
El orden del ruido: balance inicial de 2026
Foto ilustración de Kim Vega para CAMBIO
La intromisión militar de Estados Unidos en Venezuela; la escalada bélica entre Rusia y Ucrania; los desgarradores incendios en la Patagonia; la caricatura de Javier Milei y los bailes de Luis Díaz; el fracaso del derecho internacional; la muerte de Beatriz González... la escritora Amalia Tapiero se detiene en los sucesos más relevantes del primer mes del año para reflexionar sobre la lógica algorítmica y el imperio del ruido en nuestra relación con la realidad.
El tiempo se ha precipitado, y este año difícilmente será mejor que los anteriores. Un imperialismo avasallador se impone como ordenador incuestionable de nuestras sociedades: antes camuflado bajo las maneras de los falsos órdenes mundiales de la segunda posguerra, hoy revela sin pudor su naturaleza. El balance del ocaso del siglo XX en el poema de Wisława Szymborska inspira aquí no un cierre, sino el inventario de un comienzo turbulento, de un amanecer neblinoso. Escribo este texto desde la desesperanza de los inicios frustrados, aunque también desde la ilusión –improbable pero no imposible– de algún resarcimiento.
Quedan 11 meses, pero el primero ha demostrado que “la esperanza / ya no es esa muchacha joven, / etcétera, por desgracia”, como dijo Szymborska. Aun cuando el bullicio de las 12 a. m. del primero de enero, con su atavismo ritual, nos hizo pensar lo contrario. La explosión alegre de los fuegos artificiales nos sugería a muchos, ingenuos, que no regresarían las desgracias: la violencia, el hambre y tantas otras. “Que esto sea lo más cerca que estemos de una guerra”, susurró una voz amiga a esta interlocutora conmovida por la ilusión de ese nuevo comienzo que tan solo duraría tres días. Aquellos fuegos eran, en realidad, una premonición brillante –pero tan oscura y ominosa– del ruido que marcaría el año: estallidos ya no en el cielo, sino en la avalancha de noticias, imágenes y amenazas en las pantallas.
Aquellos fuegos eran, en realidad, una premonición brillante –pero tan oscura y ominosa– del ruido que marcaría el año: estallidos ya no en el cielo, sino en la avalancha de noticias, imágenes y amenazas en las pantallas.
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