CÁRCEL PARA EXPRESIDENTES

Casi no sobrevivo a la lectura del fallo contra Uribe. Influido por la gran cantidad de películas gringas que he visto a lo largo de la vida, supuse que la jueza comenzaría a leer su sentencia a las nueve y media de la mañana, y a las diez ya sabríamos si el presidente eterno de los colombianos era culpable y que, de serlo, allá mismo lo vestirían con un overol naranja, le engancharían un grillete en el tobillo, y dos agentes federales se lo llevarían. La jueza misma daría un mazazo y levaría la sesión, y a Iván Cepeda se le llorosearían los ojos, mientras algunos presentes aplaudían, y Jaime Granados daba un mordisco a una torta Napoleón.
Pero, para fracaso de mis expectativas, la escena no parecía la de una película sino la de una escuela. La jueza llamaba la atención a María Fernanda Cabal por hablar en clase, en determinado momento se le perdió un zapato y, entre nerviosos sorbos de café, tomados en una taza con un dibujo de Los Simpson, la lectura le tomó prácticamente todo el día.
La vida es lo que pasa mientras la jueza lee el fallo de Uribe: ¿no podía pedir al Chat GPT que lo resumiera, al menos acudir a la inteligencia artificial para leerlo en velocidad 2?
Y, con todo, al caer la tarde supimos que Uribe es el primer presidente condenado en el pasado reciente del país. De nuevo hace historia. Y que su perdición fue haberse topado con el abogado Diego Cadena, el célebre abogágnster que cuando se enamoraba se convertía en abohámster, al cual, en el momento del fallo, quizás se le lloroseó la breva, para decirlo en sus propios términos.
No es un fallo menor. No es un fallo cualquiera. Con él se cumplen varias paradojas dignas de esta patria en la que la gente celebra el día de la Virgen del Carmen con caravanas que acaban en balaceras; el país en el que un hombre que estuvo preso terminó como presidente y un hombre que fue presidente terminó preso.
Aceptado el fallo, como corresponde en un Estado de derecho, el viernes se conocieron los detalles de la pena: doce años de prisión domiciliaria, que por lo menos no deberá purgar en la misma prisión de Epa Colombia, su amiga, con el riesgo evidente de promover de nuevo sus keratinas.
Tampoco en una prisión ordinaria donde corra el riesgo de compartir celda, en unos meses, con el propio Nicolás Petro:
—Presidente Uribe, ¿puedo usar el baño? Me quedó gustando lo del lavado —preguntaría Nicolás.
—Proceda, doctor Nicolás, que usted hace las cosas bien hechas.
Su única salida para recuperar la libertad es que la justicia lo castigue por los otros crímenes que le endilgan —los falsos positivos; la compra de la presidencia en el baño de Palacio— para que el Gobierno lo nombre gestor de paz.
Roto, pues, el celofán, como dicen los narradores deportivos, imagina uno un futuro en el que los presidentes dejan de ser intocables y terminan en la cárcel sin excepciones. De ahí la urgencia de destinar una buena parte de los 23 billones que el Gobierno pretende recaudar con una nueva reforma tributaria (que esta vez sí pagarán los cuatro mil hombres más ricos del país, según advirtieron, dentro de los cuales, a estas alturas, más de la mitad deben de ser amigos del señor presidente) a la construcción de una megacárcel para expresidentes. No digo que sea la obra más importante del país: podría ser la segunda, después de la construcción de la estatua de la libertad negra que el presidente ordenó levantar en el Cerro del Morro, en Santa Marta. Así lo dijo esta semana. Renunció a su sueño de importarla de Nueva York. Ahora quiere que la edifique su gobierno. Para rebajar costos, podrían reutilizar la mano negra del parque Jaime Duque.
Pero, una vez la construyan, que inicien entonces la megaprisión para expresidentes: un lugar de reclusión de 42 mil kilómetros cuadrados, como el Caguán, con ocho mil garitas para vigilar a los cinco exmandatarios vivos que ha tenido el país (o seis, si contamos a Pastrana como presidente): tendrá caballerizas, un protestódromo y una pequeña réplica de la Casa de Huéspedes para que se sientan a gusto.
Imagino a mi tío Ernesto embutido en su forrado overol naranja mientras Iván Duque le comenta que él inventó la economía de ese mismo color. Se lo comenta, digo, en los pocos momentos en que los presos pueden estar reunidos, cuando al mediodía los ponen a cultivar coles o a picar las piedras que se le vuelan al propio Uribe.
—Reo Gaviria, esa no es manera de levantar la pica: ¡en castigo se aísla dentro de la cabeza de Andrés Pastrana! —dirá el guardia, mientras guardan al pobre Gaviria en el galpón vacío.
—Reo Santos: ¿por qué volvió a tomar el vestido que era del reo Uribe?
—¿Era de Uribe? ¡Me acabo de enterar!
—¡En penitencia debe ayudar a bañar al reo Gaviria!
Pero Santos preferiría fugarse por un túnel contratado a la firma de Odebrecht.
La celda de mi tío Ernesto vendría sin baño, para que no suceda nada grave a sus espaldas. Tendría que compartirlo con Uribe, pese a que Yidis lo mantendría ocupado de día y de noche. A los indisciplinados los enviarían a la sala de torturas, en la cual tendrían que escuchar una autoentrevista de Iván Duque en inglés o corregir la ortografía de un centenar de trinos de Petro, que tarde o temprano aterrizaría allá, en el pabellón izquierdo, el reo humano, ataviado con traje de preso que no tendría rayas: se las habría quitado Armandito. Por la comisión de los delitos de su gobierno, le impondrían la pena mayor: renunciar a su lujoso pabellón de edredones de plumas de ganso y compartir celda con Uribe, a quien alguna vez relacionó con la mano negra.
Pero la verdadera mano negra será la del parque Jaime Duque que sostendrá la antorcha de la afroestatua de la libertad que nos dejará su gobierno.
Aunque libertad, lo que se llama libertad, la que acaba de perder Uribe.
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