
David Gaitán y el teatro como un gran acto de seducción
El dramaturgo, actor, guionista, director y profesor mexicano David Gaitán llega al FIAV Bogotá, Festival Internacional de Artes Vivas, para dirigir y actuar 'El mar es un pixel' en el Teatro Cafam. Recientemente debutó en el 'rock' junto a Emmanuel del Real, integrante de Café Tacvba.
“Pienso que en el teatro es mucho más fácil de ver cómo cualquier arte puede encontrar su versión más sofisticada”, expresa el mexicano David Gaitán, quien ha escrito más de 50 obras de teatro, dirigido 40 montajes y actuado en cerca de 30, además de tener un premio Ariel, otorgado por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas por el guion de Una película de policías.
Aunque su pasión es contar historias y se mueve entre el teatro y el cine, el primero es, para él, la plataforma noble, generosa y fantástica, por lo que muchos la describen como el arte más avanzado porque permite y abraza a cualquiera de las otras artes. “La dramaturgia lo permite todo en tanto que el escenario es un espacio donde todas esas manifestaciones, desde lo formal hasta lo poético, pueden aterrizar”, dice. Durante el FIAV Bogotá, Festival Internacional de Artes Vivas, presentará en el Teatro Cafam, el 27 y 28 de marzo, El mar es un pixel, producida por Teatro Unam (de la Universidad Nacional Autónoma de México). CAMBIO habló con él acerca de su trabajo.
CAMBIO: ¿De dónde surge ese tipo de historias que van entre lo clásico a lo contemporáneo?
David Gaitán: Aunque el diálogo con lo clásico ha estado muy cerca de mi carrera, en todos los casos siempre los he traído al presente, a la conversación absolutamente contemporánea. Artísticamente, lo que me fascina desde siempre es el experimento, la vanguardia, empujar hacia adelante, alejarme de lo que se percibe como museístico. Aún incluso cuando tomo muchas cosas de la tradición, siempre busco acercarme, tanto como pueda, al experimento.
CAMBIO: ¿A qué tipo de espectador se dirige David Gaitán?
D.G.: Yo siento que la manera de excitar el pensamiento de las personas, que finalmente es uno de los objetivos, es trabajar para esa mirada más atenta, más lúcida, más generosa; ese tiene que ser el interlocutor o la interlocutora ideal. Hacer una obra de teatro es también un gran acto de seducción para quien está en la silla. Entonces trabajamos para que la puerta de acceso sea amigable, lúdica, con mucho sentido del humor, y que sea una experiencia divertida en todo lo honorable de ese adjetivo.
CAMBIO: ¿Qué tanto hay de psicología y psicoanálisis en su trabajo?
D.G.: Desde hace un tiempo, cuando escribo obras no pienso que el psicoanálisis o la psicodinamia de los personajes. Sin embargo, vengo de una familia muy ligada a eso. Mi madre y mi padre son psicoanalistas, mis tíos también, y mi abuela. Yo mismo estudié un tiempo psicología, y mi hermano también la estudió. Es decir, es un universo que me es muy afín. También están mis propios procesos terapéuticos como paciente, por supuesto. Es un universo que tengo cerca cotidianamente, que abrazo, que es parte de mi identidad y que felizmente se permea en mis obras. Al inicio, cuando empecé a hacer obras, creo que estaba mucho más cerca de eso en el plano de lo consciente, valga la expresión. En algunas obras, por ejemplo, en la versión que tenemos montada de Edipo, que se llama Edipo: nadie es ateo, una obra que llevamos muchos años presentando, ahí había un gesto muy consciente de jugar con ideas del psicoanálisis. En otras obras, como El mar es un pixel, no diría que fuera algo que pensaba muy puntualmente mientras la escribía. Pero sí me encanta que esa ciencia, esa rama, entre a jugar con las interpretaciones de la obra.
CAMBIO: En su trayectoria aparecen premios importantes y también está su trabajo como docente. ¿Siente alguna responsabilidad frente a lo que representa para otros artistas?
D.G.: Supongo que trato de pensarlo poco desde ese ángulo porque rápidamente escala a ser estresante. A mí me gusta más abrazar la palabra coherencia, porque tiene que ver más con una práctica sobre mi propia persona, sobre mis decisiones, la manera en que afronto ciertas cosas y sobre los productos que hago y los que decido no hacer. La docencia es una parte importante de mi trabajo, pero también de mi identidad, así que cuando estoy frente a un alumnado sí hay una responsabilidad en torno a la claridad técnica. Tengo muy clara una premisa que me ayudó mucho a fluir mejor en un espacio pedagógico y es comunicar y compartirlo todo, aun lo más privado de un proceso creativo, los trucos más atesorados y también las crisis. Y justo ahí entra esta idea de responsabilidad formativa. Siento que, si me pongo a pensar en que tengo una responsabilidad, en medio de un proceso creativo, corro el riesgo de que mi arte se vuelva más cuidadoso que desafiante, y creo que se pierde el filo y la idea de riesgo artístico, provocativo. Se pierde más de lo que se gana.
CAMBIO: Esta es una gran declaración porque, a veces, cuando un artista alcanza reconocimiento evita incomodar…
D.G.: Sí, puede pasar. Uno puede querer cuidar excesivamente el propio nombre, que es una función legítima, y en ese cuidado excesivo se hacen obras que a veces solamente persiguen ese objetivo: decir “yo estoy del lado correcto”. Ahí me parece que se pierde el objetivo de servicio social del arte, que es provocar al espectador. Como artistas tenemos que estar dispuestos a asumir este riesgo porque generará mucho más espacio en el pensamiento de quien mira la pieza, aun cuando algunas personas, en una lectura equivocada, nos pongan en una conversación desagradable.

CAMBIO: Recientemente debutó en el rock junto con Emmanuel del Real. ¿Qué nos puede decir sobre esa experiencia?
D.G.: Sí, fue una aventura que, por ahora, solo ha tenido este aterrizaje en ligas muy grandes porque Emmanuel del Real es un músico increíblemente conocido con Café Tacvba, y ahora sacó un disco solista y dio un concierto en Ciudad de México (México) y tenía el interés de darle a su concierto un perfil más escénico de lo que la media de los conciertos plantea. Y en ese cruce de situaciones llegó a mí para hacer la dirección de escena del concierto. Mi trabajo, junto con un equipo que Emmanuel ya conoce, fue darle un perfil escénico a las canciones y a los momentos del concierto. Esa fue mi entrada al mundo del rock.
CAMBIO: ¿Cuál es la conclusión de este debut?
D.G.: Bueno, hay un mundo por descubrir en lo musical. Yo he dirigido algunas óperas y mi proceso era parecido: entender que la música es lo que está al centro y que después hay oportunidades muy puntuales de significar escénicamente. Con el rock, particularmente con Emmanuel, que es un artista y un músico con un poder de convocatoria tan vasto, se genera una certeza: que no se necesita más que la música. Siento que se necesitan mentes con ganas de extender algunos límites, de probar incluso contra una lógica capitalista, algo que no se necesita, y ahí es donde el arte puede ser más fértil: cuando se hace algo que aparentemente no hace falta. Creo que a medida que la comunidad del rock vea ahí un área de oportunidad, puede abrirse algo muy interesante, aunque por supuesto implica más horas de ensayo, otras logísticas, otros tiempos, otras dinámicas, y combinar la dinámica escénica con la dinámica musical.
CAMBIO: Estos espectáculos en vivo permiten disfrutar y vivir una experiencia estética a otro nivel…
D.G.: Sí, incluso superior a la experiencia que uno vive normalmente en un concierto. Lo hemos vivido como público cuando vamos a ver artistas que nos gustan. El rock, junto con otros géneros, provoca un desbordamiento muy literal del público porque la gente tiene momentos emocionales y catárticos. Para alguien como yo, que vengo sobre todo del teatro –aunque lo hubiera vivido antes como fan en conciertos–, es muy impresionante verlo desde dentro. Es como la materialización de lo que en el teatro fantaseamos que le pase al público. A veces pasa, pero normalmente a nivel metafórico porque las cosas le pasan por dentro a la gente. Incluso cuando se desbordan en aplausos, es apenas un porcentaje mínimo de lo que ocurre en cualquier canción de un concierto de rock.

CAMBIO: En el FIAV Bogotá presentará El mar es un pixel, una obra que explora la verdad y el honor de acuerdo con la tecnología. ¿Cuál es la reflexión que aborda?
D.G.: El mar es un pixel es sobre la tecnología y la manera en que está inserta en nuestra vida cotidiana, y cómo ha borrado los límites entre vida pública y vida privada. Siento que eso ha sido detonador de que el honor se haya vuelto un tema tan relevante en la sociedad contemporánea. Con la obra surgen preguntas como ¿qué es el honor?, ¿qué es el buen nombre?, ¿a qué listas quiero pertenecer y no pertenezco?, ¿a cuáles sí pertenezco y otras personas no?, ¿a cuáles me daría horror pertenecer?, ¿he estado alguna vez en una lista en la que hubiera preferido no estar? Y casi sin darse cuenta la gente se descubre pensando en esas cosas.
CAMBIO: ¿Qué significa para usted volver a Colombia?
D.G.: Colombia es un país que adoro y que ha sido absolutamente generoso conmigo en muchos ámbitos, en lo personal y en lo laboral. He ido con obras de teatro. Fui como actor de una obra, fui también como actor cuando era el Festival Iberoamericano, y he ido al Festival Internacional de Teatro de Manizales con una obra mía, Antígona. También soy maestro de la maestría en Dirección en Bogotá, la que se dicta en la Casa del Teatro. Tengo amigos artistas muy queridos y, además, Gabriel Zapata, que es el productor de El mar es un pixel, es colombiano y vive en México. Toda la idiosincrasia, el sentido del humor, la comida, la visión artística, las afinidades políticas que siento con Colombia atraviesan desde lo personal hasta lo profesional y lo ideológico. Creo que muchas veces aspiramos a horizontes similares y les tememos a demonios parecidos. Así que cada vez que hay una oportunidad de ir a Colombia yo brinco de alegría. Desde hace muchos años no pasan más de 15 meses sin que, felizmente, tenga alguna oportunidad de ir. Colombia para mí es un país que vivo como un horizonte posible, anhelado y constante.
FIAV Bogotá, Festival Internacional de Artes Vivas
El mar es un pixel
Teatro Unam (Universidad Nacional Autónoma de México).
Teatro Cafam. 27 y 28 de marzo.
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