HOMENAJE A LAS CULONAS

Como buena santandereana, María Cristina Lamus (MacLamus) está orgullosa de las hormigas comestibles de su patria chica, y estas del exquisito manjar que ofrecen sus enormes traseros. MacLamus rinde tributo poético a las culonas de su tierra.
La hormiguita de aquí de Santander,
perdone que le diga con franqueza,
se cotiza, al igual que la mujer,
por lo demás… y no por la cabeza
(Fragmento del poema de Félix Villabona Ordóñez)
Desde que tengo memoria
me gustaron las hormigas:
ser santandereano obliga.
Son parte de nuestra historia,
su abdomen nos sabe a gloria
y exquisitamente fritas,
sin alas, sin antenitas,
son maravilla genuina,
que comía cual golosina
cuando yo estaba chiquita.
Los guanes, antepasados,
cazaron bichos alados
en busca de proteína,
do las cabras saltarinas
trepaban por descampados.
De allí la práctica usada
de freírlas en ollada
y servirlas de pasante
como una parte importante
de una dieta inveterada.
Cuando mi papá viajaba
a Santander, en labores,
le pedíamos los menores
algo que se acostumbraba
y que nunca nos negaba:
siempre traía en las maletas
unas cuantas libras netas
de culonas empacadas
en talegas bien selladas.
Nuestra dicha era completa.
Alrededor de una mesa
repartíamos el botín;
éramos seis, un festín
en la cuidadosa empresa
de repartir por cabeza.
Una a una, dando vuelta,
no quedaba hormiga suelta
y si acaso una sobraba
sin remedio se jugaba
en una rifa revuelta.
Y volvíamos a lo mismo:
por una sola hormiguita
se armaba la guachafita,
caíamos en el abismo
de un indomable egoísmo.
Se olvidaba la hermandad,
y en su habitual parquedad,
mientras la pelea ardía,
papá nos reconvenía:
“Eso ya es enfermedad…”.
El costo de la hormiguita,
según Félix Villabona,
que hizo un verso a la culona,
no es por su testa chiquita
sino por ser culoncita.
Su copla ofrece un defecto
en su gracejo incorrecto,
y es que, al mentar la mujer,
Félix parece tener
el cerebro de un insecto.
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