan una superioridad autoatribuida, como pasar de largo ante un viejo amigo o mirar al mundo como si oliera siempre mal.
Vivimos comparándonos, midiendo nuestra estatura contra la de los otros, y rara vez nos sentimos iguales, o mejores o peores, pero nunca semejantes. El desdeñoso se percibe superior, el desdeñado se sabe inferior, y de esa diferencia nace un desequilibrio que no es sólo social sino también emocional. El desprecio es la emoción propia de la desigualdad, el distanciamiento psicológico que nos separa y que, a fuerza de repetirse, se vuelve costumbre y se naturaliza como si no hubiera existido jamás otra forma de relacionarnos.
¿Hay salida? Quizá, si logramos desarmar las ficciones que sostienen nuestras jerarquías y aceptamos que los estratos, las castas y las clasificaciones son artificios dañinos. Si nos atrevemos a reconocer al otro antes de que la ceja se eleve o antes de que el gesto se deforme. Puede que todo empiece por un acto mínimo, insignificante, un café pendiente, una conversación que se inicia sin sospechas o un instante de franqueza en medio de la rutina. Tal vez, en ese ejercicio, logremos sustituir el desdén por una forma nueva del aprecio, que no devuelva lo perdido pero que al menos nos permita pensar que la historia de la frialdad, repetida una y otra vez, no tiene por qué ser interminable.
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