
Los pasos del libro. Conversación con Andrés Smith y Derly Archila sobre el oficio de imprimir
Taller de risografía la Bruja Riso. Créditos: cortesía La Bruja Riso.
Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué significa crear un libro en Colombia? En esta entrega de nuestro especial de la FILBo 2026 respondieron Andrés Smith y Derly Archila sobre el oficio de imprimir.
Imprimir, según la Real Academia Española de la Lengua, es “marcar en el papel u otra materia las letras y otros caracteres gráficos mediante procedimientos adecuados”, pero también “confeccionar una obra impresa” y “estampar un sello por medio de la presión”. A estas acepciones técnicas se suman otras más abstractas: “Fijar en el ánimo algún afecto, idea, sentimiento” o “dar una determinada característica o estilo a algo”. Todo esto lo conjugan las imprentas: marcando las letras en el papel, permiten que se asienten en la memoria y, al circular, dejen huella en el ánimo allende el soporte material del libro. ¿Se imaginaría Gutenberg que, 576 años después de la invención de la imprenta de tipos móviles, su creación se sostendría así? Difícilmente. Y, sin embargo, aquí volvemos sobre ella.
Aunque la FILBo haya terminado, los pasos del libro no cesan: continúan en las máquinas y en las manos expertas en tintas y papeles. Por eso, pese a que su nombre suele ocultarse en la página legal, las imprentas y los talleres pasan al centro en esta entrega a través de las voces de Derly Archila González y Ricardo Andrés Smith Arbeláez.
Derly Archila (Bogotá, 1976) es asesora comercial de Litho Copias Calidad Superformas, una imprenta familiar fundada en 1978 por Julio Andrade y Leonor Parra; me lo cuenta mientras señala un retrato de ambos en su oficina. Compuesta por 24 trabajadores y hoy dirigida por uno de sus herederos, Julio Andrade Parra, la empresa se ha consolidado gracias a la eficiencia y la calidad de su impresión offset. Vinculada desde hace 13 años, Derly ha visto cómo, desde la pandemia, la producción de libros ha cobrado un lugar central en Litho Copias, a la que acuden editoriales independientes como Laguna Libros, Vestigio, Caballito de Acero, Salvaje, Jardín y Hambre, entre otros. Entre sus proyectos, recuerda con especial cariño Gozques, de Jimena Hoyos, un fotolibro exigente para un impresor.

Sus libros favoritos son El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y Entre agua y raíces: las luchas de la Chiqui en las montañas del Chocó, de Darío Villamizar y Gabriela Pinilla —copublicado por La Bruja Riso, los otros protagonistas de este artículo y a quienes admira—. Ese sentimiento lo extiende a Nomos Impresores, por su profesionalismo y resiliencia, y a Salvador Dalí, por su relación con la litografía y los procesos de reproducción.
Ricardo Andrés Smith (Medellín, 1977) es cofundador del taller de risografía La Bruja Riso. Junto a Ximena Escobar Piedrahíta compraron una duplicadora RISO en 2018 y, al año siguiente, crearon su proyecto. Formada en distintas ramas del diseño en Medellín y Londres, Ximena fue cofundadora de la feria El Faire y hoy dirige la imagen y el diseño editorial del taller. Andrew, físico con maestría en Física Molecular y antes docente universitario durante 17 años, creó el proyecto educativo en formatos no convencionales ‘Lo doy porque quiero’.
Juntos, Andrew y ‘Xime’ —como se les conoce afectuosamente—, sostienen y autogestionan La Bruja a partir de la experimentación y la edición independientes. En sus propias palabras, este espacio también es “tienda de productos ilustrados y publicaciones independientes; espacio expositivo, y proyecto editorial en construcción. El lugar en el que creamos y creemos; la casa de nuestras plantas, y un bar con viche, vino y cerveza donde puedes experimentar, aprender, conversar y compartir”.

Entre sus trabajos, Andrew destaca la Caja Revista Brujas. Las mujeres escriben: reimpresión ilustrada por Ximena de los siete números de la primera revista feminista en Medellín (1982-1987); Piedras y estrellas, de Juliana Gómez Quijano, una ficción fotográfica sobre una misión lunar femenina, y Apocalípticas, ilustradas por Raquel Sofía Moreno e inspiradas en mujeres del cine de terror. Está leyendo varios libros —Crónicas marcianas, de Bradbury; El futuro es más rápido de lo que parece, de Peter Diamandis y Steven Kotler, y The Maniac, de Benjamín Labatut— y le gusta mucho Hermann Hesse.
Primero lo primero: la impresión de libros en Colombia hoy
En 1738, la imprenta llegó a Colombia, más precisamente a Santafé de Bogotá, con los jesuitas, y se consolidó a finales del siglo XVIII con proyectos como los Derechos del hombre y del ciudadano (1793), reimpresos por la Imprenta Patriótica de Antonio Nariño. Desde entonces, el oficio se ha diversificado ampliamente, aunque no sin dificultades.
Según Derly, se trata de un sector altamente competitivo, donde la calidad, el precio y el servicio marcan la diferencia y a menudo obligan a sacrificar márgenes para mantenerse vigente. A esto se suman los desafíos de la sostenibilidad ambiental —que, aunque positivos en cuanto al correcto desecho de residuos y al uso de insumos amigables con el entorno, terminan costando— y los altos costos de producción, agravados por factores externos como la guerra en Ucrania. De allí proviene la mayoría de los blanqueadores —base de papeles blancos como el bond o el propalcote—: “Como siempre, las guerras encarecen todo”, dice, y con ello “el precio del libro en estos últimos años”.
> Como siempre, las guerras encarecen todo”, dice, y con ello “el precio del libro en estos últimos años.
El efecto se extiende a toda la oferta de papeles. El propalibro (el tradicional papel beige colombiano) o las líneas ecológicas, como Earth Pact, cada vez más escasas, han perdido presencia en el mercado. Aunque aún se consiguen papeles con certificación del Forest Stewardship Council (FSC), como algunos bond de bagazo de caña, estos ya casi no se producen en el país. Este escenario lo agrava el debilitamiento de la industria papelera nacional: el cierre de la planta de Propal en Yumbo, el aumento de las importaciones y prácticas desleales como el dumping —vender productos en un mercado extranjero a un precio inferior a su costo de producción—. En respuesta, el mercado se ha desplazado hacia alternativas más económicas, como el papel bruma o el bulky, importados de China o España.
Frente a esto, Derly concluye que Colombia, a diferencia de Chile y México, “no es autosuficiente” y depende cada vez más de estos insumos foráneos. Andrew coincide: “Colombia está dejando de producir papel […]: muchos papeles han desaparecido”. Esto no solo encarece la impresión, sino que también reduce la disponibilidad. Así, mientras los grandes talleres litográficos acaparan existencias, otros más pequeños —como los ‘riso’— quedan con “un portafolio de papeles muy reducido y costoso. Incluso a veces nos toca acudir a una litografía más grande para que nos venda pequeñas cantidades a precios exorbitantes”.
Impresión tradicional y risografía: ¿cómo diferenciar los oficios de Derly y Andrew?
La risografía, una técnica de impresión de alta velocidad desarrollada por Riso Kagaku Corporation en Japón en 1986, fue diseñada para grandes tirajes: a partir de cierto volumen, resulta más económica que una fotocopiadora, una impresora láser o una de inyección. La tinta pasa a través de una malla o plantilla perforada y se imprime un color a la vez con tonalidades translúcidas que se superponen. Este proceso utiliza tintas ecológicas —generalmente a base de soja— y tambores intercambiables, lo que da lugar a sus colores vibrantes y su textura característica. Implica, además, la separación manual del color en los archivos originales de impresión; por eso, desde La Bruja han creado incluso una guía en Photoshop para facilitar ese paso a quienes se atreven a intentarlo.
Para Andrew y su taller, al ser semi-artesanal, la riso consiste en “abrazar el error”. Esto, no solo porque cada copia termina con variaciones únicas, sino porque, como todo lo humano, presenta complicaciones: “El año pasado se nos dañó el cilindro azul, y, desde entonces, no hemos tenido ese color. No pudimos reparar el anterior y no hay distribuidores directos en el país. La risografía también enfrenta ese problema: la dificultad para acceder a tintas, cilindros y repuestos”. A esto se suma que no existe distribución local de tintas de color —solo se consigue el negro—, por lo que la mayoría debe importarse (casi siempre de Estados Unidos), con demoras, sobrecostos y riesgos.
> La ‘riso’ consiste en “abrazar el error”.
En contraste, la litografía offset —el sistema más extendido en la industria, también de alta velocidad y calidad— es ideal para grandes volúmenes: utiliza planchas metálicas en las que las zonas de imagen aceptan la tinta, mientras que las zonas sin imagen, humectadas con agua, la repelen. La imagen entintada se transfiere primero a un rodillo de caucho y luego al papel, lo que permite gran precisión y uniformidad en cada copia. Derly explica que el impresor “escucha primero” y, desde su experiencia, evalúa la viabilidad de cada propuesta y orienta decisiones como el tipo de papel o el tratamiento de la imagen. Con la ayuda de los satélites —talleres especializados que, con maquinaria, han integrado el proceso de acabados (plastificado, estampado o realce) en una sola operación—, se reducen los tiempos, los costos y los materiales, y se amplían las posibilidades del impreso. Y, así, se impacta directamente en su precio final.
La impresión que deja el Estado en los impresores
Andrew insiste en que, al permitir tirajes pequeños —50 o 100 ejemplares a bajo costo, algo difícil de sostener en otros sistemas de impresión—, la risografía democratiza la edición. Por eso, pese a que Derly afirma que las becas están destinadas solo a proyectos pequeños, él se lamenta de que el suyo no haya contado con un respaldo directo y sostenido del Gobierno. Un caso atípico fue El deseo de la mujer es subversivo, una publicación feminista de la que pudieron imprimir 500 ejemplares (por encima de los habituales 250 o 300) gracias a MinCultura. Esto amplió no solo la producción, sino también la circulación en librerías especializadas y en ferias de libro de artista en Colombia, México, Argentina y Estados Unidos.
Se publica el archivo de Marta Traba en el Badac: una lectura de América Latina desde sí misma
Sin embargo, el problema no es solo la falta de recursos para producir, sino también para sostener sus sedes. Andrew pone el acento en la especulación inmobiliaria. El caso de Otro Error es contundente: tras años de trabajo en el barrio Belén de Medellín, tuvieron que dejar su casa y no encontraron un lugar viable para continuar. La Bruja Riso enfrenta una fragilidad similar en El Poblado, donde los costos son aún más altos y perder el espacio puede ser, en sus palabras, “una herida de muerte” venidera. Esto lleva a que, en general, los talleres deban sostenerse diversificando sus ingresos, aliándose con autores y convirtiéndose en espacios culturales. “Todos hacemos muchas cosas”, dice Andrew: ferias, preventas, ventas, talleres, exposiciones, ediciones y pedagogía sobre la autopublicación en universidades, para “mantener a flote el taller sin desgastarnos”. El año electoral agrava la situación. Derly señala que la ley de garantías frena los contratos en talleres más grandes. “Para todo lo impreso —agrega Andrew—, el mercado se contrae: la gente gasta menos y los proyectos se ralentizan”.
El día a día de una imprenta: mucho de destreza, algo de IA
En Litho Copias, cerca del 40 por ciento de la producción corresponde a libros; el resto se distribuye entre cuadernos, libretas, papelería, afiches y plegables. No hay exclusividad, pero sí una regla estricta de confidencialidad. Y el volumen anual fluctúa: en promedio se producen entre 60 y 70 títulos, con tirajes de 300 a 1.000 ejemplares; en ‘picos’ —como justo después de la pandemia— se alcanzaron cerca de 200 títulos debido a la alta demanda.
La operación se divide en un área administrativa (facturación, contabilidad, mensajería y comercial) y otra de producción, y el flujo va desde la cotización y la orden de trabajo hasta la preparación de planchas. “En esta etapa inicial, el cliente revisa y aprueba las muestras; una vez validadas, el área de diseño se encarga de preparar los archivos y enviar a fabricar las placas metálicas que se recibirán en producción. Solo entonces el trabajo entra a planta, donde se inicia propiamente el proceso de impresión. En esta primera fase ya se han incorporado herramientas digitales e incluso apoyos basados en inteligencia artificial para gestionar solicitudes y agilizar procesos, pero su impacto se concentra ahí: en planta, la producción sigue siendo enteramente humana”.

En la producción intervienen oficios como el corte, la impresión, la encuadernación y el troquelado, mediante un equipo multifuncional. Y, sobre todo, la experiencia es clave: el control de color y de la maquinaria depende del criterio del impresor, ya que un error puede implicar la pérdida de miles de ejemplares. También persisten divisiones marcadas: “Los oficios de impresión suelen estar ocupados por hombres, mientras que en los acabados predominan las mujeres, encargadas de tareas de precisión como el alce, el pegue y la encuadernación”, describe Derly.
La importancia de las ferias y los retos para el futuro
Las ferias han sido clave para la circulación y la proyección internacional de La Bruja, aunque también han evidenciado sus límites en el circuito tradicional. Por eso, en alianza con Ediciones Réplica y Gráficas Molinari, gestionan la creación de la primera feria del libro de artista en Colombia, una iniciativa que nace de conversaciones con el Museo de Arte Moderno de Medellín y se inspira en modelos internacionales: “A Medellín la nombraron la capital mundial del libro. Esperemos que eso ya le dé el último empujón a esa feria de nosotros, […] en el año que Medellín es capital mundial de la Unesco”. Un ejemplo de un trabajo suyo que haya crecido gracias a las ferias es el proyecto Fuego camina conmigo, que fue invitado al International Center of Photography (ICP) en Nueva York.
Los espacios de feria, sobre todo los internacionales como México, también les han permitido distinguirse y crear marcadores de identidad visual reconocibles. Uno de estos es sus “falsas policromías” y tonalidades construidas por superposición, logradas aun con solo cuatro colores debido a las dificultades del medio. En contraste, su experiencia en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín y en FILBo —adonde logran llegar desde el stand de Caín Press, La Diligencia o comités— ha sido más ambivalente: aunque visibilizan el gremio, implican altos costos, grandes esfuerzos logísticos y un público que no siempre comprende estas propuestas, lo que deja una baja rentabilidad para proyectos pequeños.
Precisamente, respecto de la recién culminada FILBo y otras ferias nacionales, Derly señala que su impacto no siempre se traduce en mayor producción, debido a la volatilidad del mercado, que —afirma— está “bajito”. De hecho, muchos en el sector optan por no lanzar novedades y trabajar con el inventario existente, priorizando eventos más pequeños, donde una menor inversión y un público reducido pero enfocado garantizan una mayor utilidad.
¿Cuál es el rollo detrás del cierre de la planta de Propal y las importaciones de papel?
Otro reto a futuro que identifica Derly es la necesidad de fortalecer la autosuficiencia de la industria gráfica, especialmente en lo relativo al papel y las tintas, para reducir la dependencia de los distribuidores y la irregularidad del sector. Señala que hoy el libro impreso es costoso, pero ni siquiera con el ebook cree que vaya a desaparecer. En esa misma línea, propone fortalecer la oferta tecnológica e impulsar la industria nacional para que pueda responder a necesidades que hoy dependen del exterior (como los blanqueadores de Ucrania y otros productos químicos).
Finalmente, insiste en la importancia de diversificar las fuentes de importación y de suministro, ya sea ampliando la base de países proveedores o desarrollando capacidades locales. Mientras tanto, la realidad del sector sigue siendo la adaptación constante a lo disponible: “Si no hay este papel, ¿qué otra cosa hay? ¿Qué me puedes ofrecer?”, resume los diálogos típicos de una negociación con distribuidores.
La FILBo ya ha terminado este 2026. Pero los invitamos a las próximas ferias y encuentros editoriales del año, así como a recorrer las librerías —casi 500 en todo el país— que sostienen el libro más allá de los grandes eventos. Próximamente, nuestros pasos nos conducirán a una siguiente entrega: una conversación con libreros independientes, guardianes de los espacios donde los libros encuentran lectores y la circulación editorial no cesa.
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