BOMBAZOS Y ALUMBRAMIENTO

El mismo año (1945) ocurrieron dos grandes sucesos. El 16 de julio nació en Neiva un robusto bebé que fue bautizado Pompilio, evidentemente sin su autorización. Y pocos días después, el 6 de agosto, estalló en Hiroshima la primera bomba atómica. Los dos acontecimientos se unen hoy, ochenta años después, en esta página.
Cuando el payaso se muda a un palacio,
no se convierte en rey.
El palacio se convierte en circo.
Proverbio turco.
Aquel julio dieciséis
del año cuarenta y cinco,
el mundo entero dio un brinco
de mañanita, a las seis.
El desierto —ya sabéis—
de Nuevo México ardía,
pues probaban aquel día
la primera bomba atómica.
Y en Neiva, narra la crónica,
un decimero nacía.
Nos llegaron de la mano
bombazo y alumbramiento,
pero había descontento
con el nombre del neivano.
Risas, burlas, todo en vano.
Querían llamarlo Pomponio,
pero en sueños el demonio
dizque dijo al tío Baudilio:
«Entre Pomponio y Pompilio,
¡mejor llámenlo Plutonio!».
La partera recordó
que la Virgen Carmelita
aquel día era bendita
entre choferes, y habló:
«Será chofer —anunció—
de buseta, ¡no se alarmen!,
y esta recocha no me armen.
Aunque les suene pomposo,
les propongo un nombre hermoso:
Numa Pompilio del Carmen».
La necia historia y el circo
Hasta aquí la parte cómica.
El seis y el nueve de agosto
fueron fechas de alto costo:
empezaba la Era Atómica.
Historia en extremo sórdida,
Nagasaki e Hiroshima,
más que asombro, nos dan grima,
asco, enojo y desazón,
repugnancia y aversión
sin nada que nos redima.
Infinita es la idiotez:
Stalin, Hitler, Kim Jong Un
mucho tienen en común;
Trump, el rey de la sandez,
nada tiene de cortés.
Nada en Putin es sutil:
narcisista con fusil,
de sí mismo es un facsímil;
si le preguntan qué es símil,
la respuesta es un misil.
Payaso tonto y patán
—en inglés se dice «clown»—
Donald Trump es un simplón
con peluquín de azafrán.
En italiano dirán
al trumpayaso, «pagliaccio»,
de «paglia», paja, ¡oh, Boccaccio!,
pura paja y cagajón.
Si buscas hoy al bocón,
lo encontrarás en palacio.
El farsante, a poco andar,
el rey se cree en su palacio;
con lápiz y cartapacio
quiere en vano figurar.
Lo que nos suele pasar
—y casi nadie lo advierte—
es que el payaso pervierte
la fanfarria palaciega.
La mansión a la que llega
en un circo se convierte.
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