
La secretaria de Cultura de la Ciudad de México da una visión de los retos sociales y culturales que enfrentan las ciudades latinoamericanas
En diálogo con CAMBIO, Ana Francis Mor, secretaria de Cultura de la Ciudad de México, invitada al Encuentro Ciudades y Culturas en Iberoamérica: Conversaciones desde Bogotá, habla sobre los retos irrenunciables que enfrentan las ciudades latinoamericanas.
Decir que Ana Francis Mor estuvo en Bogotá en el marco del Encuentro Ciudades y Culturas en Iberoamérica: Conversaciones desde Bogotá, es decir que en la capital estuvo, entre el 18 y el 21 de septiembre, una de las mujeres más importantes del ámbito cultural en Iberoamérica. Actual secretaria de Cultura de la Ciudad de México, Mor encarna la expresión cultural en su forma más diversa y vibrante. Es cofundadora de la compañía de cabaret Las Reinas Chulas, con la que ha revolucionado las artes escénicas en México por más de treinta años. También es actriz y fundadora del Festival Internacional de Cabaret y Teatro El Vicio. Activista de los derechos de las mujeres y la comunidad LGBTTTIQ+, novelista, maestra en Teología y Pensamiento Contemporáneo, y ahora servidora pública que tiene como bandera que la política es el arte de lo posible.
Conversamos con ella mientras fumaba un cigarrillo, en la calle peatonal frente al Teatro Jorge Eliécer Gaitán, al que fue invitada por la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá para hablar sobre los retos irrenunciables de nuestras ciudades en estos tiempos. El cuerpo, el resentimiento, la fe, la desigualdad y la implicación política fueron algunos de los temas que surgieron.
CAMBIO: En estos tiempos plagados de distopías –informáticas, climáticas, supremacistas, xenófobas– prefiero empezar por preguntarte sobre la utopía. ¿Cuál es la utopía de la ciudad latinoamericana que se te viene a la cabeza?
Ana Francis Mor: Lo primero que pienso es que las ciudades son un acto de fe monumental. Si tú te quieres organizar con 20 personas de tu familia para ir este domingo al cine, el solo hecho de ponerse de acuerdo sobre la película va a ser un lío. Y sin embargo pensamos que vivir ocho millones de personas en un mismo lugar tan reducido es posible.
Si bien las apuestas de organizarnos en ciudades no han sido tan voluntarias y están signadas por los desplazamientos, las migraciones, la industrialización, etc., seguimos creyendo que son apuestas posibles; y entonces nos inventamos –porque toda civilización es un invento– una serie de estrategias y dispositivos para funcionar. No hay así mayor invento humano que la cultura: las historias que nos vamos contando para decir quiénes somos y por qué nos entendemos o no nos entendemos y si queremos entendernos o no.
Respondiendo a tu pregunta, creo que las ciudades que añoro son las que asumen el reto de reconocer las miles de comunidades pequeñas que contienen. Son esas comunidades –la del trabajo, la del tránsito, la de hacer ejercicio, la del transporte– a las que hay que apostarles. El trabajo está en brindarles dispositivos universales como el agua, el transporte, la vivienda, y a la vez dispositivos locales, muy locales, que respondan a las necesidades comunitarias y barriales que son diferentes en cada rincón.
CAMBIO: Te he oído declarar con mucha crudeza sobre la manera en la que el modelo económico capitalista y neoliberal devora las políticas culturales. ¿Cómo crees que se fisura esa estructura en un país como Colombia históricamente gobernado por las élites?
Ana Francis Mor: Creo que estas estructuras se fisuran a través de la organización. En eso, en la organización social, Colombia ha sido sumamente fuerte y es sin duda un referente para todo el continente. En la que han tenido para mirar la paz y quitarse la lógica de la violencia del cuerpo. Ustedes han llegado a grados de violencia inimaginables para muchos de nuestros países y aun así han logrado procesos sociales impresionantes. Medellín y Bogotá son ejemplo de esto. Su capital es un paradigma de las ciudades multiculturales que reciben todas las formas de migración, muchas veces con los brazos abiertos.
Y estos esfuerzos, que han venido de la sociedad, tienen que perdurar en el tiempo. Hay veces en las que se puede avanzar mucho y otras veces en las que lo que se precisa es resistir. En mi país estamos avanzando desde el año 2018, pero los 30 años anteriores fueron difíciles de resistir.
CAMBIO: ¿Nos podrías dar ejemplos concretos de ese avance al que te refieres desde 2018, cuando subió al poder López Obrador?
Ana Francis Mor: Una de las cosas más importantes que hizo nuestro primer gobierno federal de izquierda con López Obrador a la cabeza fue separar el poder político del poder económico. Así como en el siglo XIX separamos el poder religioso del poder político, es fundamental que en nuestros países se separen el poder político y el poder económico.
Y esto, naturalmente, es una lucha a muerte. Por algo a los que más matan en los territorios son a los defensores de la tierra y de los recursos naturales. Es ahí en donde está la batalla.
Ocurre que el poder económico tiene muchas aristas y una cara legal y otra ilegal. Muchas veces, el mismo grupo de personas tiene actividades legítimas por un lado, pero por otro lava un montón de dinero que sabemos muy bien de dónde viene. Mientras no logremos esta separación, es fraudulento llamarnos democracias pues el poder económico, simplemente, tiene demasiado poder. Es muy grave privatizar la cultura y el desarrollo porque es darle al poder económico el poder del discurso y del relato. Sin la larguísima historia de corrupción de nuestros países, con los impuestos que pagamos debería bastar.
CAMBIO: ¿Qué decisión en concreto puede referirnos para ilustrar la separación de ambos poderes en México?
Ana Francis Mor: Te pongo el ejemplo de la electricidad. En algún momento, la Comisión Federal de Electricidad, que es la empresa del Estado, dejó de llevar energía a los lugares más apartados porque supuestamente no era rentable, por más que las personas pagaran su cuota de luz y de mantenimiento. Entonces entraron las empresas privadas y, para hacer negocio, pasaron cosas tan absurdas y abyectas como las inundaciones en Tabasco.
Resulta que estas empresas, que generaban energía a partir de una gran represa, prohibían que se abrieran sus compuertas hasta no tener la cantidad justa de agua represada para cumplirle a sus clientes privados. Cuando finalmente las abrían, la ciudad se inundaba una y otra vez. Eso le pasó en el primer año a López Obrador, hasta que intervino y le devolvió al Estado la potestad de prestar el servicio al pueblo. La empresa no solo empezó a ser rentable, sino que devolvió la soberanía energética. En estos tiempos si se apaga la luz, se pagan muchas cosas…
CAMBIO: Saltemos al teatro y al cabaret. Tu perfil es muy interesante porque antes de ser elegida como diputada unos años atrás, tu vocación fue el teatro, el cabaret, la lucha feminista desde las artes escénicas. ¿Cómo se refleja esto en tu accionar político?
Ana Francis Mor: Lo que tiene el cabaret es que desarrolla un montón el pensamiento crítico, pues también a mí me tocó crecer en una generación en la que ser artista no necesariamente significaba interesarse por la política, sino todo lo contrario. Los artistas debíamos dedicarnos a lo estético y no intoxicar nuestro quehacer con la política.
Pero lo cierto es que la política es el arte de lo posible y todos tenemos que implicarnos políticamente para vivir en comunidad. Después de 30 años de hacer cabaret, me di cuenta de la estrechez de mira del gremio de artistas, que por despolitizar no podía comprender cómo ni cuándo llegamos, ni adónde llegamos, ni entender realmente el estado de nuestros derechos laborales, pues gente trabajando en cultura somos un montón.
Solo en los últimos cuatro años de mi vida he contado con derechos laborales. Y tengo claro que si no fuera funcionaria pública no los tendría, como me pasó toda la vida. Y que esta no es una lucha artística sino política, en la que tenemos que comprendernos como trabajadoras.
CAMBIO: Uno de los chistes más crueles del sector cultural va sobre los presupuestos y el arte de “hacer mucho con limosnas o sobrados del gran presupuesto que va a ámbitos más importantes”. ¿Cuál es tu visión sobre esto?
Ana Francis Mor: En este momento, en México, estamos librando una gran batalla por devolver la salud a lo público. Que nadie tenga que pagar un solo peso por ir a un hospital o recibir medicamentos, etc. Es una lucha a muerte, porque en la oposición están las farmacéuticas y un montón de empresas intermediarias que se han ido quitando. Aun así, nadie discute que a las enfermeras de un hospital público se les deba pagar con dinero público en razón de que están haciendo una función pública. Pues lo mismo pasa con los artistas y los trabajadores de la cultura.
Nos hace falta construir una lógica en la que no se ponga en duda que un artista que hace una función pública debe recibir una remuneración con todas las garantías, con derechos laborales en serio.
CAMBIO: En ciudades tan desiguales como Ciudad de México y Bogotá, el resentimiento social es proporcional al abismo entre clases. ¿Cómo luchar políticamente contra estas grietas y odios de clase?
Ana Francis Mor: Tenemos que consolidar políticas públicas que dejen de tratar a los marginados como ‘personas basura’. Muchas de las personas que ves en la calle, para pensar en los extremos, son personas con neurodivergencias o que provienen de historias familiares profundamente violentas. En el D.F. tenemos un programa que se llama ‘Reconecta con la paz’, en el que recibimos a jóvenes que hayan cometido su primer delito –no grave–. En vez de echarlos a la cárcel, los inscribimos en un programa integral deportivo, formativo, cultural, que es verdaderamente muy lindo. Pues el 90 o 95 por ciento de los jóvenes no reincide. A veces oigo hablar de las famosas segundas oportunidades cuando lo cierto es que, en muchos casos, no han tenido siquiera la primera. Hay que dejar de ver como delincuentes a los marginados.
CAMBIO: Quiero cerrar preguntándote sobre tu visión acerca del papel del cuerpo, el placer y de la fe en tu concepción de las ciudades en nuestro continente.
Ana Francis Mor: La fe, como lo ha sido el cuerpo de las mujeres históricamente, es un territorio en disputa. Así como hemos tenido que luchar arduamente para dejar claro que nuestro cuerpo nos pertenece y que podemos hacer lo que nos venga en gana con él, la fe es otro territorio en disputa en el que las mujeres y otras identidades, incluso las jóvenes, hemos sido desplazadas por una serie de entelequias y de jerarquías que son aún peores que las oligárquicas. Y que no tienen nada que ver con la fe popular y con el derecho a tener fe.
Es muy hermoso que los seres humanos hayamos imaginado, por milenios, que somos producto de algo más grande. Creo que esa conciencia es una genialidad y nos ha mantenido vivos. El sentir que, aunque nos vamos a morir, hay algo más que lo contiene todo. La creación de Dios es una genialidad, sea como sea que lo entiendas.
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