
“¡Qué grande es su capacidad de amar, Aura Lucía!”: prólogo de Patricia Lara al libro de Aura Lucía Mera
En 1995, Aura Lucía Mera, quien murió este domingo en la ciudad de Cali, publicó el libro “Testimonio de una lucha contra el alcohol y las drogas” sobre su batalla frente a la adicción. Para ese libro, Patricia Lara escribió el prólogo que CAMBIO reproduce a continuación.
Por: Patricia Lara
La historia de este libro comenzó tal vez en octubre de 1993 durante un seminario que sobre el eterno tema de la legalización de la droga organizaron en Bogotá la Universidad de los Andes, el Instituto de Tecnología de Massachusetts y el Harvard Club. Personajes como el Premio Nobel de Economía Milton Friedman; el profesor de Princeton University, Ethan Nadieman; el entonces Fiscal General de Colombia, Gustavo de Greiff, y el Decano de la Facultad de Economía de los Andes, Eduardo Sarmiento, defendieron la legalización de la droga. Incluso Álvaro Camacho, investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, propuso la creación de una OPEC (Organización de Países exportadores de Coca).
Entre los asistentes se encontraba Aura Lucía Mera, muy conocida, entre otras razones, porque cuando dirigió el Instituto Colombiano de Cultura organizó la romería de folclor, amigos, cariño y mariposas amarillas que a fines de 1982 acompañó a Estocolmo a Gabriel García Márquez a recibir el premio Nobel de Literatura, de modo que cuando se encerrara solo y de pie entre el círculo pintado en el piso del palacio en cuyo centro deben colocarse los galardonados, no sintiese su soledad tan inmensa como la que acompañó al Coronel Aureliano Buendía, circunscrito a su círculo de tiza desde cuando comenzó a acariciar las cumbres del poder.
De pronto, cuando nadie lo esperaba, en el recinto de la universidad, ella pidió la palabra:
- Mi nombre es Aura Lucía Mera. Soy alcohólica y drogadicta. No entiendo cómo quieren legalizar las drogas: es legalizar la muerte y la locura en un país ahogado en sangre, violencia y desamor.
Se escucharon murmullos…Se extendió el silencio en el auditorio.
La busque cuando terminó la reunión.
- ¿Se acuerda de mí? Le pregunté. Nos conocimos en casa de Dionisio Ibáñez y Carmenza, amigos comunes que ella menciona a lo largo de este libro. Me interesa hacerle un reportaje para la revista Cambio 16.
Almorzamos días después. Durante la conversación me di cuenta de que frente a mí tenía a una mujer maravillosa por su honestidad, carisma y calor humano. Pero su historia no podía aprehenderse sí como periodista no me “internaba” en ese mundo repleto de tristeza en el que se sumergen y del que emergen los alcohólicos y drogadictos que recurren como su última esperanza a la Fundación Pida Ayuda, creada por Simón Mekler, ingeniero mecánico de la Universidad Nacional, adicto recuperado. Allí, ahora, Aura Lucía trabaja como terapeuta.
Nos reunimos luego con Miguel Bettin, psicólogo cartagenero, director terapéutico de la institución, para solicitarle autorización de hacer el reportaje que deseaba: se trataba -casi- de matricularme en Pida Ayuda para asistir a las reuniones más íntimas y captar todo lo sórdido de ese mundo, repleto al mismo tiempo de humanidad. Me comprometí a guardar la privacidad de los entrevistados y a no someterlos a la indignidad pública.
Comenzamos las sesiones. El primer día, lo mismo que los tres siguientes, llegué a las 8 a.m. Dentro de la fundación se respiraba un olor característico, indescriptible. Bettin estaba tan acostumbrado a él que no lo había percibido. Me dijo cuando se lo hizo notar:
- Debe ser olor a lío…
En efecto, luego de que todos, en círculo, nos cogimos de la mano, cada uno le dijo al vecino:
- (Pedro, Juancho, Cristina, Aura Lucía): pongo mi mano en tu mano porque tú me interesas.
Y siempre alguien contestó:
- Tú también Patricia - Y comenzó el desfile de líos, como diría Bettin. O de historias de abandono y desamor, como diríamos nosotros.
Al escucharlas, las lágrimas rodaban sin parar. En algún momento, ante el relato de una madre alcohólica bañada en llanto, dije alguna estupidez porque pensé que convenía aminorar su culpa. Lo hice cuando todos podíamos comentar lo que se nos venía a la mente. Más tarde, Bettín me regañó:
- Eso no debe hacerse. Hay que dejar que les duela adentro, que sientan que la culpa es de ellos, que son los victimarios y no las víctimas.
Rostros pálidos y enjutos. Ojos enrojecidos. Familias deshechas. Inseguridad a todas horas. Hombres, casi viejos, que nunca dejaron de ser niños. Soledad. Miedo a sufrir el dolor de las heridas más grandes y más bellas, esas que si no se sienten alguna vez, más vale no haber nacido. Terror a llevar la fisura de esas tres de que habla el poeta Miguel Hernández: “la del amor, la de la muerte, la de la vida”.
Después de que mi alma dio alaridos durante cuatro días; de que entrevisté a un piloto que había manejado embalado aviones comerciales; de que lloré con la historia de un muchacho que se colocó muy cerca de los sicarios y empujado por la droga se volvió promiscuo sin importarle el sexo de sus amantes ocasionales; de que palpé, en fin, el drama de tantas vidas (recuerdo el rosario de esclavitudes y abandonos que marcó el transcurrir de Pedro), comencé la entrevista a Aura Lucía.
No solo me interesaba su historia. Su nombre se conocía no únicamente porque había sido directora de Colcultura. Además había dejado huella en el Museo de las Comunicaciones de Telecom, en la galería de Arte del Círculo de Lectores y en los programas de televisión que realizó. Como si fuera poco, había sido esposa y madre de cuatro hijos del exgobernador conservador del departamento del Valle y exministro de Educación y Relaciones Exteriores, Rodrigo Lloreda, y luego compañera de un hermano del famoso torero Luis Miguel Dominguín, Domingo, torero también, que después de 4 años de compartir con ella alcohol y pasión, se atravesó el corazón con un disparo, una vez que le escribió una carta de amor mientras ella esperaba que él llegara antes de terminar la última corrida, tal como se lo había prometido.
La entrevista de Aura Lucía empezó por el final. (Después, como siempre, ella escribió lo que le vino en gana. Y ante un texto tan bien elaborado -igual al de este libro- no había editor que se le opusiera). Ese final, por donde principió su reportaje publicado en Cambio 16, seguido por los que le hicieron varios periodistas famosos de radio y televisión, coincidió con su segundo cumpleaños de abstención de alcohol y cocaína.
A apagar las velas y a cortar la torta la acompañamos su madre, su hija Chía, Marco Alzate Avendaño, yo y un montón de recuperados que antes fueron adictos no solo a la droga y al alcohol, sino también al juego, al sexo, al trabajo o al poder; adictos que arruinaron sus vidas y las de los suyos, pero que las reconstruyeron empujados por esa locomotora de la vida que es esta mujer.
Todas la felicitaron. Uno a uno le regaló un abrazo acompañado de su testimonio de cariño, frescura y gratitud.
Alguien preguntó si yo deseaba hablar. Con la piel erizada y los ojos humedecidos, de nuevo dije muy duro (y lo repito otra vez):
- ¡Qué grande es su capacidad de amar, Aura Lucía!
Por eso, con la honestidad que debe tener una madre, ella es capaz de revelar en este libro sus secretos más hondos y decirles a sus hijos poco antes de terminar: “Este es mi legado: a Rodrigo, Francisco José, María Mercedes, Chía: Mi historia y mi búsqueda les pertenece siempre. Es mi parto de amor”.
Lea los comentarios













