
En estos dos meses largos de gobierno, sin duda azarosos e intensos, se ha confirmado que las expresiones de buena voluntad de Petro hacia el diálogo y en favor de un amplio acuerdo nacional no eran mucho más que esparcimientos retóricos. Esas palabras esperanzadoras se las llevó el viento. Hoy el gobierno y su “dictadura” en el Congreso, como la llamara en su columna Germán Vargas Lleras, se han convertido en una aplanadora que sin miramientos aplasta hasta los esfuerzos más bienintencionados por ayudar a traducir el “cambio” en políticas públicas sensatas.
Petro se ha encargado de acabar con buena parte de la división de poderes. Con gabelas burocráticas -cuyas connotaciones de corrupción, burocratismo y nepotismo ya se empiezan a vislumbrar- ha comprado a todos los partidos en el Congreso con excepción de Cambio Radical y el Centro Democrático. Petro, además, ha doblegado a su antes feroz contradictor, Álvaro Uribe, quien se ha acomodado suavemente porque hay muchas más cosas que en el fondo los unen que aquellas que los separan.
La función crítica y de control político no solo se ha esfumado en el legislativo, si no que con la férrea conducción del senador Roy Barreras se ha violentado el debido proceso legislativo hasta un punto que como dice el senador David Luna: “Definitivamente están sacando todo a pupitrazo, sin permitir la discusión y sin permitir el debate…” (El Tiempo, octubre 15, 2022). Vendrán muchos cuestionamientos y posibles demandas por protuberantes vicios de forma y de procedimiento, que pondrán en el ojo del huracán al poder judicial.
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